Es inolvidable
Edmundo Dávilaespecial para la prensa

Tuve el agrado y la gran satisfacción de conocer personalmente a Bobby Fischer, recientemente fallecido, uno de los ajedrecistas más grandes y extraordinarios que ha producido la humanidad. No podría decir que es “el mejor de todos los tiempos”, “el más grande”, o cualesquiera de esas alabanzas o encomios que emplean algunos de sus biógrafos o admiradores, por la relatividad de la vida y de los hombres y porque los juicios son generalmente subjetivos, por simpatía, admiración o fanatismo, por lo tanto no me atrevo a absolutizar nada, excepto a Dios, el único y verdadero absoluto.

Pues bien, mi fugaz encuentro con Fischer ocurrió en México, en un conocido club de ajedrez del Distrito Federal, donde “l’enfant terrible”, daba una exhibición de partidas simultáneas a un grupo de mexicanos, por aquellos lejanos tiempos de la década de los sesenta.

Recuerdo vagamente que Bobby se encontraba de pie, alto, erguido y aparentemente solitario, después de haber cumplido con su compromiso ajedrecístico con los organizadores del evento. Supe que alguien le había ganado una partida, lo cual no dejó de sorprenderme un poco, ya que Bobby era prácticamente invencible en esa modalidad de juego, pero no me interesó en absoluto conocer los detalles de esa inusitada derrota.

Aprovechando que se encontraba solo, me acerqué rápidamente a él, adelantándome a otros admiradores o curiosos que pudieran monopolizarlo antes que yo.

No dejé de sentir algún temor o incertidumbre al abordarlo, por sus excentricidades, su carácter caprichoso y evasivo, que conocía de él por diferentes medios y personas.

Eran los tiempos en que Fischer andaba acompañado de su mamá, Regina Wender, recorriendo América y Europa. Ya Fischer era Gran Maestro Internacional y competía brillantemente en eventos de primera categoría.

Luego de la presentación que le hice a Fischer de mi persona y los saludos de rigor, empezamos a platicar sobre ajedrez.

Yo había participado recientemente en el Torneo de Las Américas, en Colombia en 1958, Bobby se refirió a un ajedrecista colombiano que participó en esa competencia, llamado Boris de Greiff, Maestro Internacional por ese tiempo a quien yo ya conocía personalmente. Fischer había jugado contra Boris en alguna competencia en Europa y al preguntarle qué resultado había obtenido con él en esa competencia, me contestó modestamente: “I beat him” (le gané).

Ya no recuerdo qué otros temas abordé con Fischer en esa ocasión. Nuestra plática duró quizá unos diez minutos, pero debo destacar que Bobby se portó muy extrovertido conmigo, amable y hasta sonriente en lo que duró nuestra breve conversación.

No pude apreciar en lo más mínimo su carácter antisocial, reprimido, misántropo, neurótico etc. del que, reitero, tenía noticias antes de conocerlo y me pareció que todos esos defectos caracterológicos que le imputaban a Bobby, habían sido magnificados por gente que no lo comprendía bien.

Pensé que alguien más pudiera acercársele a Fischer en cualquier momento y consideré prudente retirarme de él extendiéndole la mano, a lo cual correspondió caballerosamente con la suya.

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