En el centro del patio de mi casa
hay un pozo sagrado con flores adentro
que contiene mi nombre y la belleza de las utopías.
Es el reino de mi espíritu
en donde mi sol persigue a mi noche alrededor del mundo.
Perdido en mis fantasías con mis ideas errantes,
condenado y redimido y avivando los sentidos,
roto por dentro, entrelazándome y separándome,
allí en el fondo espero a una ángela extraviada
para que venga a probarme por dentro,
como la abeja a la miel,
para que venga como una bestia salvaje metida en una ramera infiel,
con labios rojos y maduros, impacientes y ariscos,
y se acerque a beber del fondo de mis utopías,
para que yo me llague el cuerpo y el alma en el infierno del cielo
del enredo de sus ojos
y vea cómo se ama la maldad y se odia la pureza.
¡Ah! Si yo le hubiera dedicado a Dios
el tiempo que le dediqué a las mujeres imprudentes
y desvergonzadas,
si mi mente no hubiera sido la loca de la casa,
si un capullo encendido
me hubiera hecho creer hasta que empezara a creer
si mis versos fueran los de un marinero lejos del mar,
¿cuándo encontraría lo que sea que estoy buscando?
Dios me llama y ya no obedece mi cuerpo.
Sigo un aroma en el viento,
dibujo palabras gigantes y las monto en el cielo.
En el centro del patio de mi casa
hay un pozo sagrado con flores adentro,
hay un nido de Hadas, un violín destrozado,
azúcar y especias, perros salvajes y rabiosos,
y los frutos más dulces del verano.
Granada 18 de febrero de 2008