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(LA PRENSA/ARCHIVO)
La necesaria humanización de la política
Alejandro Serrano Caldera
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Después del derrumbe del bloque del Este y de la desaparición del mundo bipolar partido entre capitalismo y comunismo, el debate de las ideas y la práctica política en la sociedad contemporánea han generado una masa de conceptos y de experiencias, de intereses y de manipulación de la opinión pública, que hacen difícil discernir con claridad cuál es el camino que debe seguirse o construirse, en medio de acusaciones y descalificaciones, por un lado, y de beatificación de las propias ideas, por el otro.

El neoliberalismo y la práctica de la economía globalizada del capitalismo financiero, especulativo, corporativo y transnacional han disuelto el valor de la persona y sustituido los derechos y libertades fundamentales del ser humano por los derechos absolutos del mercado, con la puesta en práctica de un sistema excluyente del que han sido suprimidos los conceptos de ética, solidaridad y justicia social, con el consecuente retroceso del papel del Estado y la sociedad en el intento de construcción de un mundo más justo, tolerante y humano.

Frente a la destrucción del sujeto producida por la idolatría del mercado, ha surgido un movimiento mundial en el Foro de Porto Alegre que proclama que otro mundo es posible y un movimiento en América Latina, que desde el poder y a partir de diferentes conceptos y prácticas políticas, busca una salida para revertir las consecuencias que en nombre de la libertad de mercado padecen millones de seres humanos sumergidos en la indigencia y marginalidad.

Algunas de las corrientes políticas en el poder en Latinoamérica, no todas, proclaman en forma altisonante el nacimiento del socialismo del siglo XXI para combatir el Imperio, la formación del ejército del Alba, la creación de un sistema regional de cooperación económica, diferente a los hasta hoy existentes, basado principalmente en la dependencia económica, ideológica y política de algunos países de América Latina, principalmente Bolivia y Nicaragua, de Venezuela, devenida nuevo centro de poder hegemónico. Cuba, dependiente de Venezuela en lo económico en parte no despreciable, requeriría un análisis por separado.

En el plano interno este modelo se basa en el culto a la personalidad, en la promoción de figuras pretendidamente insustituibles de caudillos y hombres fuertes, en una visión mágica y pre racional de la política y en una concepción mesiánica y corporativa de la historia, basada en la idea de que las masas ejercen el poder, cuando en la intención y en la práctica lo que se pretende es que ellas sean instrumentos del poder personal, familiar o de grupos incondicionales y cercanos al líder máximo y además, mecanismo de disolución de la identidad y libertad personales. La masa sustituye al sujeto y la persona se diluye en ella perdiendo toda individualidad.

Frente a los problemas planteados por la revolución tecnológica, la teocracia del mercado y la economía globalizada, y por otra parte ante la implantación de dictaduras neopopulistas, debe afianzarse un movimiento intelectual, moral y político que afirme a la persona como el centro de la vida y la cultura, y como el sentido, intención y destino de la historia.

Como en la revolución filosófica y política que dio origen a la Era Moderna en la reivindicación del ser humano en su individualidad plena ante el absolutismo teocrático del Estado, se levanta hoy, de la misma manera, la recuperación de la persona y el sujeto ante el absolutismo del mercado y el capitalismo corporativo transnacional y ante el neototalitarismo del poder político que pretende enfrentar el poder hegemónico del sistema financiero especulativo, con la organización de las masas manipuladas por el poder político que se arroga su representación y expresión.

Ante nuestros ojos están los retos de una verdadera revolución moral que supere y trascienda tanto la idolatría del mercado como el neototalitarismo populista que destruyen, ambos, la identidad y dignidad del ser humano. Esta raíz moral del problema es fundamental pues como dice José Luis Aranguren, “la realidad moral es constitutivamente humana. No se trata de un ideal sino de una necesidad”. En ese sentido podemos afirmar que “el hombre es constitutivamente moral”.

En esas circunstancias particularmente complejas, es necesario sin embargo estar conscientes que no estamos ante una realidad inexorable, pues no es cierto que no haya más camino que la dictadura del mercado, o la dictadura del caudillo disfrazada en el poder de las masas. Es imperativo reaccionar contra esa falsa dicotomía en la que se pretende agotar las alternativas y opciones del ser humano, pues quien se somete a la realidad no la transforma. Otra cosa es reconocer su existencia, tener en cuenta sus posibilidades y límites para ejercer sobre ella la acción transformadora y estar convencidos que la acción moral y política que el cambio requiere, no debe aceptar ni la sustitución de lo real por una ilusión vana, ni la aceptación servil de la realidad como hecho inamovible e invariable.

A la realidad hay que conocerla y entenderla para poder cambiarla pues solo se pueden cambiar las cosas cuando tenemos convicción, ideales y esperanzas. Por ello, no deben aceptarse los hechos por su sola repetición, ni acostumbrarse por su reiteración y menos aun sorprendernos ante ellos, pues es inaceptable que la rutina se transforme en sorpresa.

La política exige ante los desafíos actuales una conducta racional y moral, al mismo tiempo, pues como dice Hans Khun, no se debe aceptar como única posibilidad la disyuntiva de “actuar de modo racional e inmoral o de modo moral e irracional”.

Una nueva ética de los valores debe guiar el quehacer político en una sociedad en la que, sostiene Alain Touraine, “esta ruptura entre el mundo instrumental y el mundo simbólico, entre la técnica y los valores, atraviesan ya toda nuestra experiencia de la vida individual a la situación mundial”.

Se trata de reafirmar la condición humana y no ninguna forma de despotismo o totalitarismo, pues, dice siempre Alain Touraine, “así como un régimen despótico impone la decisión del Príncipe al pueblo, en un régimen totalitario el Príncipe se dice el pueblo y cuando habla, afirma que lo que se deja oír por su intermedio es la voz de éste.”

“Así pues, un régimen totalitario no está dirigido por un Estado fuerte sino por un Estado débil, sometido a un partido, un jefe supremo y una nomenclatura. Destruye a la vez a ese pueblo cuya palabra confisca y el Estado cuya administración pública reemplaza por una clientela”.

Ante ese conjunto de intenciones y realidades, el pensamiento y acción de la política debe orientarse a la reafirmación de la dignidad y libertad de la persona para lo cual es necesario también la consolidación de una sociedad libre y digna, protegidas ambas, persona y comunidad, por un sistema en el que las instituciones y las leyes sean garantía de estabilidad, seguridad jurídica y democracia, pues no es posible el desarrollo social si no hay respeto a la dignidad del ser humano, ni la existencia de la democracia si no existe un verdadero Estado de Derecho.

El autor es filósofo y escritor nicaragüense

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