Había que rescatar a Steve Carrell. El desastre de Evan Todopoderoso (2007) lo puso fuera de las Grandes Ligas de Hollywood. Era necesario crear una franquicia con él. Un personaje que lo hiciera suyo y si era exitoso, realizar todas las secuelas necesarias para reventar la taquilla. La crisis de creatividad comercial obligó a los productores a optar por lo más fácil: realizar un refrito. Y la escogencia fue una nueva versión de una comedia televisiva de los años sesenta.
En primer lugar, no hay que tener más de 40 años para conocer los orígenes de Maxwell Smart, el Súper Agente 86. La película hace un meritorio esfuerzo en presentarnos al Smart del siglo XXI, un analista demasiado bueno en su trabajo para ser ascendido a agente de campo.
El público maduro y los que siguen la serie en sus emisiones en la televisión por cable identificarán algunos guiños del viejo Smart, como su entrada clásica, con las distintas puertas abriéndose a su paso, el auto rojo y el legendario zapatófono.
Los chistes funcionan bastante bien. Cuando la película está enfocada en hacer reír, es de lo mejor. La química entre sus personajes, hasta los secundarios (Fíjese en Bill Murray como el desdichado agente 13, camuflado en un árbol) se percibe graciosamente. Los diálogos cómicos son bien elaborados y tiene el detalle de tomar en cuenta a todos, no sólo a Carrell y la Agente 99 (Anne Hathaway). Cada personaje con más de cinco líneas tiene algo divertido que decir.
La distorsión es que la cinta fue concebida como una comedia de acción. Usted sabe, aquellas películas que además de hacer reír también pretenden emocionar con secuencias cargadas de adrenalina. Qué lástima.
Las escenas de acción son convencionales y poco originales. Si por lo menos se hubieran burlado precisamente de esos clichés, que es precisamente la fórmula por la cual resultó tan exitosa la serie televisiva. Pero no. La acción es parte de la historia. Por fuerza comercial, se tenía que concluir con una ruidosa persecución, con explosiones y autos destrozados.
La idea funcionó para satisfacción de los productores. La cinta está en los primeros lugares de recaudación y Carrell pudo demostrar además de que es muy buen comediante, también puede asumir un estatus de estrella taquillera. Los tronos de Adam Sandler y Ben Stiller están en peligro. Qué bien. La comedia, tanto la comercial como anticonvencional, lo agradece. Por lo menos Carrell, además de poner la infaltable cara de tonto, tiene un arsenal de expresiones inteligentes y graciosas que decir.