En 1965, hace 43 años, Álvaro Gutiérrez y yo, publicamos un explosivo folleto sobre la deplorable situación en la que se encontraba entonces Diriamba.
Se trataba de una radiografía de nuestra ciudad natal, otrora próspera y pujante, que ya a mediados de los años sesenta del siglo pasado estaba manifiestamente estancada. La obra no tenía pretensiones de estudio sociológico; era primordialmente un testimonio y expresaba una aspiración. Un “testimonio”, porque reflejaba una actitud —inspirada en el humanismo cristiano— frente a realidades y situaciones que a nadie podían dejar indiferente. Una “aspiración”, porque queríamos sacudir las conciencias de nuestros conciudadanos para evitar que la situación de Diriamba —cuya gestión municipal era deplorable— sufriera mayor deterioro y se volviese irreversible.
En las primeras páginas, comparábamos a Diriamba con un atleta venido a menos, describiéndolo así: “Me imagino a ese atleta borracho, en el borde de una acera: sucio, hediondo, semidesnudo. Su rostro, hoy arado por las arrugas que sólo la miseria moral sabe dibujar, tiene todo el horror de una mueca. Sus ojos, antes vivaces, tienen ahora la mirada confusa y gris del que lleva el alma vacía... Su cuerpo, consumido por el alcohol, conserva aún las proporciones perfectas, mas sus brazos y sus piernas que antes recubrían potentes músculos, son hoy deformes y su pecho hercúleo da ahora la impresión de algo hueco. Eso es Diriamba: un atleta en ruinas”. Titulamos el folleto La Agonía del Atleta.
Después de recorrer aspectos emblemáticos del pasado y del presente de Diriamba y de proponer acciones concretas, cerrábamos el escrito con unas reflexiones que, por su actualidad, merecen citarse:
“Si Diriamba quiere destruir conscientemente su papel ante la historia, lo único que tiene que hacer es no hacer nada... El triunfo no es la consecuencia directa de una sola victoria, sino de una serie de pequeños triunfos, hasta llegar a ... nuestra propia redención”.
“Nicaragua no debe esperar que una plataforma nueva de gobierno venga a cambiar la situación, ni tampoco Diriamba tiene derecho a esperar que sea una reforma venida de la Casa Presidencial la que nos libere. Nadie mejor que nosotros conoce nuestros problemas y, por lo tanto, el remedio... La experiencia nos catequiza que aquello que más queremos es aquello que más nos cuesta... Si cada uno de los departamentos pudiera convencerse de que la redención la vamos a conseguir, no con la unión de todos (los departamentos) para apoyar a Agüero (caudillo conservador de la época) o a Somoza (Tachito, el caudillo liberal), sino con la autorredención de cada uno (de los departamentos), afirmamos que en el corto plazo de cinco años Nicaragua sirve a Latinoamérica como ejemplo”.
“Es por esta razón que comprometemos a los habitantes de Diriamba a mostrar esta verdad a toda Nicaragua. De lo contrario, tendremos en el mismo plazo ... a nuestra juventud pintando en las paredes: ‘Viva la Juventud Comunista’”.
“Hemos tratado de hacernos jueces, testigos y acusadores de Diriamba. Y a tanta postración ...no hemos propuesto una solución complicada. Sólo exigimos Unión... ¿Habrá alguien que no se sienta capacitado para dar tan poco? ...El futuro de Diriamba queda en tus manos. Tus hijos serán tus jueces”.
Al aproximarse las elecciones municipales de noviembre 2008, las líneas anteriores recobran vigencia. El problema y la solución siguen siendo los mismos tanto para Diriamba como para todos y cada uno de los municipios, para los departamentos y regiones autónomas y para Nicaragua entera.
No obstante las resoluciones del Consejo Supremo Electoral que están ocasionando serias dificultades en la escogencia de candidatos de los sectores democráticos, debemos convertir dichos obstáculos en una oportunidad de oro fortaleciendo una gran coalición antipacto que asegure la victoria, municipio por municipio, eligiendo a alcaldes según el corazón de nuestro pueblo.
Recordemos —inevitable advertencia— que al cerrar los espacios de participación democrática, el pacto de 1971 entre Agüero y Somoza, conocido como “kupia kumi”, provocó la radicalización de la juventud, desembocando en la fallida revolución sandinista cuyas nefastas consecuencias aún padecemos.
Por la sangre de nuestros héroes y mártires, el amor de nuestros hijos y por nuestro propio honor, debemos demostrar que hemos aprendido la lección.