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Majestad del poder y poder sin majestad
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Los antiguos romanos crearon el concepto de la majestad del poder, durante la primera República —la cual existió desde el año 509 hasta el 27 antes de Cristo—, para dignificar aquel sistema de gobierno que representaba la voluntad y los sentimientos del pueblo. Después, los reyes absolutistas de la Europa medieval y feudal se atribuyeron personalmente el título de majestad. Decían que la majestad es un atributo esencial de Dios y como ellos ejercían el poder en la tierra por mandato divino, entonces había que nombrarlos como Su Majestad. Finalmente, las revoluciones democráticas de Europa y América devolvieron el concepto de majestad al poder público que se ejerce en representación y por mandato del pueblo.

Es que majestad significa grandeza y superioridad en la autoridad. Pero por eso mismo, para ser majestuoso el poder tiene que ser republicano y democrático y además los elegidos y designados para gobernar, deben ser personas dignas, íntegras, educadas, cultas, capacitadas, comprensivas, tolerantes y respetuosas.

Lamentablemente esas cualidades y requisitos son ajenos al actual Gobierno de Nicaragua. Por eso son muchas las personas, y ante todo los diplomáticos extranjeros que se preguntan cómo es posible que el poder público se ejerza de una manera tan rústica, chabacana, además de autoritaria y corrupta. No se explican que un vicecanciller, quien se supone debe ser un ejemplo de la buena educación y maestro de la diplomacia, use hasta palabras de sentido prostibulario para insultar a los representantes de la comunidad de países donantes con Nicaragua, a quienes amenazó con declararlos non gratos si se atrevían a opinar sobre asuntos de la política interna de Nicaragua. Pero los donantes se atrevieron. Emitieron un comunicado en el que con palabras cuidadosamente diplomáticas dijeron que las condiciones de libertad, democracia y pluralismo político son necesarias en cualquier país que recibe la cooperación extranjera. De esa manera aludieron indirectamente a la arbitraria cancelación de las personalidades jurídicas del MRS y el Partido Conservador. Y esto fue motivo para que el presidente Daniel Ortega los insultara con palabras todavía más soeces, el sábado pasado en Masaya.

La diatriba de Ortega fue peor que la de su vicecanciller, porque su ultraje fue dirigido personalmente a una dama, la señora Francesca Mosca, jefa de la delegación de la Comisión Europea para Centroamérica y Panamá. Ortega manipuló el apellido de la funcionaria europea para denigrarla junto con los demás diplomáticos extranjeros, de quienes dijo que son “como las moscas que se paran en la inmundicia”. Y además Ortega menospreció la cooperación externa en general y la europea en particular, a la que calificó como una “minucia” y la comparó con las 30 monedas de la traición de Judas (¿!).

Ante esta situación tan penosa lo normal sería pedirle al Presidente que se disculpe ante la nación, ante la comunidad internacional, ante el cuerpo diplomático y de manera personal con la embajadora Francesca Mosca. Pero tratándose de Daniel Ortega y compañía no cabe pedir eso, porque en su comportamiento y vocabulario no hay error ni exabruptos. Es de manera intencional y deliberada que él ultraja y amenaza verbalmente a todas las personas, instituciones y países que por cualquier razón no son de su agrado. De modo que sería inútil pedirle que respete la majestad del poder que él ejerce y representa, porque éste es un poder que carece de majestad.

Afortunadamente, los diplomáticos extranjeros que han sido ultrajados por Ortega entienden muy bien esta situación, igual que la comprendemos todos los nicaragüenses que con frecuencia escuchamos sus diatribas y que por cualquier motivo somos víctimas de sus insultos y amenazas. Además, la embajadora Francesca Mosca y todos los diplomáticos de países democráticos acreditados en Managua deben comprender que con esa conducta y lenguaje marginal, Daniel Ortega no representa los sentimientos, la voluntad y el talante nacional de Nicaragua.

Los nicaragüenses somos reconocidos como personas hospitalarias y corteses, amistosas y respetuosas con los extranjeros, y agradecidas con los países, sus pueblos y sus representantes que en los momentos difíciles siempre le han extendido a Nicaragua su mano amiga y generosa. Una generosidad de la que, dicho sea de paso, ante todo se han lucrado y se siguen lucrando los gobernantes patanes y malagradecidos.

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