Felices lucían los conductores. Felices con sus ojillos abiertos, chispeantes, con sus bocas gritando piropos y su pie pisando el freno, deteniéndose, observando, como animales en celo, a la gacela rubia que esa mañana posaba en la caliente cuneta de la transitada avenida capitalina. Un short descaradamente corto y un “top” muy ajustado atraían las miradas lujuriosas de los conductores. Y los gritos. “¡Qué bárbara!” “¡Mamacita!” “¡Cosa rica!” “¡Preciosa!” “¡Volveme a ver, mami, qué seria!” “¡Vení, mami, hago de todo!”
El freno activado y las hormonas aceleradas. Las causantes: las curvas de la modelo Roxana Moreira, que posaba para la contraportada de este diario, sin prestar atención a la reacción que provocaba en el tráfico mostrar sus dones físicos al aire. Taxistas, buseros, motoristas, repartidores de pizzas, conductores de empresas, privados y hasta las mujeres: todos apartaban la mirada de la pista para dirigirla a Moreira, que los agasajaba inclinando su trasero o destacando esos hermosos pectorales. Invitación al pecado. Bueno, al menos a un pensamiento pecaminoso en plena vía pública.
En la rotonda Rubén Darío, en pleno nuevo “centro” capitalino -a falta de un centro definido-, Moreira modelaba al fotógrafo, mientras un joven repartidor de floristería sacaba un celular por la ventana del microbús que conducía, para tomarle una foto a la belleza. Lo intentó una, dos, tres veces. Se tomó su tiempo, dándole vueltas a la rotonda, para poder captar bien la figura de la mozuela, de 24 años. Lo mismo hicieron otros conductores. Y un joven hasta sacó la mitad del cuerpo por la ventana para gritarle un “¡queee ricooo, mamacita!”
Los buseros sonaban sus pitos estridentes. Los motoristas reducían la velocidad. Las mujeres lanzaban esa típica mirada reprobatoria ¿o de envidia? Y los más jóvenes, desconcertados, miraban con unas ganas tímidas a la modelo. Y hasta un ciego, al menos eso quería dar a entender con sus anteojos oscuros y su bastón, se detuvo frente a la sesión de fotos. Tal vez se imaginaba, gracias a los piropos de los conductores y al poder de la mente, el placer prohibido.
No hubo un choque por milagro. Nada de sumar uno más a los nueve mil 229 accidentes de tránsito que la Policía registró en 2007 en Managua. Los conductores le prestaban atención a la modelo, sin descuidar el timón. Aunque con una reducción de la velocidad en plena rotonda, a los piropos les seguía aquel “¡a la puta, acelerá!” de algunos choferes enojados con los curiosos.
Roxana se cambió de vestido. Uno rojo, muy corto. Cruzó sensualmente la calle, con su tumbado peligroso de caderas, y posó nuevamente para el fotógrafo en la parada de la UCA. Miradas universitarias, miradas ansiosas. Los estudiantes que salían de la UCA o de la UNI le hicieron rueda a la modelo. Todos querían ver, tomar fotos y tal vez hasta tocar. Pero no, señores, tocar no se puede. Aunque lo reclame quedamente usted, señor, sentado en esa banqueta de la parada, con sus tres hijos vestidos de uniforme, sin quitar la mirada al trasero de la modelo. El fotógrafo ríe al escuchar el pedido. Enfrente, los trabajadores de la terminal de buses interurbanos silbaban, saltaban y gritaban. Todos ansiosos por la modelo. Pidiendo al fotógrafo, al chófer, que no se la llevaran cuando terminó la sesión de fotos. Nada peor que volver a la rutina.