¿Y vos qué querés ser cuando seás grande? Era la pregunta inútil para un chigüín de primaria que ni siquiera conoce bien la tabla del ocho y a pesar de todo siempre contestaba: médico, misionero en África, jugador de Grandes Ligas o físico molecular.
Había un oficio secreto que recuerdo fresco y feliz, uno con forma de carrito-termo anunciando con el tintineo de sus campanillas la llegada de los helados.
Antes que el mundo fuera absorbido por el Mercado Oriental –porque eso era a los siete años la larga calle de Ciudad Jardín donde vivía–, celebrada mis tardes con el sonido de las campanillas del carrito eskimero y su voceo con los sabores de cacao, tú y yo, fruta con leche, chocolate con leche, fruta rellena, conos y tacitas.
A veces uno tenía el privilegio de empujar el carrito de los eskimeros cierta distancia y sobre todo, podía tocar las campanillas anunciando los helados que en la cultura nacional cambiaron de nombre. Aquí y en ningún otro lugar del mundo se llaman “eskimos”, es decir, esquimales.
Digamos que no llegué a médico, ni a África, ni me fue bien en las clases de física, hoy en día ni siquiera puedo agarrar una pelota con un guante, pero aún podría empujar un carrito de eskimos.
Esta semana he conocido a uno que lo ha hecho durante nueve años. Un hombre flaco de 51 años que se llama Juan Bautista Mendoza, padre de siete hijos, la mayoría mayores de edad.
Su realidad no es tan feliz y fresca como mis recuerdos del oficio ideal. Sin salario fijo, Meléndez gana el 20 por ciento de sus ventas en la jornada que empieza a las ocho y no termina antes de las seis de la tarde porque el agente no lo recibirá más temprano.
Por ahora en verano, vende diario entre 360 y 400 córdobas por lo que gana unos 40 pesos diario, explica. En invierno es peor, la lluvia que refresca naturalmente lo hace regresar con el carrito lleno y las manos vacías después de un largo día.
Este hombre delgado que dice no padecer de los huesos, ni los músculos y estar en perfecta condición por sus caminatas diarias, sale en la mañana del barrio Pedro Joaquín Chamorro y recorre el mismo itinerario siempre por El Paraisito, el Riguero, San Cristóbal, Ducualí, El Dorado y la 10 de Junio.
Pasa cerca de niños uniformados o jugando en los patios de sus casas, pero ninguno lo llama al oír el toque de su carrito. A eso de las diez de la mañana va a contestar que no ha vendido nada. Generalmente el primer eskimo lo compran después de mediodía.
“Los eskimos están caros –dice el vendedor– los padres apenas les dan dos o cinco pesos, con los que ni comprarían el más barato”.
Es aún temprano, pero Mendoza suda copiosamente, tal vez por eso está tan flaco, por recorrer a pie entre 20 y 30 kilómetros diarios con la esperanza de ajustar “un tiempo de comida porque para más no da este carrito”.