Siete partidos y alianzas, seis de ellos de oposición en distintos matices, participarán en las elecciones municipales del próximo noviembre. Resultaron vanos todos los esfuerzos para formar una gran coalición de todas las fuerzas democráticas y anti FSLN, a fin de propinarle una aplastante derrota electoral al proyecto de Daniel Ortega, de restaurar la dictadura en Nicaragua. Sin embargo, al menos los partidos y movimientos liberales que en conjunto representan la fuerza electoral mayoritaria de la oposición, lograron unirse en la Alianza PLC y llevan como su candidato principal, es decir, para la Alcaldía de Managua, a Eduardo Montealegre.
Si la lógica de las votaciones de los años 2000, 2004 y 2006 se aplicara mecánicamente a las elecciones municipales del próximo noviembre, se podría asegurar que el FSLN ganará de nuevo la contienda cívica, o que tiene mucha posibilidad de ganarla. En realidad, Ortega y su FSLN sólo pueden ganar las elecciones si las fuerzas democráticas comparecen divididas. En el año 2000, los partidos democráticos fueron separados a las elecciones y la consecuencia fue que el FSLN ganó la mayor parte de las alcaldías, incluso la de Managua. En el 2004, al repetirse la división de las fuerzas democráticas, el FSLN no sólo volvió a ganar las elecciones sino que aumentó significativamente el número de gobiernos municipales que puso bajo su control, incluyendo a los de todas las cabeceras departamentales del país. Y en el 2006 Ortega ganó con sólo el 38 por ciento de los votos, porque los partidos democráticos por la razón que fuese participaron divididos en las elecciones.
Pero el pluralismo político y electoral en sí mismo no es malo ni bueno. Acerca del pluripartidismo versus bipartidismo electoral, se puede decir lo mismo que sobre el sistema de gobierno presidencialista con relación al parlamentario. O sea que ambos sistemas son buenos siempre y cuando sean genuinamente democráticos. Que el sistema de partidos y electoral sea bipartidista o pluripartidista, depende del grado de desarrollo, de la cultura política y del proceso histórico de cada país. Pero en todo caso, lo esencial es que se garantice a los ciudadanos el derecho a escoger libremente entre diversas opciones políticas, aunque en el momento de la elección voten mayoritariamente por dos partidos principales. Dicho con otras palabras, son los mismos ciudadanos los que con sus preferencias políticas y sus votos deben decidir que haya sólo dos grandes partidos o varios a la vez. Lo malo del bipartidismo es cuando no resulta de las preferencias políticas y la voluntad electoral de los ciudadanos, sino que es impuesto por componendas corruptas y decisiones autoritarias, tal como ocurría durante el somocismo y como Daniel Ortega y Arnoldo Alemán lo pretendieron reproducir mediante el pacto de 1999 que fue constitucionalizado en el 2000.
Ahora bien, el hecho de que haya diversidad de partidos políticos no significa que éstos no puedan unirse en amplias alianzas o coaliciones cuando así lo exigen las circunstancias, como es por ejemplo la necesidad de conquistar o preservar la democracia. Tal fue el caso de los 17 partidos de todas las corrientes políticas e ideológicas, desde las más conservadoras hasta la comunista, que formaron la UNO de 1989 para derrotar al autoritarismo sandinista en las elecciones de 1990. Y tal es el caso de ahora, cuando Daniel Ortega y su Frente Sandinista han vuelto a controlar el poder presidencial, acaparan casi todos los otros poderes del Estado y pretenden restaurar bajo una nueva forma la dictadura de los años ochenta.
Esta amenaza amerita que todos los partidos democráticos se unan en una gran alianza electoral por la defensa de la democracia. Sin embargo, no todos los partidos democráticos valoran de igual manera el peligro de restauración de la dictadura, y en algunos casos consideran que sus aspiraciones particulares son más importantes. Pero ese es su derecho. De manera que hay una oferta de siete partidos para las próximas elecciones y al dispersarse el voto democrático Daniel Ortega y su FSLN podrían ganar los comicios de noviembre.
Por supuesto que tal resultado no es fatalmente inevitable. Eso dependerá de la comprensión que cada elector democrático llegue a tener sobre la utilidad de su voto y de la decisión que tome en el momento de la elección.