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¿Vamos a la guerra, de nuevo con Ortega?
Pedro J. Chamorro B.
El autor es Diputado
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Uno de los ejes fundamentales de campaña electoral del presidente Ortega fue que le diéramos la oportunidad de gobernar en paz, porque antes todos los males de su mandato tenían una explicación: la guerra “impuesta” por el imperio norteamericano. Así fue que escogió muy bien la pegajosa canción de John Lennon “todos queremos paz y reconciliación”.

Esos tiempos de paz y reconciliación han dado paso al cada vez más fuerte redoble de los tambores de guerra, batidos por el propio Ortega, en cada foro internacional y como preludio a una guerra buscada de manera irresponsable y aventurera, que no puede dar lugar, bajo ninguna circunstancia, a la excusa de una “guerra impuesta”.

Romper relaciones con Colombia, porque la soberanía de Ecuador fue violada por este país, fue totalmente inaceptable y un paso más en la dirección de los nubarrones de una guerra en los tres países de Sudamérica que afortunadamente ha sido evitada.

Sin pretender justificar el ataque colombiano a los campamentos de las FARC en Ecuador, el presidente Ortega es el menos indicado para condenarlo, mucho menos para romper relaciones por este lamentable incidente, porque durante su mandato en 1988 con el mismo razonamiento que hoy esgrime el gobierno colombiano, él mismo ordenó un ataque masivo helitransportado, a los campamentos de la Resistencia Nicaragüense, ubicados en territorio hondureño, violando así flagrantemente, la soberanía de este país.

Si la Operación Danto fue entonces un acto bélico heroico, necesario y justo, entonces ¿en qué se diferencia ahora la operación del gobierno de Colombia contra la insurgencia armada de ese país, que secuestra y mata a colombianos?

Ya los nicaragüenses padecimos por años los horrores de la guerra y por eso jamás debemos de asumir posiciones guerreristas, mucho menos entrometernos en conflictos de otros países, sudando, como bien se ha dicho popularmente, una calentura ajena. Un pueblo o un gobernante que no aprende de sus errores pasados está condenado a repetirlos.

Por otra parte, si bien es cierto que Nicaragua tiene un diferendo con Colombia y que este país ha hecho caso omiso de las resoluciones del Tribunal Internacional de La Haya, en el sentido de que el paralelo 82 no es frontera marítima entre ambos países, romper relaciones no ayudaba en nada a que ganemos el fallo de La Haya, porque es indicativo de que Nicaragua no tiene interés de resolver el diferendo de una manera civilizada, que es el diálogo, sino que se hace eco de las posturas belicistas del presidente Hugo Chávez, que es otro que se está tragando un pleito ajeno.

El Tribunal de La Haya es para que los países civilizados planteen sus diferencias limítrofes y éstas sean resueltas de una manera civilizada, ¿pero cómo hacer esto si se rompen relaciones diplomáticas y con ellas el diálogo bilateral? Usando terceros países, ha dicho el presidente Ortega, lo cual evidentemente es un método mucho menos eficiente que el diálogo directo.

Esto nos lleva a otra interrogante que plantea el nuevo escenario político internacional, ¿cuál será ese tercer país aceptado por ambos países como intermediario?

Y por último, si lamentablemente hubiese llegado a estallar la guerra entre Venezuela, Ecuador y Colombia, ¿qué actitud habría observado Ortega? Se hubiera declarado neutral o habría mandado tropas a apoyar a Ecuador y Venezuela. ¡Por ahora Dios nos ha salvado de un escenario como ése!

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