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La consagración de Galileo Galilei
Alfredo González Holmann
El autor es Máster en Administración de Empresas
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La Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano pondrá cerca de la Casina de Pío IV una estatua de mármol de Galileo.

Galileo Galilei (1564-1642) fue filósofo, físico, astrónomo, considerado el padre de la física experimental, inventó el telescopio, estudió medicina en la Universidad de Pisa y fue profesor de matemáticas en la Universidad de Padua.

Galileo expuso al mundo de su época la teoría heliocéntrica, reafirmaba lo que Copérnico había iniciado; la Tierra y los demás planetas giraban alrededor de un Sol estacionario. Esto se oponía al dogma católico del geocentrismo, que se remontaba a Aristóteles, en que Dios y sus representantes en la Tierra eran el centro del sistema, su aporte fue considerado peligroso para el orden político de ese entonces.

Los tribunales de la Inquisición de la Iglesia católica analizaron su teoría y la encontraron absurda y falsa en filosofía, formalmente herética, por ser contraria a las Sagradas Escrituras, lo excomulgaron, sentenciaron a muerte, lo obligaron a retractarse para finalmente condenarlo a cárcel perpetua, a pesar de que las Sagradas Escrituras no hablan de ciencia.

El oscurantismo de la Edad Media tuvo su pico en los años 1300; declinó paulatinamente y terminó con el movimiento cultural conocido como la era de la Ilustración Europea, que ocurrió entre 1600 a 1800, período en el cual la “iluminación” de los pensamientos estaba basada en la razón. En ese entonces, los objetivos del hombre racional se comenzaron a basar en el conocimiento, la libertad y la felicidad. También se comenzó a diferenciar lo que es ciencia y lo que es religión.

Él reconoció que después de los aportes del alemán Gutenberg, inventor de la imprenta y del aporte de Galileo, el mundo nunca fue igual, pues el conocimiento se propagó gracias a los libros hechos mecánicamente y a la revolución del pensamiento, que se inició con el aporte de Galileo, la libertad individual comenzó a abrirse paso.

En 1992, 360 años después, el Papa Juan Pablo II desexcomulgó a Galileo, dijo: “Él era un físico genial y creyente sincero”. Por ese año, el Papa actual dijo: “En la época de Galileo la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que el propio Galileo, el proceso contra Galileo fue razonable y justo”. Bueno, al fin hoy la Iglesia católica rendirá el tributo que Galileo merecía por su aporte a la humanidad.

En esa época de casi cinco siglos la Iglesia católica mediante la Inquisición Romana y su similar Española instauraron una tremenda censura de libros que duró hasta 1966. Condenaron y persiguieron a autores, editores y lectores, y quemaron sumas infinitas de libros. El Índice de Libros Prohibidos de dicha institución represiva contenía varios millares de libros que no podían ser leídos por sus fieles. Prohibieron leer las obras más importantes que se publicaron a lo largo de casi 500 años. Suprimieron las libertades individuales, un error de humanos en detrimento de otros.

La Iglesia católica, por las circunstancias de sus propios dogmas, no participó del período de la Ilustración Europea, continuaron con el oscurantismo de la Edad Media.

Existe una relación de prosperidad y desarrollo económico entre los países europeos que permitieron la ilustración y aquéllos en que los sistemas políticos y religiosos los prohibieron. El escritor francés, François de La Rochefoucauld (1613-1680), vivió en esa época y nos legó este pensamiento: “Mostradme la lectura de vuestros hijos, quiero conocer el futuro del país”.

España padeció la censura casi eterna que promovió la religión católica en contubernio con sus gobernantes. Latinoamérica, espejo de esa España medieval, absorbió todo ese lastre del oscurantismo medieval. Esta prohibición, en parte, es el origen que en Latinoamérica exista poco el hábito de la lectura.

Es encomiable que se reconozca la institución que fue Galileo y sería muy loable que también se reconociera el error de haber censurado los libros de los más eminentes pensadores, que fueron las bases del desarrollo económico de los hoy países prósperos de Occidente. Nos ayudaría a reconstruir la institución del libro, el culto por el saber es indispensable para el desarrollo.

Frecuentemente, todos nos equivocamos, y todas las religiones están conformadas por seres humanos, que están expuestos a errar, reconocer errores son aportes también de los grandes.

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