Nicaragua es un país pobre muy endeudado (HIPC) según las agencias multilaterales. Categoría alcanzada con fiesta y alegría oficial en el año 2000, bajo la administración Alemán-Bolaños (1997/2001), como si serlo significaba un orgullo o un cambio importante.
El país tiene un alto porcentaje de la población (un poco más de 30 por ciento) que vive con menos de un dólar al día. Por lo tanto, este país tiene, social y económicamente hablando, pobreza extrema, miseria e indigencia. La mayoría de su población se encuentra sometida a la inequidad, desempleo, analfabetismo, corrupción, sin instituciones públicas al servicio de la ciudadanía y, lo peor, sin esperanza en un cambio en el corto plazo.
Ante ese panorama señalado, no es insólito que agentes sociales, líderes comunitarios, agentes políticos y operadores de partidos políticos estén promoviendo un ficticio conflicto social basado en un supuesto “derecho a la basura”. Los mercaderes de miseria nicaragüenses han tomado maliciosamente un asunto que para el nivel de desarrollo social, económico y político del país es un apropiado motivo de conflicto: la basura.
Es bastante “normal” en una sociedad moderna, que haya conflictos humanos por violación de derechos sociales, políticos, económicos, culturales, que se presentan por la ausencia de equidad, de justicia social, de respeto a los derechos de los demás. Pero, no es normal que el conflicto surja por la apropiación de los desechos sólidos de la ciudad. Porque eso significa que hemos llegado a unos niveles de pobreza mental, pobreza material, pobreza ocupacional, pobreza humana deprimente y lamentable, es decir, estamos en un grado alarmante y preocupante del equilibrio social. Entonces, podemos afirmar que en Nicaragua no hay gobernabilidad y ahora peleamos hasta por la basura.
Desde hace algunos meses he deseado escribir un poco sobre la exaltación a la pobreza y la miseria, que encontramos en los mensajes y las políticas de la administración gubernamental presente. Cuando se ha decidido entregar en forma de regalías los alimentos como los frijoles, el arroz, el aceite, creo que estamos promoviendo y desarrollando en la conciencia ciudadana una visión de pobreza, una concepción de desgraciado, de dependiente, de persona sin valores, sin respeto a mi propia persona, que se muestra en el más elemental esfuerzo: el trabajo, para proporcionarme lo que necesito.
El problema social y económico de las personas que trabajan en la selección y comercialización de la basura es muy viejo en el país, y nunca se ha mostrado voluntad política de los gobernantes para encontrar una solución permanente, por el contrario, los políticos, las ONG y la cooperación internacional estimulan la permanencia de estas personas en ese trabajo, y les proporcionan soluciones parciales en lugar de identificar otra actividad productiva y económica que los saque del ambiente de podredumbre y miseria en que se encuentran. En Nicaragua desarrollamos una práctica social de humanismo burgués autonombrándonos defensores de los churequeros, cuando a nadie le importa qué es de la vida de esas personas que tienen derechos y deberes iguales a todos/as los y las ciudadanas del país. No es un alcalde quien puede y debe dar respuesta a este problema, es la sociedad en su conjunto la que debemos de juntar esfuerzos y voluntades para que la sociedad entera no caiga en la miseria y pobreza mental total. Evitemos esas expresiones milagrosas y mesiánicas, pongámonos a trabajar con decisión y con voluntad, solamente nosotros/as podemos hacer el cambio.