El gobierno de Daniel Ortega y su partido, el FSLN, están haciendo todo lo que pueden y hasta lo que no deben para ganar las elecciones municipales del 9 de noviembre próximo. Y como ellos mismos dicen, su objetivo no es sólo retener las 87 alcaldías que tienen ahora, sino sobrepasar esa cantidad. Y es obvio que aunque los orteguistas están usando y abusando de las instituciones y los recursos del Estado, preferirían ganar las elecciones sin recurrir al fraude en las votaciones y en el escrutinio de los votos.
Sin embargo, en la oposición pareciera que se está haciendo lo contrario, es decir, que se está actuando para perder las elecciones. Al parecer en la oposición no hay suficiente comprensión de que estas elecciones tendrán una significación plebiscitaria y que si Daniel Ortega las llegara a ganar, consolidaría su poder autoritario y tendría menos dificultad para pasar a una etapa más agresiva de su proyecto de imponer una nueva dictadura en Nicaragua.
Nos referimos al abstencionismo electoral que se está promoviendo en el ambiente político democrático, desde que los pactistas del FSLN y el PLC cancelaron por medio de una resolución del Consejo Supremo Electoral las personalidades jurídicas del MRS y el Partido Conservador, para impedirles participar en las elecciones municipales de este año y en las nacionales del 2011.
Pero los políticos democráticos no pueden ignorar que la abstención electoral favorece únicamente a Daniel Ortega y su partido sandinista. Y saben también que ganar las elecciones del próximo mes de noviembre es absolutamente necesario para poder seguir viviendo en libertad y salvar la democracia. ¿Es que acaso alguien puede desconocer que los votantes del Frente Sandinista son disciplinados y siguen ciegamente las orientaciones y órdenes de su caudillo y de su partido? En cambio, y esto también es muy conocido, los ciudadanos demócratas son o tienden a ser indiferentes e incluso a trivializar el acto electoral. Y si además se hace campaña para convencer a los ciudadanos demócratas, de que no vale la pena acudir a las urnas porque supuestamente todos los candidatos de uno y otro partido son la misma cosa y por tanto no hay por quién votar, entonces Ortega, su partido y sus candidatos no tendrían que hacer mayor esfuerzo para ganar la contienda electoral y darle rienda suelta a sus planes dictatoriales.
Se dice que la cúpula del PLC está actuando en connivencia con el alto mando del FSLN para hacer que éste gane las elecciones de noviembre. Y se asegura que esto lo hace por el miedo de Arnoldo Alemán a que Daniel Ortega lo mande a la cárcel; o por temor del mismo Alemán y la cúpula del PLC a que les quiten las propiedades y otros bienes que han obtenido al amparo del poder estatal; o porque los arnoldistas se han aproximado tanto a los orteguistas, que ya son dos caras de la misma moneda. De manera que según este criterio Alemán y la cúpula arnoldista están haciendo y van a hacer todo lo que les sea posible, para que su propio candidato principal, Eduardo Montealegre, ni siquiera llegue a las votaciones del 9 de noviembre, y que en el caso de que pudiera llegar no pueda ganar.
Pero aunque así fuera, los políticos democráticos cometerían un grave error, un suicidio incluso, si cayeran en la trampa de los pactistas y convocaran a la abstención con el argumento de que no hay diferencia entre Arnoldo Alemán y Eduardo Montealegre. No es razonable ni justo echar a todos los miembros y simpatizantes del PLC en un mismo saco, ni tampoco creer que la mayoría de los liberales no son genuinamente antisandinistas, democráticos y honestos.
Es cierto lo que también se dice, de que la democracia hay que defenderla en la calle. Pero también hay que defenderla utilizando los espacios de participación democrática institucional que los pactistas todavía no han podido cerrar. Renunciar al aprovechamiento de esos espacios sería un error mortal. Después vendrían los lamentos, ya sea en la cárcel o en la clandestinidad, en la situación de sometimiento o en el exilio, llorando lo que no se pudo o no se quiso defender con inteligencia, habilidad y astucia democrática.