Difícilmente pueden encontrarse en Iberoamérica vocablos más trillados que “revolucionario” y “revolución”. Ser “compañero revolucionario” (se entiende, marxista o populista) según algunos es llegar a la cúspide intelectual, cívica y moral del ser humano, es convertirse en sujeto de admiración acrítica, es pertenecer a esa categoría de individuos elegidos para impulsar la historia humana hacia la felicidad a base de gritos, amenazas, desórdenes, tiros y bombazos. Ser “revolucionario” otorga licencia para delinquir sin mancha. Tales ideas lucen tan de moda para algunos grupos en Iberoamérica, que hasta la muerte en campaña de militantes como los de la FARC es un “asesinato”, mientras sus delitos contra la humanidad son “revolucionarios”.
Concomitantemente, “revolución” implica una aspiración mágica, el camino al paraíso (por senderos sangrientos) para iniciar una etapa eterna, que en el caso de los más crédulos culminará en ese cielo terrenal sucesor del socialismo dictatorial: el modo de producción comunista. Sin leyes, sin Estado, sin… sentido.
Pero los portadores de fiebres revolucionarias, los “fans” de revoluciones como las de Cuba o Norcorea, enfrentan una irresoluble paradoja: el fenómeno revolucionario es en sí irremisiblemente transitorio, fugaz. La izquierda no acepta que al consolidarse una revolución se convierte en el sistema, en lo establecido. Si fueran consecuentes con su dialéctica, los “revolucionarios” admitirían que la revolución triunfante se transforma en tesis que habrá de descomponerse para ser relevada por otra realidad en la carrera interminable de la historia. El régimen anciano del disminuido dictador cubano, la dinastía castrista y la monarquía de Kim Sung Il a estas alturas pueden ser cualquier cosa, menos revoluciones. Son, por el contrario, regímenes profundamente reaccionarios, opuestos al cambio inevitable. Se mantienen a través de la alienación y la represión usando Estados faraónicos, ahogan a sus sociedades y las siembran de asociaciones “revolucionarias”, constituidas por ciudadanos regidos verticalmente bajo la férula de un despótico aparato partidario.
Las estructuras herederas de esas revoluciones que pretenden perennizar su etapa épica (pretexto para dictaduras) se despotizan primero y después fenecen aunque duren décadas. Unas caen por la fuerza, otras por elecciones concedidas a base de presiones militares o por desastres socio-económicos. Así concluyeron alrededor de la Tierra al final del siglo 20 muchas aventuras revolucionarias que en realidad obstruían el progreso.
En contraste, el éxito genuino de una revolución ocurre cuando tras la conmoción del cambio sistémico nacen estructuras superiores en términos de libertad y prosperidad. Esas estructuras deberán ser flexibles si sus formas y funciones han de evolucionar con los tiempos y el entorno: así ocurre el tránsito de la etapa épica hacia la estabilidad evolutiva de las nuevas estructuras, sucesoras del impulso revolucionario primigenio, por encima y lejos de liderazgos estridentes, de gritos y truenos, de movilizaciones forzosas. Entre las revoluciones que se desarrollaron en esta dirección sobresale la norteamericana, la que produjo las instituciones más vigorosas de este hemisferio, y la más influyente de los últimos siglos en la historia mundial. No hubo en ella necesidad de un régimen de terror, ni de un caudillo iluminado e imprescindible al estilo Mao, Stalin, o Castro, ni de una torturante, cacofónica e interminable retórica revolucionaria.
Las instituciones creadas por dicha revolución fueron lo suficientemente flexibles y fuertes para guiar el desarrollo de una república desde sus raíces agrarias que admitían la esclavitud, hasta su florecimiento como primera potencia mundial y luego como la primera gran sociedad post-industrial, con sus defectos y virtudes. Y todo ello ocurrió dentro “del modo de producción capitalista”. Desde luego, el cambio sigue y nuevos modelos y otras potencias surgirán, pero el sistema estadounidense ha demostrado su inmensa vitalidad basada en su capacidad renovadora tras la fase épica revolucionaria, ha evidenciado que muchas veces una innovación tecnológica puede tener más impacto transformador que cincuenta años de lucha de clases, fenómeno real, pero que no es “el” motor de la historia como todavía dicen algunos devotos del dogma marxista. El éxito histórico de la revolución norteamericana, que simplemente fue la matriz de instituciones capaces de evolucionar ágilmente pero sin estridencias, empequeñece a revoluciones difuntas como la soviética o moribundas como la castrista, esclerosada, artrítica, convertida en máquina de milagros por la prodigiosa mitomanía radical.
Mientras ocurren verdaderas revoluciones económico-sociales en el mundo, notoriamente la liberalización económica en la China comunista y en la India democrática, muchos “revolucionarios” latinoamericanos siguen buscando el futuro al revés, creyendo que los “compañeros revolucionarios” son el máximo escalón en la evolución humana y que por ello cualquiera de sus actos es permisible. Siguen tomando como modelo “revoluciones” que dejaron de serlo hace décadas. Prosiguen creyendo que la “revolución” dictatorial llevará hacia un eterno paraíso terrenal, perennidad claramente ahistórica y por ende falsa, una fe secular que ya causó las peores tragedias del pasado siglo.