A sus 55 años, Julio Cuarezma no es más el chispeante jugador que entraba y salía del dogout a toda velocidad. Tampoco está para amagar con un bate entre sus manos e insinuarle al manager que está listo para entrar de emergente. Y menos que pueda ir a batear como enloquecido y elevarse hasta 478 puntos como lo hizo en el Mundial de San Petersburgo, en 1974.
Cuarezma está ahora para ser homenajeado. Y lo será.
Cuando pasa revista a su carrera, iniciada precisamente en su barrio San Luis, en Managua, sus ojos se esmaltan de emoción y está claro que tendrá dificultades para retener las lágrimas este viernes, cuando sea exaltado al Salón de la Fama del Deporte Nacional, en una ceremonia que se realizará en el Estadio Denis Martínez.
“En cuanto recibí la llamada en mi casa (en Miami) me emocioné. Tuve deseos de llorar y sentí que había valido la pena todo el esfuerzo que uno hace a través de tanto años en el beisbol. Así que pedí permiso en mi trabajo para estar presente en el acto y estoy muy agradecido de que me hayan tomado en cuenta”, asegura Julio.
Cuarezma es sólo uno de los cinco nicas que han atrapado un campeonato de bateo en un Mundial de Beisbol. Su nombre está unido a los de Sam Garth (1939), Jonathan Robinson (1940), Eduardo Green (1950) y Roberto Espino (1978). Cuarezma resumió .478 en San Petersburgo, por 11 hits en 23 turnos.
“Esa fue mi actuación cumbre. Tuve muchos momentos de alegría como el triple que le pegué a Puerto Rico en el Mundial de 1972, pero en 1974 fue una cosa fabulosa, aún me asusto de lo que hice”, afirma.
Julio fue un jugador de una gran versatilidad para desempeñarse con precisión en cualquier posición en el beisbol, pero lo que más atraía en él, era su pasión al jugar, un dinamismo que resultaba contagiante para los equipos en que militó.
“Siempre me he dicho que lo que más me llena de orgullo fue que en todo momento traté de hacer lo mejor. Me gustaba “josear” bastante. Dios me dio una gran energía y la utilicé para jugar al máximo”, indicó el otrora patrullero nacional.