“(…) que los minusválidos psíquicos no sean marginados, sino respetados y ayudados con amor a vivir dignamente su condición física y social”.
(Benedicto XV1)
Calina, una interna de cierto hospital psiquiátrico, al principio repite insistentemente: “Dios y el Cielo no existen, sólo el Infierno donde yo voy a parar”. Más tarde su salud empeora, parece “ida”, como divagando entre las sombras: ya no habla, ya no responde a nadie. “!Hola, Calina” soy el doctor Robert y he venido a saludarte, ¿cómo estás? ¡Cuánto gusto me da verte!”, dice un joven médico a la muchacha enferma, mientras la palmea cariñosamente.
A partir de aquel afectuoso saludo, se observa en Calina una franca y progresiva mejoría en su salud. “!Si existe el doctor Robert existe Dios y existe el Cielo!”, repetirá como una letanía hasta alcanzar su total curación poco tiempo después. Por un gesto afectuoso, por un sencillo gesto de amor, Calina ha redescubierto a Dios… !Porque Dios es amor!.
Estamos acostumbrados a ver en la persona desvalida sólo enfermedad o más su enfermedad que su humanidad. Se deshumaniza al enfermo. Y quien deshumaniza a un semejante se deshumaniza a sí mismo.
Toda persona humana, cualquiera sea su condición psíquica, física o moral, merece respeto y consideración y, en clave cristiana, mientras más desvalida y necesitada sea nuestro especial amor u opción preferencial.
El amor posee tal efecto curativo que muchas veces asombra, hasta el grado de tomarse como un milagro inexplicable. Muchos se curan al saberse amados, como muchos se enferman, se empeoran o no se recuperan al ser excluidos de la suntuosa mesa de los afectos humanos…
El enfermo psíquico, por lo visto, se da cuenta, más de lo que suponemos, de nuestros mensajes, percibe nuestros sentimientos, sean éstos de profundo respeto a su dignidad personal o de rechazo o exclusión como si no se tratase de un ser humano.
Los enfermos psíquicos son como los niños: se sienten acariciados psicológicamente cuando los amamos… ¡Solamente Dios conoce los alcances de los efectos curativos del amor! Resulta terrible pensar que uno no tiene nada que ver siquiera con el pequeño momento de felicidad del otro… Si es justo protestar por la mala distribución de las riquezas, ¿no será justo hacerlo por la pésima distribución de los afectos? ¡Repartámoslos también entre los más pobres entre los pobres!.