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Diplomacia y respeto mutuo
Danilo Arbilla
El autor es periodista uruguayo. Fue presidente de la SIP.
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Habrá de establecer cómo se define que un país y un gobierno, que se dice amigo dé espacio o cobijo a terroristas que buscan por la violencia derrocar a un gobierno legítimo y democrático.

Tengo un amigo aficionado al golf, al que la directiva de su club lo suspendió por 30 días por tomarse a golpes de puño con otro jugador. Mi amigo fue el agresor físico, pero ambos “protagonistas” fueron suspendidos por igual período. Dice mi amigo que “el otro” desde el primer hoyo venía “contando” mal.

Es extraño que en el golf ocurran esas cosas: que se tomen a golpes de puño o que un jugador haga trampas. La idea es que se trata de un juego donde se denuncian errores y faltas propias y se advierte a los rivales que pueden jugar equivocado o que han sumado golpes de más, autoperjudicándose, conducta totalmente ajena a cualquier otro tipo de competencia deportiva. Pero las cosas se popularizan y cambian, por más que los escoceses ni soñaran con ello cuando hace más de medio milenio crearon el golf. También Adam Smith, escocés a su vez, se asombraría hoy al ver cómo más de uno abusa de su “mano invisible! —la que transformaba los egoísmos de cada uno en progreso equitativo—, para meterla subrepticiamente, y hasta sin tanto disimulo, en los bolsillos de los demás. Muchas cosas han cambiado.

La cuestión es que mi amigo, avergonzado y tras pedir las debidas disculpas, insiste en que a veces no hay otra alternativa: las opciones eran dejar de jugar y renunciar a su legítimo derecho, hacer una denuncia —la palabra de uno contra el otro— o hacer “la vista gorda y lavarse las manos” para evitarse líos, pero no cumpliendo con su deber de cuidar de los intereses de todos los demás que estaban jugando. Él cree que hizo lo correcto: le observó en más de una oportunidad que había “cantado” golpes de menos, lo que enojó a “el otro” que como respuesta lo acusó a él de hacer trampas, utilizando gruesos calificativos del estilo de los que usa Hugo Chávez con los colegas que no le caen bien, no hacen lo que a él le gusta o lo mandan a callarse.

Las autoridades del club hicieron lo correcto al suspender a mi amigo. Es inadmisible, desde cualquier punto de vista y cualquiera sea la razón, tomarse a golpes de puños jugando al golf. La próxima vez, lo echan. Pero también investigaron, vieron antecedentes, y escucharon más de una opinión, y suspendieron al otro. No puede el club, concluyeron, aceptar actos, expresiones y “agresiones” que, aunque no físicas directas, no son menos graves y sin duda a la larga conducen a situaciones de violencia.

Algo parecido es lo que le sucede al club de la OEA, cuyos directivos, dicho sea de paso, no siempre se manejan con la ponderación e imparcialidad con que lo hacen los del club de golf de mi amigo.

Hace bien, sí, la OEA en rechazar de plano cualquier tipo de intervención directa y de violación del territorio y la soberanía de un país, por parte de otro u otros, cualquiera sean los motivos y circunstancias. Con ese principio no se transa. Pero también deberá investigar más.

Habrá de establecer cómo se define que un país y un gobierno, que se dice amigo o que se sienta en la misma directiva del club, dé espacio o cobijo a terroristas que buscan por la violencia derrocar a un gobierno legítimo y que además están asociados al narcotráfico y utilizan el secuestro de inocentes como instrumento de lucha. Habrá que saber cómo explica ese gobierno, vecino en el caso, esas presencias en su territorio y por qué repetidamente ha negado que ello ocurra, lo que quedó totalmente desmentido con la muerte de 23 terroristas como consecuencia de la incursión militar traspasando fronteras. También habrá que investigar lo que se encontró en cuanto al tipo de relaciones —incluyendo ayuda financiera— de esos terroristas con algunos gobiernos vecinos.

Será bueno definir de qué se habla en esos casos: si hay o no violación de soberanía, si es o no una forma de intervenir o inmiscuirse en los asuntos internos de otros países. Saber además de qué se trata cuando se movilizan tropas a las fronteras sin ninguna razón concreta, a no ser la de desviar la atención de problemas internos propios o proteger a algún terrorista amigo. Es positivo que se establezca qué tipo de amenaza es esa o qué tipo de interferencia constituye anunciar el envío de tropas a otro país para evitar cambios internos, o intervenir en las luchas electorales de países ajenos no sólo dando opiniones fuera de lugar sino también con financiamiento.

Sobre todo esto deberá investigar el club de la OEA y si no adopta resoluciones que pongan fin a los motivos e “interferencias” previas, sin duda, antes o después, nos vamos a tomar a puñetazos entre todos.

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