“Les deseo a todos ustedes una santa Cuaresma. ¡Muchas gracias!”.
(Benedicto XVI)
La Cuaresma es un tiempo de “desierto”. El desierto es un “lugar de retiro” para el encuentro con Dios en la oración y el ayuno, para vivir un tiempo de penitencia con el fin de santificarse.
Tener un desierto significa apartarse del ruido ensordecedor, de la bulla, de la rutina, del ajetreo, con tal de que se imponga el recogimiento del espíritu. El desierto es el “monte santo”, el lugar de la cita con Dios y con uno mismo.
Lo primero que tenemos que hacer para santificar la Cuaresma es estar dispuestos a apartarnos para salir al encuentro del Señor, que nos llama por nuestro nombre, estar atentos a escuchar su voz en medio del silencio y dispuestos a descalzarnos, porque el lugar que vamos a pisar es Santo.
En la actualidad se habla mucho de respetar los “espacios” propios de cada quien. “Entre nosotros no hay problemas, pues Él respeta mis espacios y yo los suyos”, oímos decir a esposos de ambos sexos en estos tiempos. También se habla de “invadir” o no la zona del otro y del respeto o irrespeto a la privacidad para expresar la misma idea de los espacios.
Para santificar la Cuaresma es preciso crear espacios de Dios y para Dios, apartar un tiempo y un lugar para ese contacto divino y humano entre Dios y nosotros, encuentro de vacío de sí mismo, de donación, de dócil entrega, de revisión de vida y de rectificación y firme determinación de acompañar a Cristo en el camino de su Pasión y Muerte para participar en la gloria de su Resurrección.
Normalmente confundimos la “devoción” con el “devocionismo”. La devoción es una consagración sincera y profunda a Dios, supone renuncia y negación de sí mismo, entrega generosa, tiene que ver mucho con la voluntad, con decidirse por el Señor. El devocionismo es una desviación de la auténtica devoción, es más sentimental que otra cosa y carece de un compromiso serio con Dios y con los hombres. Devoto es el Santo, devocionista el que despectivamente es llamado “beato” o “santulón”, su práctica religiosa se nutre de sentimentalismos más que de actitudes y actos de amor a Dios y al prójimo.
Si somos devotos del Crucificado, pasaremos una santa Cuaresma… ¡Ojalá lo seamos!