El cántico de Pedro I Ped 2,21B-24, en su primera estrofa es la confesión del apóstol sobre la verdad de Cristo, el varón de los dolores, el siervo doliente que nos da el ejemplo para que como verdaderos cristianos sigamos sus huellas y no nos avergoncemos de llamarnos hijos de Dios, herederos del Reino de los Cielos.
La siguiente estrofa de este canto piadoso nos recuerda que Jesús no es un hombre cualquiera, sino que Él es el Santo, el tres veces Altísimo, el Todopoderoso y que por tanto su vida, pasión, muerte, y resurrección transcurre en medio de insultos, salivazos, golpes, ofensas y juicio sumario, poniéndose en manos del Padre celestial ¿nosotros los cristianos nos ponemos en manos de Dios en las dificultades? ¿renegamos o devolvemos insulto por insulto?
En la tercera estrofa Pedro afirma que Jesús es el vicario de Dios, el siervo que se sacrificaría por muchos, cuyo cruento sacrificio será para pagar los pecados de la humanidad; al igual que los sacrificios cruentos en la antigua ley de aquellos animales, de todo tipo que servían de propiciación vicarial, asimismo Cristo en su persona humana del verbo eterno dará su propia vida por el amor a la humanidad caída por el primer Adán. Jesús quiere que seamos santos e irreprensibles ante Dios por el amor, practicando cada día la justicia y el derecho.
Acompañamos a Jesús a partir del Domingo de Ramos día en que recordamos su entrada triunfal a Jerusalén, para subir a sufrir la pasión en manos de los judíos.
Acompañamos a Jesús el Lunes Santo con el Vía Crucis penitencial, meditando cada misterio de su pasión dolorosa.
Acompañamos a Jesús, el Siervo Doliente, el Martes Santo con las lecturas que nos ilustran sobre su ruta difícil por esta vida.
Acompañamos a Jesús, el Varón de los Dolores que con María su divina madre fue puesto en manos del sanedrín por un falso juicio carnicero, golpeado, atado a una columna y sentenciado a morir en el leño.
Acompañemos a Cristo de Dios, a su cordero sin mancha que hoy Jueves Santo, día que por su eterna voluntad instituyó la Santa Eucaristía concedió sólo a hombres el oficio y el poder de celebrar la misa, en el sacramento del orden sacerdotal y esa misma noche negado por el apóstol Pedro, fue preso y como un vulgar delincuente y posteriormente puesto en manos de Poncio Pilato.
Acompañemos a Jesucristo el viernes, día que ni siquiera hablar deberíamos por el profundo respeto a su madre por el dolor inmenso en ver a su hijo desfigurado sin vida y denigrado, el ejemplo máximo de amor humilde y obediencia. Acompañemos al rey de los judíos que perdonó desnudo en la cruz a sus verdugos y prometiéndole el paraíso el buen ladrón hace el atraco más grande la de la historia de la salvación estar sin cesar a la derecha del Divino Maestro.
Acompañemos también a Jesús el Domingo de Resurrección, que sale al encuentro de su madre y que con sus llagas gloriosas y abiertas canta victoria sobre la muerte y el dolor, para que nosotros con espíritu de fe y esperanza compartamos esa misma gloria.