Algunos diferencian el día de la noche, otros logran ver sombras, pero la mayoría sólo ve oscuridad. Hay quienes le piden a Dios ver la puesta del sol y otros solamente quieren conocerse a sí mismos. Así es la vida de los ciegos
Francisco González nunca ha visto el rostro de su esposa. No sabe cómo lucen sus hijas y tampoco conoce el mundo que le rodea. Es ciego. Tiene 48 años y es un amante de la música. Toca piano, guitarra, bajo, bongoes, entre otros instrumentos. Él es uno de 900 miembros, a nivel nacional, que alberga la Organización de Ciegos de Nicaragua Marisela Toledo.
González perdió la vista hace 30 años, cuando tenía 18. Prefiere no contar en detalle qué fue lo que ocurrió. Solamente dice que fue debido a un fuerte golpe en la cabeza. Estuvo en el hospital y aproximadamente en una semana había perdido la vista. “Fue duro, muy duro. Es como que de repente te pongan una venda en los ojos y te digan que tenés que empezar a moverte, a ir a los lugares, hacer todo con esa venda. No fue fácil”, confiesa.
Ahí, en ese edificio ubicado en Bolonia donde funciona la organización, González camina de un lado hacia otro. Enciende un cigarrillo mientras sujeta su bastón con el antebrazo. Conversa abiertamente. Tiene voz ronca y de vez en cuando lanza una carcajada tan fuerte que el resto de no videntes presentes hace gestos como buscando averiguar de dónde proviene el sonido.
Esta mañana unos 25 ciegos reciben un taller de Derechos Humanos. Todos escuchan atentamente al expositor. Cualquier persona que entrara a ese salón de clases sin hacer ruido no sería percibido más que por el profesor. Todos actúan con la naturalidad de siempre: escuchan, preguntan, conversan entre sí…
A la par del señor González permanece sentada su esposa, Maritza Ortiz. Es de ojos claros, bajita y sonriente. Ambos han dejado el salón de clases para brindar la entrevista. Conversan de cómo se enamoraron, cómo viven ahora y qué esperan de la vida. Maritza también es ciega. “A los 12 años se me fue acortando la visión y ya cuando tenía 35 no podía ver nada, sólo sombras”, asegura. ¡Eso sí! Ella tuvo la dicha de conocer a sus dos hijas y a su esposo. “Aunque veía turbio, le doy gracias a Dios que los pude ver”, dice. A diferencia de González, que solamente puede imaginar a su esposa e hijas, doña Maritza alberga recuerdos de las últimas veces que lo vio. Han pasado más de 10 años desde entonces, ya ellos no son los mismos que un día vio, pero gracias al tacto y a las descripciones puede darles un rostro y un cuerpo. No siempre acierta, pero es parte del vivir de los no videntes, quienes viven en un mundo donde su imaginación es la realidad.
— ¡Buenos días!
— Buenos días, contesta un hombre moreno.
Camina lento hacia la puerta. Lleva lentes oscuros y suena unas llaves. Al acercarse a la cerradura comienza a sentir la textura de cada una de las llaves del manojo. Prueba una. Es la equivocada. Prueba la otra. Y así intenta con unas cinco hasta que encuentra la que abre la puerta de entrada. Es el recepcionista de la Organización de Ciegos. Se llama Marcos Méndez. Como cualquier otra persona en su puesto, contesta el teléfono, transfiere llamadas y ofrece asiento para los visitantes. No lleva bastón, se conoce a la perfección cada sitio dentro de ese edificio. Aunque camina lento para “no tropezar con algo”.
Este recepcionista no ha visto el mundo. Nació siendo ciego y todas las imágenes que puede haber en su memoria son fruto de la descripción e imaginación. De niño, vivía en el campo y así como el resto de sus hermanos, aprendió a sembrar y a rozar. “Vivía encerrado en mi casa. Hasta 1992 fue que yo empecé a salir a la calle. Y con los sonidos me guiaba. Luego aprendí el sistema braille y a tejer hamacas”, cuenta.
Marcos es una de las personas no videntes que laboran en esta organización. Además de él, están los cinco miembros de la junta directiva. Según dicen, ellos se encargan de analizar y supervisar todas las labores realizadas. “Pero necesitamos personal de contabilidad, secretarias y otra gente que debe ser vidente”, asegura David López, presidente de la junta directiva.
La oficina del presidente, ubicada en el segundo piso, es un cuarto desértico y silencioso. Dos sillas, un escritorio, un abanico y un reloj. Eso es todo. No hay lápices, tampoco libros o adorno alguno.
Todos los ciegos en este lugar suben y bajan escaleras, conversan poco y de vez en cuando chocan el uno con el otro. Y mientras hacen un receso del taller de Derechos Humanos y comparten un desayuno, la pareja González Ortiz continúan contando su historia.
Esta pareja se conoció en la Organización para Ciegos en los años 80. Él ya era ciego y a ella le faltaba poco para perder la vista.
— ¿Qué le gustó de él?
— (Ríe) Pues fue por la insistencia de él más que todo. Era una necedad, dice doña Maritza.
— ¡Ah! Sí. Si ella fue la que me enamoró, contradice su esposo.
Y la discusión continúa hasta que ambos reconocen que simplemente “nos llegó el amor”. Empezaron a vivir juntos, tuvieron dos hijas, a las que criaron con ayuda de la mamá de Maritza y fue hasta después de un tiempo que se casaron por la vía civil. “Yo miraba a mis hijas. Podía ver la medida de las pachas, podía cambiarlas, pero de todas manera mi mamá me ayudaba porque había cosas que me costaban”, dice.
Ahora viven solos. Sus hijas decidieron abandonar el hogar. Los rostros de estos padres parecen entristecerse cuando hablan al respecto. No dan detalles.
A pesar de ser ciegos y vivir solos, dicen que les va bien, aunque en más de una ocasión han sufrido accidentes como caer en alcantarillas. Afirman que no les hace falta nada. “Yo cocino, lavo, plancho… Soy ciega, pero no me fijo en eso sino en la capacidad que tengo a pesar de esa discapacidad. A mi marido le gusta mi comida”, asegura orgullosa. Cuenta que aprendió a zurcir, a tejer…Confecciona bolsos que vende por encargo. Muestra uno elaborado con hilos azul, rosado y blanco. “Para saber los colores le tengo que preguntar a alguien”, explica.
Por su parte, González, conocido como “Chico Bulla”, es locutor, aunque actualmente no trabaja en ello. Además es músico. “Cuando miraba aprendí a tocar piano, batería y acordeón. Después aprendí guitarra, bajo y bongoes”, dice. Y las canciones que le gustan son las de protesta. “Me gusta Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Bob Marley, Carlos Mejía…”. También es el dueño del Club Juvenil. Solía ser una radio, pero luego se convirtió en una asociación encargada de ayudar a los discapacitados, en su mayoría no videntes.
Esta pareja dice que no necesita de la vista para ser feliz. Aunque doña Maritza confiesa que si Dios le regalara la vista nuevamente “bienvenida sería”. ¡Eso sí! No se sometería a operación para recuperar la visión. “Me dan miedo las operaciones y ahora ya me acostumbré a no ver. A veces se me olvida que no veo y ando bien rápido. Hay gente que dice que es feo ser ciego, pero no. Lo feo es ser un ciego inútil”, afirma. Su esposo, con tono imponente dice que ver no le hace falta para nada. “A mí no me interesa. Me da igual. No me quito la vida pensando en la tecnología, no me entusiasmo. Sí le doy gracias porque me ha dado la capacidad de vivir bien siendo ciego. Pero en lugar de pedirle a Dios que me cure de la vista, mejor le pido que me cure del alma, que es más importante”, asegura este hombre.
Hay otros que jamás pierden las esperanzas y que sí quisieran volver a ver, aunque reconocen que las posibilidades son inexistentes. David López, de 33 años y presidente de la Organización de Ciegos, confiesa que “no me gusta ser ciego. No estoy orgulloso de eso. De lo que sí estoy orgulloso es de lo que puedo hacer siendo no vidente”. Él perdió la vista a los 16 años, los médicos dijeron que fue a causa de la toxoplasmosis. Y aunque sabe que es irreversible aún sueña con volver a ver la puesta y salida del sol, un paisaje que quedó grabado en su memoria y que todos los días añora.
Esos son sus deseos, pero cuando deja de soñar está consciente de que él, al igual que el resto de ciegos, vive, se comunica, se mueve en este mundo gracias a los sonidos, olores, sabores y texturas. Esos son sus elementos de orientación.
Las personas no videntes no piden mucho. Algunos desean ver los colores, otros quisieran ver a la gente transitar y otros desearían poder conocerse a sí mismos. Ver como lucen físicamente.
David recuerda que la última vez que se vio al espejo tenía 12 años, vestía de short, camiseta y era delgado. “Creo que me miro igual, sólo que he crecido horizontalmente”, asegura mientras suelta una carcajada.
El recepcionista de la organización de ciegos, Marcos Méndez, cree que es “moreno y recio”. No se equivoca, pero no sabe describir su cabello, sus manos o rostro. “Yo sé cómo soy, pero nunca me he visto. Quisiera poder verme. También me gustaría saber cómo son las que cosas que toco, la gente a la que hablo”, dice este hombre de 35 años.
La pérdida de la vista, según cuentan los ciegos, les permite agudizar el resto de sus sentidos. Alicia Palacio, presidenta del Centro de Formación Educativo Cultural para Personas Ciegas, conoce milimetradamente dónde se encuentra cada cosa en el sitio donde trabaja. Parece que viera. Abre una puerta, saca una caja y muestra el alfabeto braille. Destapa una máquina de escribir braille, enrolla el papel y empieza a teclear. Se sienta en una silla justo en el lugar donde debería y con su agudo oído sabe diferenciar dónde está la persona que le habla.
Igual sucede con el resto. Doña Maritza, por ejemplo, escucha cuando el arroz ya está tostado, listo para echarle el agua. Don Marcos sabe de acuerdo a la cantidad de pasos que escucha cuántas personas entran a un lugar y don David puede abrir puertas y sin titubear el sitio donde está ubicada la cerradura.
Para los no videntes, la apariencia no es importante. “Creo que eso es positivo, al menos en el amor. Porque cuando uno ve, uno siempre quiere tener a la persona más bonita a su lado, pero cuando uno no ve, se fija en los sentimientos y valores de esa persona, que es lo que verdaderamente importa”, asegura don David. Él, a sus 33 años, no ha encontrado al amor de su vida. Aunque considera que es una misión difícil, espera conseguirlo. Algunos logran encontrar el amor en otra persona de su misma condición, otros se quedan viviendo solos o con sus padres y familiares.
Doña Martiza y su esposo afirman estar muy enamorados. Viven seguros pensando que su amor es genuino y aunque no se ven, se imaginan.
— ¿Cómo se imagina a su esposa?
— Yo no la he visto nunca, pero sé como es. Recibí un curso de audio perceptivo, así que cuando oigo a una persona, puedo decir más o menos cómo es. Pero yo creo que ese es un don que tengo: saber cómo son las personas con solo oírlas. Yo sé que mi esposa es morenita clara, narizoncita, ojitos verdes y tiene carita de ángel, responde muy seguro.
Doña Maritza sonríe y asienta con la cabeza como diciendo que su esposo está en lo correcto. A diferencia de él, cuando ella piensa en su esposo no tiene que adivinar cómo es, sino que a su memoria llega aquella imagen de la última vez que lo vio: alto, de piel blanca, cabello castaño, usaba afro y era delgadito. Esa imagen cambió.