Estos cinco domingos, anteriores al Domingo de Ramos, profundizamos:
El primer domingo: Jesús tentado en el desierto. (Mateo 4, 1-11). Jesús se muestra en su humanidad que es capaz de vencer el mal con la ayuda de la Palabra de Dios.
El segundo domingo: La Transfiguración del Señor. (Mateo 17, 1-9). Jesús se muestra en su divinidad para enseñar a los discípulos que el verdadero cristianismo es escuchar su Palabra y llevarla a la práctica cotidiana. Esto, no está exento de la cruz.
El tercer domingo: Jesús y la mujer samaritana. (Juan 4, 5-42). Jesús se muestra como Dios y Hombre. Tiene sed física, pero más, de la conversión de cada persona, para que sea llenada la pasión de infinito que habita en el alma. El Agua Viva es el don del Espíritu Santo derramado en quienes luchan por ser testigos vivos del amor de Dios adorándolo en espíritu y en verdad.
El cuarto domingo: El ciego de nacimiento. (Juan 9, 1-41). Noche obscura vivió aquel hombre sin vista desde que salió de las entrañas de su madre. Erróneamente pensaban quienes interrogan a Jesús, si el mal físico con su secuela de marginación, era producto de la culpa de los padres del ciego o del propio invidente. Responde el Mesías ante la reflexión superficial de quien no puede conocer el insondable misterio de Dios, que hay un designio en la voluntad del Padre, aún en lo que consideramos sin sentido, para “dar gloria a Dios”.
Triste es carecer de la luz física, no poder ver la luz del sol ni admirar los colores y los contornos de la creación. Mayor desconsuelo es estar privado de la luz de la razón porque sin esa claridad interna no podemos sopesar el bien o el mal. Y cuando hace falta la luz de la fe, aunque el cosmos entero nos grite de la existencia de Dios, encerrados en celdas de autosuficiencia, sin permitirle entrada a la esperanza, transcurrimos en el mundo como seres creados para la muerte.
Peor aún, es la noche oscura, de aquel que puede y tiene la oportunidad de ser luz, y se convierte en tinieblas y aprisiona a quienes absorbe, y se dejan acaparar, en una existencia enajenada y servil.
La oscuridad no existe. Es ausencia de luz. Jesucristo dijo: Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en tinieblas. La Sagrada Escritura nos expresa que vino esa luz y muchos la rechazaron. Y la seguimos contradiciendo, cuando nos colocamos una venda en los ojos del alma y de forma voluntaria nos oponemos al resplandor del Señor. Una persona que da la espalda a la iluminación del todopoderoso, se atreve a realizar toda clase de vergüenzas. Pero el fortín donde se pulverizan las perversidades del insensato es la luz de Cristo.
A pocos días de conmemorar el 25 aniversario de la primera visita del Papa Juan Pablo II a Nicaragua, aquel 4 de marzo de 1983, recordemos que, Cristo es la luz que vence la noche oscura. Vivir en la luz, es respetar la dignidad del otro, no despojarle sus derechos, no condenarlo a una vida de esclavo. La luz de Cristo es resistencia y lucha contra todo poder de tiniebla. La luz de Cristo es la libertad.
El quinto domingo: La resurrección de Lázaro. (Juan 11, 1-45). Una persona que se da por vencida ante la amenazadora dominación del opresor necesita ser vivificada por Cristo.