Se conoce tanto que es como un lugar común decir que una de las principales responsabilidades del Gobierno —en cualquier parte del mundo— consiste en velar por el bienestar sanitario de la población, es decir, la salud pública. Pero no sólo por la salud curativa, o sea el tratamiento de las enfermedades específicas que sufren las personas, sino también la medicina preventiva, las medidas para evitar las enfermedades, entre las cuales ocupa un sitio fundamental la higiene ambiental.
Asombra, por eso, y pareciera un caso para el libro de los Guinness Récords o para el registro de Aunque Usted no lo Crea, de Robert Ripley, que en Nicaragua sean las mismas autoridades gubernamentales las que pongan en peligro la higiene ambiental de Managua y por lo tanto la salud pública de sus 1.2 millones de habitantes, de manera intencional y deliberada, debido a la manipulación política de una disputa entre grupos de personas por la apropiación de la basura reciclable.
El problema de la higiene personal y ambiental fue una preocupación gubernamental hasta a partir del siglo XVII, en Europa, cuando se hizo necesario sanear las fábricas que no sólo producían mercancías sino también mortales enfermedades epidémicas y endémicas. Pero fue a partir de los años cincuenta del siglo XIX que se desarrollaron los llamados movimientos “higienistas” y se destacó con sus estudios y divulgaciones sobre la enfermedad del cólera, el inglés John Snow, considerado como el creador de la epidemiología.
En la elaboración, aplicación y desarrollo de las políticas de higiene ambiental en particular, y de salud pública en general, se adoptó como símbolo emblemático la figura mítica de Higieia, la diosa que según la mitología griega se encargaba de velar por la salud de las personas, y representaba por lo tanto los valores y principios de la buena vida, en el sentido de saludable integralmente.
Higieia, de cuyo nombre se derivó la palabra higiene, era una de las hijas de Asclepio, el dios griego de la medicina que en la mitología romana tomó el nombre de Esculapio. La otra hija de Asclepio era Panacea, la diosa que remediaba todos los males —de salud— que sufrían las personas.
Como era una diosa alegórica, Higieia no tenía leyendas propias. En las creencias de los antiguos griegos, Asclepio su padre era hijo de Apolo, quien lo engendró en la mortal Corónides. Pero ésta le fue infiel a Apolo y por eso se le castigó con la muerte, estando embarazada de Asclepio. Entonces, antes de que Corónides fuera arrojada al fuego Apolo le extrajo el bebé y se lo entregó al centauro Quirón, para que lo criara y educara.
Quirón le enseñó a Asclepio la ciencia y el arte de la medicina. Y tanto dominio llegó a adquirir Asclepio en esta ciencia y arte, que no sólo quiso curar a los enfermos sino también devolverle la vida a los muertos. Y así fue que Asclepio resucitó a Glauco, Capaneo, Tíndaro, Hipólito y muchos otros más, hasta tal punto que Hades, el dios del mundo de los muertos, temió que su reino se despoblara y se quejó ante Zeus, quien castigó la osadía del médico divino fulminándolo con un poderoso rayo.
Además de sus dos hijas hembras (Higieia y Panacea), Asclepio fue padre de dos hijos varones, Podaliro y Macaonte, quienes fueron también eminentes médicos y participaron en la guerra de Troya, en la que lo mismo curaban a los heridos que combatían con bravura contra los troyanos.