¿Quién es esa que abre las puertas libertinamente?
¿De quién la mano ruda y ligera?
De mí esperen nada de lo que pueda decir,
descifrar: de milagros retroactivo persisto, aunque siempre congenia la dificultad para hurgar en lo vano.
Ni el golpeteo seco del vacío. Sí, ni el prolífero espíritu guía comparsado con el ángel exterminador, el que alza la mirada y todo lo determina, llegarán a tiempo para resolver el enigma donde almas y cuerpos se desprenden.
Las puertas bizcas abiertas de par en par.
Los pasillos aguardan a los peregrinos.
Incansable anhelo como sombra cruza el paisaje.
(En aquellos días consentidos en los que sentíamos placer endulzar nuestros juguetes de la confiabilidad; porque no era fácil adivinar que había que crecer con un pan duro a cuestas, no presentíamos que aún la maravillosa inocencia en sólida permanencia, perderíamos como hoja alisada por el viento.
Nos empujaron a corretear los caminos
en los que interiormente alcanzáramos
a conocernos: paliar nuestros delicados
resentimientos, pero despertamos cada día más próximo al origen de aquel improvisado, errado y contradictorio nacimiento.
Tratar de afrontar seria afligirnos frente a ese otro
rostro ingénito de la vida ) Ni el centinela ebrio solitario de la agonía sospecha lo que le está cercando con prisa de mortaja.
Aquí nadie hablo de su presencia habilidosa, imperativa.
El fuego no le quema. No tiene caída. Tampoco límite.
Llega como aparece lo ineludible.
Ningún mar llena su vientre,
grandes cosechas no alcanzan en su hambre ¿ A qué hora, pues, te coge de la solapa te cierra la fiesta y te peina la memoria?