¿Será infalible la regla de que la clase política y su conducta son el reflejo de lo que cada país es y quiere ser? De manera que si sus políticos son responsables y realizan sus funciones con seriedad y patriotismo el país gana en prestigio, genera confianza y logra el respeto de la comunidad internacional, así como la preferencia de inversionistas tanto locales como extranjeros. Si por el contrario, la demagogia barata, la ignorancia, el cinismo, la corrupción y la mezquindad rigen su conducta, lo único a esperar de ellos es desprecio por la democracia y la legalidad.
Aquellos países que logran enfrentar y resolver —total o parcialmente— el atraso, la marginación y la pobreza y generar condiciones que estimulen la inversión y el crecimiento económico tuvieron en su momento políticos serios y visionarios que pusieron —en todo momento— los intereses generales del país por encima de las “raterías” propias del cortoplacismo y de los intereses de grupúsculos que viven de prebendas y la apropiación de porcentajes —nada despreciables— de la renta pública.
Es un hecho, sin políticos íntegros que entiendan cuál es su papel y la decisión de cumplirlo a cabalidad, no hay país que haya enfrentado y resuelto sus problemas por pequeños que sean.
En aquéllos donde los fracasos son la regla y los problemas se complican a medida que el tiempo pasa, es regla no escrita que sus políticos —en vez de reconocer su responsabilidad— recurran a infames justificaciones a cual más de absurdas o como en el caso de Nicaragua estos días, al cinismo, la cara dura y sin rubor alguno, al “importamadrismo” propio de quienes sólo ven por sus intereses o los de su pandilla.
Aquí, las justificaciones de quienes han incumplido con lo que manda la ley que ellos mismos reformaron y aprobaron, son dignas de un personaje de novela; jamás imaginé que en la vida real de país alguno hubiere tanto cinismo y falta de decencia política en quienes prefieren cubrirse con el manto de la democracia participativa o escudarse en el desgastado recurso de justificarse “ante la historia” antes que aceptar su responsabilidad política y jurídica.
¿Puede Nicaragua esperar algo bueno de los que hoy la gobiernan? ¿Podemos abrigar esperanzas de enfrentar con éxito nuestros problemas, con políticos que confunden por ambición, inmadurez y desequilibrio, la chicha con la limonada? ¿Podremos salir adelante con quien debido a su obsesión propia de un enfermo, no le importa llevarnos a la debacle? ¿Podemos esperar mejores tiempos con tanto indigno que prefiere inclinar la cerviz, antes que enfrentar y exhibir a quien lo obliga a humillarse?
¿Puede un país esperar progreso cuando sus diputados (diputados con minúscula) están en manos de quien por limitaciones intelectuales, repite mecánicamente lo que le ordenan Chávez y Fidel?
¿Podrá alguien, hoy en día, tener confianza en que se tomarán las medidas que podrían hacer que avancemos con funcionarios enmudecidos ante los nuevos tiranuelos?
¿Podrá un país avanzar cuando su jefe de Estado vive sólo para recetar a sus ciudadanos (CPC) tres o cuatro discursos atacando al imperio y los donantes internacionales y goza escuchándose como en Venezuela? .
Hoy, ante lo que pasa, no encuentro mejores palabras que éstas para calificarlo: “Nos hemos convertido en un país de cínicos”. Busco otra frase pero vuelvo a ésta, pues me convence su justeza; el cinismo nos avasalla y ha seducido. Perdimos, en pocos años, la mínima vergüenza que nos quedaba.
Mientras soñamos en ser un país libre y democrático, el mundo trabaja y avanza, valora y califica su recurso humano. ¿Será entonces, como afirma un amigo, que Nicaragua no tiene “cura”? ¿Quedará espacio para el optimismo? ¡Dios salve a Nicaragua!