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(LA PRENSA/ARCHIVO)
Una buena compañía
Umberto Eco
El escritor es autor de novela “La Misteriosa Llama De La Reina Loana”, junto con “Baudolino”, “El Nombre de la Rosa” y de “El Péndulo de Foucault”
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Cada vez que en esta columna he tratado el tema del síndrome del complot, he recibido cartas de personas indignadas que me recordaban que los complots existen de veras. Pues claro que sí. Cada golpe de Estado, hasta el día antes, era un complot; se conspira para hacerse con una empresa comprando poco a poco las acciones, o para poner una bomba en el metro. Conjuros y complots los ha habido siempre, algunos fracasaron sin que nadie se diera cuenta, otros tuvieron éxito, pero en general lo que los caracteriza es que siempre son limitados en cuanto a finalidades y área de eficacia. A lo que nos referimos, en cambio, cuando citamos el síndrome del complot es a la idea de una conjura universal (en ciertas teologías incluso de dimensiones cósmicas), por la que todos o casi todos los acontecimientos de la historia son obra de un poder único y misterioso que actúa a la sombra.

Éste es el síndrome del complot del que hablaba Popper y es una pena que pasara casi inobservado el libro de Daniel Pipes, de 1997, que se titulaba Conspiracy (subtítulo Cómo Florece el Estilo Paranoico y de Dónde Viene). El libro se abre con una cita de Metternich a quien se le atribuye que, al enterarse de la muerte del embajador ruso, dijo: “¿Qué motivo habrá tenido?”

Pues bien, el síndrome del complot sustituye los accidentes y las casualidades con un diseño, obviamente malvado y siempre oculto.

Soy lo bastante lúcido para sospechar, a veces, que quizá, de tanto quejarme de síndromes de complot, esté dando muestras de paranoia, en el sentido de que manifiesto un síndrome por el que creo que por doquier existen síndromes de complot. Para tranquilizarme me basta siempre hacer una rápida inspección por internet. Los conjuradores son legiones y a veces alcanzan cumbres de finísimo humorismo involuntario. El otro día me encontré con el sitio “www. conspiration.cc/sujets/religion/monde--malade.jesuites.html” donde aparece un largo texto: Le Monde Malade des Jesuites, Revue Undercover 14, de Joël Labruyère. Como sugiere el título, se trata de una amplia reseña de todos los acontecimientos del mundo (no sólo contemporáneo) debidos a la conjura universal de los jesuitas.

Los jesuitas del siglo XIX, desde el padre Barruel hasta el nacimiento de la “Civilización católica” y a las novelas del padre Bresciani figuran entre los principales inspiradores de la teoría del complot judeo-masónico, y era justo que liberales, mazzinianos y anticlericales les pagaran con la misma moneda dando vida, precisamente, a la teoría del complot jesuita, que llegó a ser popular no tanto gracias a panfletos o libros famosos (empezando por las Provinciales de Pascal, El jesuita moderno de Gioberti o los escritos de Michelet y Quinet) sino gracias a las novelas de Eugène Sue, El Judío Errante y Los Misterios del Pueblo.

Nada nuevo, por lo tanto; aunque el sitio de Labruyère lleva hasta el paroxismo la obsesión de los jesuitas. Enumero sumariamente porque el espacio de esta columna es el que es, mientras que la fantasía conjuradora de Labruyère es homérica. Así pues los jesuitas siempre han querido constituir un gobierno mundial, controlando tanto al papa como a los diferentes monarcas europeos; a través de los mal reputados Iluminados de Baviera (que los mismos jesuitas crearon y después denunciaron como comunistas) intentaron hacer caer a aquellos monarcas que habían proscrito la Compañía de Jesús; fueron los jesuitas los que hicieron que se hundiera el Titanic porque a partir de aquel accidente les fue posible fundar el Federal Reserve Bank con la mediación de los caballeros de Malta que están bajo su control (y no es una coincidencia que en el naufragio del Titanic murieran los tres judíos más ricos del mundo: Astor, Guggenheim y Strauss, que se oponían a que se fundara ese banco). Trabajando con el Federal Bank, los jesuitas han financiado sucesivamente las dos guerras mundiales que claramente han reportado sólo beneficios para el Vaticano. En cuanto al asesinato de Kennedy (y Oliver Stone, claramente, está manipulado por los jesuitas) no debemos olvidar que la CIA nace como programa jesuita inspirado en los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, y que los jesuitas la controlaban a través del KGB soviético: entonces se entiende que Kennedy fue asesinado por los mismos que hundieron el Titanic.

Naturalmente son de inspiración jesuita todos los grupos neonazis y antisemitas; los jesuitas estaban detrás de Nixon y Clinton; fueron los jesuitas los que provocaron la matanza de Oklahoma City; jesuita era la inspiración del cardenal Spellman que apoyaba la guerra de Vietnam y dispensó al Federal Bank jesuita 220 millones de dólares. Naturalmente, en el cuadro no puede faltar el Opus Dei, que los jesuitas controlan a través de los caballeros de Malta.

Debo pasar por alto muchos otros complots. Y dejen ya de preguntarse por qué la gente lee a Dan Brown. Quizá estén en ello los jesuitas.

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