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09.03.08
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Noticias >> Religión y Fe
Vuelve a la vida
Neguib Kalil Eslaquit
Sacerdote católico
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Cuando la Cuaresma va llegando a su culminación, recordemos de manera breve estos cinco domingos anteriores al Domingo de Ramos:

El primer domingo: Jesús tentado en el desierto. (Mateo 4, 1-11). Muestra el Señor su humanidad y subyuga al demonio con la Fuerza de Dios.

El segundo domingo: La Transfiguración del Señor. (Mateo 17, 1-9). Muestra el Señor su divinidad y Dios Padre nos revela que transfigurarnos en su Hijo es escuchar y obedecer sus preceptos.

El tercer domingo: Jesús y la mujer samaritana. (Juan 4, 5-42). Muestra el Señor que el don de Dios es el Agua Viva del Espíritu Santo y todo aquel que bebe de ese manantial sacia su sed de eternidad.

El cuarto domingo: El ciego de nacimiento. (Juan 9, 1-41). Muestra el Señor que es la Luz del mundo que elimina toda tiniebla de pecado, alumbrando la existencia y transformando el corazón de los que creen en El y lo adoran.

El quinto domingo: La resurrección de Lázaro. (Juan 11, 1-45). En los Evangelios son tres las resurrecciones que realiza Jesús:

La primera con una niña, hija de un importante funcionario. La segunda con un joven, hijo de una pobre viuda del poblado de Naim. La tercera con un adulto, su entrañable amigo Lázaro, hermano de Marta y María, con quienes el Mesías tenía lazos de amistad y de fe.

Con esto nos señala que en cualquier lapso de nuestra existencia, El es el Señor de la Vida, que vino para destruir el poder de la Muerte.

Aquella niña cuando la halla el Señor, aún se encuentra en su lecho, recién fallecida. Al joven, camino a ser sepultado. Al adulto con cuatro días de haber sido enterrado. En todos los casos, el dolor, la angustia, el llanto, la desesperación, el luto, cuando irrumpe Jesús, es transformado en paz, en canto, en esperanza, en fiesta.

A Jesús le avisan que Lázaro se encuentra gravemente enfermo, pero él no va de inmediato a visitarlo. Cuando llega a Betania, su amado amigo lleva cuatro días de haber sido sepultado. Marta inicia una conversación con Jesús y el Señor dice: Yo soy la resurrección y la vida.

Al aproximarse a la cueva donde había sido colocado el cadáver, Jesús lloró. Ordena con su poderosa palabra que quiten la piedra del sepulcro. La muerte había hecho estragos en el fallecido y se olfateaba hedor en el ambiente. El Señor profiere que verán la gloria de Dios e increpó con voz potente: Lázaro, ven afuera. El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo y déjenlo andar.

Tritura, amado Jesús, las piedras de nuestras tumbas de pecado, desata las correas de esclavitud que nos atan e inmovilizan, que el pestilente olor de la vida sin ti, sea transformado en suave perfume de amor al vivir cercanos a tu corazón. Que caigan las vendas de nuestros ojos para que la comedia sarcástica y engreimientos de quienes pretenden vivir y que vivamos al margen de tu ley de amor, sean arrancadas para emerger hacia la libertad.

La resurrección es la eterna comunión con Dios. Ya desde ahora, podemos ir saboreándola. Que el egoísmo se vuelva generosidad, que la intolerancia se transforme en independencia, que el miedo se convierta en coraje y valentía para defender lo más preciado del hombre que es vivir en dignidad, como Hijo de Dios, solamente tributando honor y gloria a Jesús y no exaltar a mediocres personajes de maldad.

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