Hillary Clinton nunca imaginó que su nominación presidencial por el partido Demócrata fuese tan difícil y angustiosa. Sólo dos años atrás, su nominación parecía inevitable. ¿Quién iba a dudar que una ex Primera Dama con la experiencia y beligerancia política de Clinton, con el apoyo de su esposo y con rivales republicanos desgastados por la guerra en Irak pudiese ser la nominada ideal para recuperarle al partido la Casa Blanca? La nominación estaba prácticamente a su medida, colgada de la percha y lista para dejarla caer suavemente en sus hombros.
El fenómeno afroamericano de Obama fue lo que aparentemente el equipo Clinton no evaluó con suficiente precisión. Después de todo, ¿cómo iba a aspirar a una nominación presidencial un Senador llegado a Washington apenas en 2005?, ¿para qué cuidarse de un contendiente bisoño que debutó en el Senado de Illinois el mismo año en que Hillary había sido “electa” Primera Dama de Estados Unidos por segunda vez? Realmente, comparar el bagaje político de Hillary con el del “novato” Obama parecía absurdo. Nadie, absolutamente nadie, podría frenarla.
Hoy, cinco meses antes de la convención demócrata en Denver, donde el partido nominará oficialmente a su candidato, y a sólo tres meses de las primarias finales en Montana, South Dakota y Puerto Rico, Hillary aún no puede cantar victoria. ¡Inimaginable! Y para algunos estrategas clintonistas, como Patti Solís Doyle, la ex jefa de campaña que renunció en febrero: vergonzoso. Incluyendo los resultados más recientes en Wyoming y Mississippi, Obama aventaja 51 por ciento a 49 por ciento a Hillary en número total de delegados comprometidos. En términos prácticos, Hillary no solamente continúa sin poder alejarse de Obama, sino que ni siquiera ha podido aventajarlo.
Sin embargo, no todo está perdido para la poderosa ex Primera Dama. Su última llave a la nominación son los súper delegados, aquellos dirigentes partidarios seleccionados de antemano con derecho a voto en la convención: ex presidentes, ex vicepresidentes, gobernadores, senadores y otros miembros prominentes del partido. En ellos, Hillary aventaja 53 por ciento a 47 por ciento a Obama, aunque los súper delegados también pasarán apuros.
Los súper delegados son alrededor de 800 y normalmente votan por el candidato que lidera claramente las primarias. En esta ocasión, por lo reñido de las votaciones, las lealtades de los súper delegados aún no están cimentadas. La esperanza de Hillary podría estribar en una premisa poco científica, pero realista: los súper delegados son políticos veteranos, tradicionalistas, aferrados a principios básicos y que reaccionan conservadoramente cuando están bajo presión.
¿Considerarán los súper delegados menos arriesgada, menos novel y menos impactante la idea de nominar por primera vez a una mujer que a un afroamericano?, ¿se impondrá la perspectiva de género sobre la de la raza? Recordando que ambas opciones son inéditas, ¿argumentarán que la emancipación política de la mujer debe tener alguna prioridad sobre la emancipación política de la raza negra?
Algunos politólogos estadounidenses opinan que los súper delegados tradicionalmente obedecen la voluntad popular expresada en las primarias y que una clara ventaja obtenida en las urnas sirve de luz roja a aquellos que piensan cambiar lealtades la noche de la convención. Y aunque los mismos politólogos saben que esporádicamente la gente se cruza la luz roja, surgen otras interrogantes: ¿Se impondrá el respeto al votante sobre los prejuicios personales? ¿Ejercerán los súper delegados su alegado conservatismo respetando el statu quo y plegándose a los resultados de las primarias por estrechos que sean los márgenes?
Finalmente, los súper delegados no ignorarán que ésta es sólo una contienda interna y que la batalla final se librará en noviembre contra un rival masculino, blanco y ex prisionero de guerra. Sus últimos dilemas probablemente sean: ¿Está la sociedad estadounidense lista para una presidente mujer?, ¿está preparado Estados Unidos para aceptar a un presidente negro?, ¿cuál de los dos tiene más oportunidades ante John McCain?