Desde sus principios, la gente no ha sido ple- namente feliz por preferir de modo absurdo e incoherente, goces materiales a los permanentes del espíritu. El hombre va viviendo una realidad de angustia, de incertidumbre; va silenciando e inhibiendo al espíritu sin que esto sea una novedad, conduciendo una deshumanización progresiva, descendiendo al punto que nos embarga el espanto de nuestra inhumanidad. Más de uno entre nosotros evoca a un Nerón que, a falta de imperio, incendia su propia conciencia. De forma casi inconsciente se anula el espíritu, influencia de la vida actual.
El ser humano es insaciable acumulando honores, personalidad, poder, riquezas. Al lograrlo, se gloría del triunfo vano esclavizante por su avaricia sin límites, insaciable ambición sobre todo de dinero, no para llenar necesidades vitales sino con ánimo acumulativo, demasía que anula la espiritualidad, hace del hombre un ser frío, sin conciencia. Goethe concede al demonio, en la segunda parte de Fausto, la creación del dinero como una de sus poderosas armas.
Persigue la ambición del poder protegido por criminales marionetas del terrorismo político con ocultas ansias de dominio, quienes sembrando en nuestros países ruina, terror y desconcierto, conducen al caos que a ellos les entrega beneficiosos logros. Dislocan el sentimiento humano a lo político, no concibiendo yo cómo estos seres sin alma tengan apologistas entre literatos, periodistas, pseudos poetas trastocados y artistas, que los glosan como héroes, mártires de una causa revolucionaria. Con notable diferencia peyorativa a los anarquistas del pasado, terroristas políticos de hoy actúan en equipo, gente preparada para su misión, educadas en escuelas especiales de países alcahuetas que los amparan.
¿Cómo piensa, cómo siente el terrorista político? Se me ocurre pensar en un divorcio entre conciencia, intelecto y dignidad. Sin duda que la sociedad actual con sus luchas políticas fomenta el terrorismo político, estimulado por la falta de trabajo, base de propaganda demagógica, sin dejar marginadas las evidentes injusticias sociales, ni olvidar la envidia que corroe la mente de los desafortunados y haraganes, fomentando su odio a los privilegiados.
La culpa de este caos anímico en el hombre, reside en su libertad incontrolada. Hombres han sido condenados a la esclavitud. El drama de otros ha sido ser condenados a la plena libertad. Envidia mueve a Caín a matar a su hermano Abel, complejo fratricida que pesa desde entonces sobre la humanidad, quizás hoy más que nunca.
En nuestro país los políticos luchan entre ellos y contra nosotros para mantenerse en el poder que les da todo lo que ellos sueñan como individuos egoístas, dignos descendientes de Caín. Su lucha por el poder les garantiza una vida de dádivas y regalías que les proporciona salarios exorbitantes, poder, inmunidad, viajes, etc., etc., ad nauseaum; además, posibilidades de negocios, lícitos e ilícitos que es lo que realmente los enriquece y los enloquece.
Jueces se adueñan de dinero incautado a los gángsters de la droga, ministros aceptan regalías concediendo jugosos contratos, funcionarios de gobierno venden propiedades del Estado, alcaldes se apropian dinero de comunidades pobres y necesitadas, presidentes de la república esquilman y derrochan dinero del erario producto de nuestro trabajo, enriqueciéndose hasta el hartazgo, lamentándose de persecución política cuando son señalados. Viajan por el mundo con amigos y familiares en aviones que nosotros pagamos. Legisladores inventan leyes que favorecen sus planteles partidarios olvidándose de trabajar para el ciudadano que ellos llaman sus “constituyentes” que no lo somos, no los hemos electo nosotros. Nuestras comunidades las han abandonado desde que se convirtieron en los “elegidos” del candidato presidencial de turno. ¡Somos un país secuestrado!
Mientras tanto, arriba los pobres de Nicaragua, a trabajar y luchar para superar su indigencia mientras nuestros gobernantes gozan del botín creado con nuestras contribuciones, que si dejáramos de pagar, cierran nuestros negocios, confiscan nuestras casas y nos echan a la cárcel como delincuentes. ¡Mas son ellos los que delinquen!
Nuestros políticos no están para servir, sino para servirse, no para sacrificarse sino para sacrificarnos, no para engrandecer el país sino para engrandecerse ellos. Servir al país es un derecho, un deber, un honor. Para ellos es una oportunidad de enriquecimiento, de engrandecimiento, de poder, de “yo tengo un precio, mi país lo paga”.
El precio que tiene el político criollo es el valor que éste establece para el honor y la dignidad de su esposa, sus hijos, que son los que tarde o temprano sufren la ignominia.
¿Hasta cuando, conciudadanos, permitiremos que continúe la destrucción total de nuestro país en manos de buitres y hienas de la política?