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Vi y escuché un vergel en la pantalla desolada de la televisión al marcar con la sencillez digital el Canal 83 por la vía del cable. Es una lástima que la mayoría de los televidentes carezca de los recursos necesarios para mitigar la sed de beber en esos manantiales, de complacerse con los espectáculos musicales clásicos que ocasionalmente aparecen —fragmentados— para que el solaz se dé un estirón, ilustrarse, sentirse lleno de la ópera, de la sinfonía, del ballet, de la obra inspirada en un motivo histórico o extramusical, como cuando tenían sus tandas las reproducciones de las películas en los comienzos del siglo pasado, revistas musicales aún recordadas y de penetración en el gusto moderno, del paisaje en rima con la armonía —pintadas las cuatro estaciones— y todo lo que pueda mover el paladeo espiritual.
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