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Un capitalismo humano
José Esteban González Rappaccioli
El autor es directivo de la Fundación ¿Por qué Somos Pobres?
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No es repitiendo consignas populistas que lograremos salir de la pobreza sino decidiéndonos a trabajar, a producir y ahorrar.

A diferencia de los países anglosajones y asiáticos donde el ahorro forma parte de la educación y donde se le estima como escudo protector para tiempos de crisis, el ahorro es poco practicado en las culturas latinas.

Si no es difícil comprender la necesidad y utilidad del ahorro, ¿por qué, entonces, no lo practicamos? ¿Por qué no enseñamos a nuestros hijos en el hogar y en las escuelas los beneficios del ahorro y los iniciamos en su práctica?

Pero, no basta ahorrar: es preciso conservar y multiplicar lo ahorrado. Para ello es preciso invertir en negocios que ofrezcan rentabilidad atractiva y segura.

Sin embargo, es difícil para las personas de modestos recursos crear o encontrar oportunidades de inversión. Éstas se ofrecen y se multiplican para aquéllos que disponen de liquidez abundante. (El dinero busca al dinero). Generalmente el que tiene un buen proyecto no se lo propone al pulpero de la esquina ni al artesano que lucha por sobrevivir, sino al banquero o al empresario próspero.

Lejos de ser sinónimo de explotación o de robo —como los demagogos proclaman y como, incluso, se atribuye a algunos pensadores cristianos, sacando sus enseñanzas de contexto— la riqueza es fruto de una disciplina de trabajo y de vida virtuosa. En la cultura hebrea y en la cultura centro-europea, fuertemente influenciada por la ética protestante, la prosperidad es signo de bendición divina.

Frente a algunos capitales, fruto de corrupción y explotación, y frente a fortunas de origen inexplicable, buen número de grandes capitales son el fruto del trabajo tesonero y de la acumulación racional a lo largo de varias generaciones.

Aquellas personas que, por disposición de la providencia, han nacido en familias afortunadas o han logrado acumular un capital considerable, tienen la oportunidad y el deber de retribuir a la sociedad lo que ésta les aporta ya que, en términos reales, son los innumerables clientes pequeños los que aseguran el grueso del consumo. No habría grandes industrias ni grandes distribuidores si no existiese una multitud de compradores de limitados recursos que adquieren sus productos. ¿Quiénes son los mayores clientes de alimentos, medicinas, ropa, calzado, muebles, electrodomésticos, etc.? ¡No son los muy ricos que compran cosas muy caras, las que, por su naturaleza, son relativamente raras, sino ese enjambre de personas de modestos o escasos recursos que —desechando el mal ejemplo de líderes y lideresas desaliñados— buscan con todo derecho sensatez y buen gusto, comer, vestirse, peinarse y oler mejor!

Para difundir el estado de bienestar y crear una cultura favorable a la generación de riqueza y al ahorro, sería conveniente que empresas sólidas y exitosas ofrezcan a las grandes mayorías la posibilidad de adquirir acciones de su capital. Así, también los pequeños recibirán beneficios de una inversión bien hecha, abandonarán la pasividad improductiva en espera de remesas mensuales y se esforzarán por crear riqueza. De igual manera, los dueños de proyectos con alta rentabilidad no deberían limitarse a promoverlos entre los grandes inversionistas sino ofrecer parte de las acciones a los pequeños inversionistas, todo ello con la debida prudencia a fin de que los accionistas más capaces y experimentados conserven una mayoría suficiente para asegurar la correcta administración, la estabilidad y el crecimiento de la empresa.

Esta sería una forma eficaz de combatir las empobrecedoras tentaciones totalitarias y de demostrar lo insensato del llamado socialismo populista, logrando así que sectores siempre más amplios de la sociedad se convenzan por propia experiencia que no es amenazando, desincentivando y estrangulando al capital que se logra el bienestar de los pueblos sino promoviendo la participación popular en inversiones productivas.

Esta propuesta va más allá de la filantropía clásica que, aunque necesaria y valiosa en sí, alivia o resuelve casos individuales, pero no produce cambios estructurales. De lo que se trata es de convertir en empresarios exitosos a vastos sectores de la población.

Considerando que sin libertad y democracia es imposible lograr una economía próspera y estable, es evidente que se presta un servicio más directo y eficaz al Estado de Derecho promoviendo la participación amplia en inversiones productivas que atiborrando al pueblo con consignas demagógicas o repartiendo gallinas, vacas y chanchos. Si debiera resumir mi propuesta en una frase, ésta sería: “Sólo un capitalismo humano crea verdadera prosperidad”.

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