El Tratado de No Proliferación (TNP) nuclear, que esta semana cumple 40 años, ha conseguido limitar el número de potencias nucleares a nueve, pero ahora necesita una revisión para hacer frente a casos como el iraní, el sirio o el norcoreano, estiman los expertos.
Abierto a las firmas el 1 de julio de 1968 y en vigor desde el 5 de marzo de 1970, lo han suscrito 189 países, convirtiéndolo en el acuerdo de control de armas más extendido.
Los firmantes se comprometieron a no hacerse con la bomba atómica y a cambio se les garantiza el uso de la energía nuclear con fines pacíficos.
Cinco países (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, China y Francia) que ya tenían armas nucleares antes de la entrada en vigor del TNP, gozan de un estatuto de excepción.
Según los términos del tratado, los cinco deberían tomar “medidas efectivas” para el desarme nuclear, aunque no se les especifica ningún plazo.
La reticencia de las potencias nucleares a hacer los deberes hace que los otros no se sientan animados a respetar sus compromisos. Para los expertos consultados, Estados Unidos, la primera potencia nuclear mundial, debería dar ejemplo y desmantelar su arsenal para dar legitimidad al TNP.
El TNP ha creado un mundo a dos velocidades que “no puede mantenerse indefinidamente”, insistió Daryl Kimball, director de la organización Arms Control Assocation de Washington.
“Las armas nucleares son peligrosas, poco importa quién sea su propietario”, subrayó a la AFP. Una posición compartida por K. Subrahmanyam, ex director del Instituto Indio de Estudios de Defensa.
“No es posible que ciertas armas sean legales para unos y no para los otros. Un régimen semejante no puede ser una garantía contra la proliferación”, escribió en un artículo de la revista de la Arms Control Association.
India y Pakistán, oficialmente, e Israel, oficiosamente, desarrollaron sus programas respectivos al margen del TNP. La última potencia nuclear, Corea del Norte, salió del tratado en 2003 y procedió al primer ensayo de una bomba atómica en 2006.
CON LIMITACIONES
Una de las principales desventajas del TNP es su poder limitado de control. Las inspecciones, efectuadas por la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) de Viena, se realizan sólo si las aceptan los Estados a inspeccionar, que pueden controlar en gran parte los movimientos de los inspectores.
En el peor de los casos, los países corren el riesgo de que sus violaciones del TNP las trate el Consejo de Seguridad de la ONU.
Joe Cirincione, presidente del Fondo Ploughshares de Washington, una organización dedicada a combatir la proliferación de armas de destrucción masiva, le reconoce una virtud al tratado: “Hay muchos menos países con un programa nuclear hoy en día que en los años sesenta, setenta u ochenta”.
Sin embargo, la política de no proliferación ha sufrido reveses importantes, en particular con Corea del Norte, Irán y Siria.
Pyongyang desarrolló un programa nuclear ilícito que poco a poco está empezando a desmantelar.
La semana pasada entregó una declaración sobre sus actividades nucleares y voló una torre de enfriamiento de su reactor nuclear de Yongbyon.
Corea del Norte se comprometió a desactivar sus instalaciones atómicas a cambio de una ayuda equivalente a un millón de toneladas de petróleo, vitales para ese país de 23 millones de habitantes que sufre penurias crónicas.
A Teherán, firmante del TNP, se le acusa de querer obtener la bomba atómica y de encubrir su objetivo tras un programa de energía nuclear civil. De Damasco se dice también que quiso construir una central con fines militares hasta que la aviación israelí la destruyó en 2007.
“Estos reveses no se deben a la estructura del TNP, pero ponen de relieve el problema de hacerlo respetar y la falta de apoyo internacional”, sostuvo Cirincione.
Otro problema destacado por los expertos es la tendencia estadounidense a buscar excepciones para sus países amigos, en particular para India.
“El TNP no está condenado al fracaso. Pero para que sobreviva a este siglo los Estados deben renovar y fortalecer sus disposiciones y aplicarlas. Y rápido”, sentenció Daryl Kimball, director de Arms Control Assocation.