Tengo amigos pamplonicas que abandonan todos los años su casa a comienzos de julio para ahorrarse los sanfermines y conozco valencianos a los que les da jaqueca incluso pensar en el estruendo de las fallas. Hay asturianos que no digieren la fabada y andaluces que aborrecen el flamenco. Muchos españoles no han hecho la siesta en su vida y otros se oponen activamente a las corridas de toros, la llamada “fiesta nacional”. Mariano José de Larra dirigió gran parte de sus inmortales artículos contra las costumbres españolas de su época, algunas de las cuales –el “vuelva usted mañana”, por ejemplo– siguen lamentablemente vigentes. Tanto Larra como otros de nuestros “costumbristas” fueron más bien “anticostumbristas” y con sobradas razones para ello. Porque hay costumbres que son más bien vicios colectivos, fruto de la ignorancia, el atraso y el prejuicio. Incluso las más inocuas o simpáticas, cuando se convierten en obligaciones inexcusables, pueden transformarse en jaulas de las que no sabe uno cómo y cuándo escapar.
Cuando yo tenía quince años, en mi pacata ciudad donostiarra no había costumbre de que las parejas de enamorados se besaran por la calle y si una chica (francesa, claro) se atrevía a ponerse bikini en la playa, se la llevaban los municipales por escándalo público. Por supuesto, en los hoteles te pedían el libro de familia en cuanto pretendías compartir habitación con alguien del sexo opuesto menor de ochenta años: era la costumbre. Y no se podía pedir un filete o un bocadillo de jamón en ningún establecimiento público el día de Viernes Santo, porque se violaba una costumbre tan piadosa como obligatoria para creyentes y ateos. Poco a poco, los que no respetábamos esas costumbres nos fuimos abriendo paso, no sin padecer algunos sinsabores, y hoy afortunadamente la gente apenas recuerda que existieron un día. Por cierto que también el cambio de costumbres se fue reflejando en las leyes y dejó de ser delito el adulterio o la homosexualidad…
De modo que muchos españoles no sólo no queremos obligar a los inmigrantes a jurar respeto a nuestras costumbres, como parece pretender el PP, sino que ni siquiera pensamos comprometernos nosotros a semejante cosa. Porque ello va contra una nueva costumbre que hemos adquirido en España en las últimas décadas, la de vivir en libertad. Por supuesto, tanto los nativos como los que acaban de llegar a nuestro país tenemos que cumplir las leyes democráticamente establecidas, que persiguen la discriminación por cuestión de sexo o raza, la imposición de creencias religiosas y las mutilaciones rituales, entre otras cosas. Pero que no obligan a nadie a renunciar a sus propias costumbres legales -¿no será precisamente esto lo que está implícito en el proyecto de Rajoy?- ni siquiera prohíben inventarse otras nuevas, tan caprichosas, simpáticas o fastidiosas como muchas de las ya existentes. La mayoría de los hábitos de conducta que hoy se reprochan a los inmigrantes (tumultos en el vecindario, atentados contra la higiene, etc…) no son “costumbres” importadas de otras latitudes sino consecuencia de vivir hacinados en condiciones precarias, desarraigados y con dificultades para lograr un trabajo digno y legal, que es la mejor garantía de buenas costumbres que se ha inventado.
Por cierto, estas cuestiones (diferencia entre leyes obligatorias y costumbres optativas, valores de la convivencia en libertad y sin imposiciones teocráticas, etc…) son los temas de que se ocupa la Educación para la Ciudadanía…esa asignatura tan superflua y maligna, según algunos. ¡Ojalá pronto nos acostumbremos a ella!