Es curioso, pero la mayoría de los taiwaneses, Pekín y Washington, no podrían estar más de acuerdo y hasta contentos que en esta ocasión. Al menos por primera vez en ocho años, o quizás desde hace medio siglo.
En una cuarta elección presidencial democrática desde 1996, triunfó el líder del Kuomintang, el tradicional Partido Nacionalista creador del moderno Taiwán. Un retorno después de un intervalo de 8 años en la oposición.
Ma Ying-jeou, un carismático y joven (apenas 57 años) político con físico deportivo, apariencia de galán de cine, ex alcalde de Taipei y con un doctorado en Ciencias Jurídicas en Harvard, se impuso en los comicios del sábado con un margen contundente (17 por ciento de ventaja sobre su rival oficialista) tras una campaña centrada en la promesa de la búsqueda de mejores relaciones con la República Popular China (RPC).
En un contraste con la política del saliente presidente Chen Shui-bian —partidario de la independencia pero que moderó su postura después—, Ma quiere un diálogo constructivo con China que permita a Taiwán un mayor espacio de maniobra internacional, sin provocaciones pero sin aceptar una reunificación bajo la égida de Pekín, lo cual sería un anatema a la tradición diplomática de Taipei desde 1949.
Por “provocaciones” se debe entender jugar con la perspectiva de una declaración de independencia de la isla, intragable para la cúpula comunista pekinesa —para la cual la isla es una “provincia rebelde” que debe ser sometida— e inaceptable para Estados Unidos, bajo cuya protección militar ante la amenaza del Ejército Rojo se halla Taiwán. Chen, cuya familia está siendo acusada de corrupción y de abusos, protagonizó provocaciones a Pekín, lo cual molestó por igual a los dirigentes chinos como a la administración Bush. Sin embargo, el estado de cosas afianzado desde los años setenta se mantuvo. En esa época la República de China (nombre oficial de Taiwán) perdió su escaño en la ONU ante la RPC, fruto del acercamiento estratégico de Richard Nixon hacia el gigante rojo, convertido ya en rival de la Unión Soviética.
La isla asiática, de unos 23 millones de habitantes, es un Estado de hecho, pero solamente es reconocida por 23 países, entre ellos Nicaragua. Son todos ellos pequeños y subdesarrollados Estados en África, América Latina y Asia que reciben mucha ayuda de parte de su socio. EE.UU., Europa y la mayoría de la comunidad internacional, tienen lazos diplomáticos con la RPC pero poseen enormes intereses comerciales en Taiwán. Una muestra de la enorme hipocresía de Occidente y de frío cálculo geopolítico.
Una invasión china para reunificar por la fuerza a Taiwán con el continente es muy remota, de acuerdo con expertos. Pese a una inferioridad numérica, las fuerzas armadas taiwanesas están dotadas de tecnología defensiva moderna y la isla está bajo la protección de Estados Unidos, que también le vende armas. Buques de la Marina estadounidense patrullan constantemente en aguas cercanas; entre el personal militar norteamericano cuentan el chiste de que en una guerra “los taiwaneses lucharán hasta el último estadounidense”. Tampoco tendría beneficio para China destruir la isla y arruinar su pujante economía.
En un año crucial para la proyección de China como potencia a través de los Juegos Olímpicos, un líder más pragmático y menos desafiante en Taipei le es favorable. Especialmente tras los incidentes violentos en el Tíbet. Éstos atrajeron la atención mundial al problema de la minoría tibetana y al irrespeto a los derechos humanos.
Desde la perspectiva estadounidense, muy pocos cambios o ninguno podría esperarse con el futuro gobierno, sea éste demócrata o republicano. La relación con China es estratégica; su peso y sus variables no cambiarán ni a corto ni a mediano plazo. Además, la presente situación goza de un consenso bipartidista de décadas.
“La política exterior que se refiere a China Continental, eso sí, creo yo, va a tener modificaciones”, me dijo en una entrevista el embajador taiwanés en Managua, Jaime Wu. “Creo que la tensión va a disminuir con el gobierno del Kuomintang”.
Parece que ésa es la idea de la mayoría del electorado. El país es un centro de alta tecnología. El 70 por ciento de sus exportaciones lo constituyen productos de ese tipo; según datos oficiales citados por el diario The New York Times, es el mayor productor mundial de laptops y de paneles de cristal líquido para televisores de pantalla plana.
Este éxito, como sucede en la economía globalizada, se halla frente a un desafío constante de otros competidores como China, Japón y Corea del Sur. Los imperativos de la innovación y la disminución de costos son implacables y el nuevo Gobierno deberá hacer lo posible para estimular a las corporaciones locales. Según me informaba el embajador Wu, las inversiones de Taiwán en China Continental llegaron en el 2007 a los 50 mil millones de dólares. Es obvio entonces que un clima más relajado en el Estrecho de Formosa es conveniente para la economía taiwanesa. Los votantes no se engañan.
¿Qué propone el presidente electo Ma? Un diálogo pragmático y menos ideológico con China “en pie de igualdad”, sin negación mutua; firmar un tratado de paz; resolver asuntos más terrenales como conexiones de transporte. “Acuerdo y paz sin sacrificar la dignidad nacional”, dice Ma. Como un gesto político, el Presidente electo abandonó la terminología del actual gobierno que llama a la isla “República de China (Taiwán)”, que identifica la República de China con Taiwán, y volvió al “República de China en Taiwán”, que reconoce el origen chino del estado isleño.
Por ahora, el statu quo seguirá.
Analista de temas internacionales