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En un ensayo de 1970 sobre la poesía negra en Nicaragua (La Prensa Literaria, 15 de noviembre), y en otro sobre Rubén Darío (Ibid, 15 junio de 1980) planteaba que la negritud (“conjunto de características sociales y culturales atribuidas a la raza negra” —define este galicismo, de moda en los 50 y 60, el DRAE) es un aspecto, si no trascendente, al menos significativo del opus rubendariano. Con ese objetivo, recordé que Julio Camba (1882-1962), en un artículo reproducido por la revista Azul (León, no. 42, 4 de mayo, 1919) había establecido que la poesía de Darío era la obra de un negro genial, marcada por la emoción y la música, el sentimiento y el revoltijo léxico de un negro liberado. Compartía esta perspectiva, según el mismo Camba, el crítico estadounidense radicado en Nueva York: Robert T. Shores.
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