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¿Quién está atado a las cadenas del miedo?
Ruth Dávila Altamirano
La autora es Economista
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El miedoso teme reconocer y confesarse a sí mismo su miedo, porque ya no está seguro de sus creencias, ni de sí mismo.

Nicaragua está viviendo momentos decisivos, contundentes, porque nuevamente estamos siendo retados a romper las cadenas del miedo que nos han impuesto. Sin embargo, estamos descubriendo que es mayor el miedo de los que nos quieren amedrentar. Ya hemos vivido en otras páginas de la historia que el miedoso se rodea de prohibiciones y murallas, pues el miedo los vuelve daltónicos: no ven sino las cosas que los amenazan. Y tal parece que es la situación que viven nuestros políticos hoy: miedo a lo que les pueda pasar si este pueblo reclama su libertad, pero no esa clase de libertad de cada cuatro años al elegir al nuevo “dominador”, sino libertad para hacer algo positivo, para cambiar la suerte de miles de nicaragüenses que sólo saben de miseria, insalubridad, desinterés social, burla e ignorancia.

El miedoso teme reconocer y confesarse a sí mismo su miedo, porque ya no está seguro de sus creencias, ni de sí mismo. Entonces se defiende y patalea, arremete contra los demás, pero ya no defiende su verdad, sino su seguridad.

El ejemplo de Dora María de plantar su champa para demandar gallo pinto en democracia, nos ha devuelto la esperanza, nos ha tocado la conciencia para no quedarnos callados ante la injusticia, la avaricia, el hambre; nos ha recordado que hay que luchar y no alimentar el miedo, porque de eso se valen aquéllos cuyas ideas políticas tan desgastadas y mal empuñadas han ido generando un creciente rechazo y vergüenza en la población, cansada del desempleo, del nepotismo, del egoísmo, del constante manoseo a la Patria, empobreciéndola y envileciéndola moral, social y económicamente.

Un signo de esperanza, durante la huelga de hambre de Dora María, fue que muchos jóvenes se sacudieron la comodidad de sus hogares, de sus universidades, de sus placeres para centrar su atención en lo que pasa realmente en Nicaragua y alzar sus puños y recoger nuestra Bandera con coraje y alegría.

“El amor a la libertad es amor a los otros. El amor al poder es amor a nosotros mismos”. Y Dios nos libre de quienes nos quieren “imponer su libertad” a costa de la nuestra, de la mayoría.

Decía Rubén: Nicaragua está hecha de vigor y de gloria, Nicaragua está hecha para la libertad. Y esa libertad consiste en buscar nuestro propio camino, como nación, como pueblo, como individuos, sin sentirnos amenazados por tiranos o miedosos que nos quieren privar del derecho a decidir por cuál o quién votar o qué pensar o en quién creer. La libertad no es un fin, es un medio.

Sé que hay mucho desencanto político, hemos sido traicionados en nombre de la Libertad, la Patria y hasta Dios, pero no debemos tener miedo a expresar que queremos para Nicaragua el mejor de los destinos. Aún hay hombres y mujeres que dignifiquen nuestro suelo, que les duela la suerte de nuestros hermanos que deambulan con hambre por las calles. Tengo fe que con gente como Dora María no permitiremos que Nicaragua se vaya convirtiendo poco a poco en el paraíso del hambre material y sed de justicia social.

Oro para que todos nos unamos para extender nuestra mano a la libertad, a la justicia, al amor. Nuestra actitud no debe ser la de no poder dormir pensando en los que sufren, sino que nuestra elección debe ser la de no vivir la vida sin estar al lado de los que sufren.

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