Aún recuerdo aquella tarde cuando mi padre me llevaba de la mano por la calles de San Antonio de los Baños y vi a un muchacho flaco con una guitarra, algo pálido y delgado, con unas botas militares, semiamarradas, algo grandes para su frágil contextura y una calvicie incipiente.
— Ese es el loquito del pueblo, me dijo.
— ¿Por qué?, fue mi pregunta.
— Siempre anda con esa guitarra, vestido de militar, cantando unas canciones que ni él mismo entiende.
Esa fue la primera vez que vi a Silvio Rodríguez. La segunda fue en la vieja pantalla redonda y pequeña de nuestro televisor en blanco y negro marca Zenith. Ese día, mi papá gritaba: “Corre para que veas al loquito de la guitarra en la televisión”.
Y allí estaba el loquito sentado en una silla algo incómoda, con su guitarra y unas canciones bien raras para quienes nos habíamos acostumbrado a los bolerotes melodramáticos de Membiela, Orlando Contreras, etc.
Tuve que pensar muy bien y detenido para entender qué estaba diciendo Silvio cuando decía que “la era paría un corazón”. Pero me gustó lo que cantaba y cómo lo hacía, con una guitarrita, parecía un concierto para mí sola, había una intimidad y una comunicación que abría los sentidos y te deleitaba. Y de esa manera llegué a la nueva trova.
TROVA A DENTRO
Fue por los años sesenta cuando la canción comenzó a trasformarse en otra sustancia. Dejó de prostituirse en los portales y cabarets para sentarse en la mesa de los humildes y compartir sus desesperanzas como un clamor desgarrador contra las injusticias sociales.
Surge entre 1954 y 1972 el llamado movimiento de la nueva canción que crecía con formatos y sonoridades diferentes, pero con muchas, muchas semejanzas en cuanto a los temas y la forma de abordarlos.
Todo nutrió los rizomas de la nueva canción y despertó en Cuba con una configuración maravillosa que lleva a la cima a sus dos máximos exponentes: Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.
Como un catalizador donde se cobijan estremecidas las artes de ese tiempo, crece la Casa de las Américas. Allí, Haydée Santamaría, tocó con sus manos de elegida, el carbón y lo tornó en luz. El Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (GESI) comenzó a experimentar tantas travesías que se volvieron maravillosos elfos iluminados que realizaron creaciones sorprendentes, al fusionar elementos variados, dando como resultado una música que sobresale por su originalidad e innovación.
Estaban la música, la literatura, la plástica descubriéndonos la América nuestra que visualizaba Martí. El caite sustituía al estilete en los pies de las damas y en la boca de todos fluían las melodías de la Trova.
La Nueva Trova, hija legítima de la trova tradicional, pero con postulados estéticos diferentes, pues esta nueva hornada postula que:
— Debe haber una fuerte intransigencia ante la ramplonería y el simplismo.
— Predomina la forma sincera y profunda de abordar la canción.
— Las estructuras más cómodas y flexibles.
— Los temas no serán sólo amorosos.
1968 es el año en que nace oficialmente la Nueva Trova cubana. Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola dieron un maravilloso concierto en la Casa de las Américas.
Nacía un género que portaba orgulloso los rasgos de su madre criolla: la trova o canción popular, nieta de los juglares medievales, que se enraizó por nuestras tierras, amarrada al tambor africano pero a la tradición trovadoresca se le añadía una pizca de aquello y de lo otro y una hermosa porción de poesía. Poesía para todo y en todo.
Pero a lo largo de 20 años, las circunstancias comienzan a transformarse. Un muro cayó en Berlín y calló muchas voces. Confusión, caos y pérdida de los ideales, de la confianza en los líderes comienzan a acunar a la nueva generación que debía tomar el relevo de la Nueva Trova y toda su tradición de fe.
Las canciones que acunan a estos retoños se van transformando en laberínticas melodías con textos crípticos y monolíticos. La antipoesía de la poesía, la perfecta mezcla para enterrar entre las piedras del muro derribado, a los fans y los sueños de toda una generación.
Y el mundo comenzó a cambiar vertiginosamente, nos comenzamos a globalizar, tanto nos globalizamos que nos rellenaron con helio o argón y comenzamos a flotar, a despegarnos de la tierra, nos tornamos en pesados albatros. Y entre información, comunicaciones veloces y tecnologías radiantes, en qué lugar íbamos a poner la poesía, a la trova, al unicornio.
La Nueva Trova debía sobrevivir a estas influencias y buscar un arsenal diferente. Pero en esas contiendas no todos lograron salir airosos. Como la lógica natural de la vida, la trova se gestó, gateó, se puso en pie y corrió miles de metros hasta llegar a la cima del podio.
Pero después de la apoteosis, enfrentaba un relevo generacional que no siempre alcanzó los niveles de calidad para atrapar al nuevo público y al de siempre. Y se empezó a invisibilizar de nuevo.
Según un reportaje del periódico Juventud Rebelde, la presencia de los trovadores en los catálogos de las discográficas cubanas es mínima. En la página web de la EGREM, de 225 músicos intérpretes y agrupaciones sólo había nueve trovadores, lo que representa un 1.7 por ciento.
La Asociación Hermanos Saíz anda involucrada para promover, sobre todo, a la novísima trova. Desgraciadamente no los conocemos. Quedamos detenidos en el tiempo y no hemos podido descongelarnos porque no recibimos las radiaciones que nos permitan llegar al presente de la Nueva Trova.
A esto se suma, que a algunos fundadores del MNT se les han subido los humos, hasta llegar al extremo de tratar mal a su público. No es una actitud elogiable lo que Silvio le ha dicho a miles de personas que daban palmadas, para acompañarlo en sus canciones. Él pidió al público que no lo acompañara con las palmas y les dijo que no eran virtuosos de la polirritmia y que si no, no fueran a sus conciertos.
TROVA A FUERA
A partir de 1990, la vida en Nicaragua se transformó radicalmente. De la guerra se pasó a un sistema democrático. Con el cambio de gobierno la situación dio un giro de 180 grados. Durante estos años, demasiadas aguas corrieron bajos los puentes, a veces muy turbulentas y se cortaron de un tirón los vínculos existentes.
Sin embargo, el gusto por las canciones de los trovadores cubanos no murió. No sólo los cubanos que vivimos de este lado hemos mantenido una veneración respetuosa e incorruptible sino que los nicaragüenses han fijado en su memoria aquellas canciones.
Mantener esta preferencia no ha sido fácil, los medios de comunicación han sido bombardeados por programas de factura extranjera, rock, pop, reggaetón, merengue y bachata han inundado las frecuencias cotidianamente.
Ya sabemos cómo trabajan, imponen un artista, una melodía por aburrimiento. Oyes la misma canción 20 veces al día. Nos introducen como un chip en nuestro cerebro lo que ellos pretenden imponer como moda, aunque vulgar y feo, si es vendible, allá va.
Para 1990 existía una tradición de cantautores que cultivaban la nueva canción como Carlos Mejía Godoy, sin embargo, Carlos tuvo que buscar cómo sobrevivir en una sociedad donde el Estado dejaba huérfanos a los creadores.
Cantantes como Keyla Rodríguez y Perrozompopo, que incluyen canciones de la trova cubana, han logrado ocupar buenos espacios y aglutinado bastante público, pero constituyen excepciones.
Katia y Salvador Cardenal, procedentes de una familia de tradición burguesa, no tuvieron que recorrer el escabroso camino de transformación de juglar a empresarios capitalistas, unas cuantas formaciones socioeconómicas tuvieron que saltarse los que dieron ese paso.
Algunos trovadores aparecen en festividades del FSLN o en los estadillos sociales. Ciertos bares y espacios alternativos ofrecen recitales de la Nueva Trova. Eso es todo.
Es en las universidades donde se manifiesta el mayor interés por este tipo de canción, en los bachilleratos los chavalos se mueven entre el rock y el reggaetón sin obviar la influencia de las rancheras mexicanas.
Trova adentro, trova afuera van viviendo procesos inversos pero imbricados por un lazo genuino.
Trova afuera: detenida en el tiempo pero con seguidores viejos y nuevos que siguen cantando las melodías de siempre, las que en los 80 pegaron en Nicaragua.
Sin publicidad, sin difusión, sin infraestructuras, sin ventas de mercado (a excepción de las ediciones piratas cuya calidad es pésima y son vendidas en los mercados populares).
Pese a este panorama nada ideal, existe un gusto latente y una simbiosis inextinguible que raya en lo mágico cuando los jóvenes salen a las calles animados por las canciones de la Nueva Trova cubana.
Trova adentro: crecida y frondosa pero con demasiadas ramas que impiden el crecimiento genuino de los nuevos pinos que emergen como relevo generacional inapelable. Enfrentada a los mismos problemas de espacio y divulgación que en sus albores.
Trova adentro y trova afuera es una misma trova. Mezclados en una hermosa olla están: “el fuego en la ardiente rabia, de Silvio Rodríguez; el aire en las transparentes atmósferas de Nicola; el agua en la apasionante humedad de Pablo Milanés y la tierra en la firmeza tiernamente humana de Feliú” [1].
Están todos y más. Los nuevos, los que no conocí por haberme quedado detenida en un 23 de octubre de 1993 cuando escuché Radio Reloj por última vez. Pero feliz de haberme quedado detenida en ese instante que me ha permitido respirar cada día que cantaba desafinadamente a mi hija Malva Marina alguna canción de Pablo, alguna canción de Silvio, alguna canción…