Es mediodía. Los camiones han dejado de transitar en el botadero La Chureca. Los adultos descansan, mientras niños y niñas, así como adolescentes, aprovechan el receso laboral para ejercer uno de sus principales derechos: recrearse.
Apresurados, entre sus pies descalzos se disputan una maltratada pelota, probablemente rescatada de la basura, pero el partido no durará los reglamentarios 90 minutos, pues una hora pasará hasta que los camiones regresen.
La escena es común dentro del botadero La Chureca, que alberga a 1,267 personas, según un censo realizado en el año 2007 por el centro Dos Generaciones, y podría ser parte de los documentales que Daniel García Picado, de 26 años, produce. Quizás hasta ser protagonista, como lo fue su propia historia, hace 14 años, cuando recolectaba basura en La Chureca y junto a sus amigos aprovechaban los ratos libres para jugar beisbol o futbol.
De caminar pausado y personalidad campechana, Daniel García cuenta cómo a “puro sacrificio propio y de su mamá” logró abandonar el botadero y convertirse en un Comunicador Social, profesión que utiliza para denunciar la situación de la niñez trabajadora del campo y la ciudad, que en Nicaragua suma los 239 mil 220 entre niños, niñas y adolescentes, según datos de la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil, realizada por el Ministerio del Trabajo (Mitrab) en el año 2005.
“No es que me gustara el estudio. Yo detestaba estudiar. Los estudios para mí eran algo que molestaba, pero tenés que hacerlo. Yo tomé conciencia que sólo la universidad y los estudios me iban a hacer salir adelante”, dice García, mientras agrega que hubo momentos en que estuvo “a punto de tirar la toalla”, pues el cansancio y las dificultades económicas de su familia lo agobiaban.
Hijo de madre soltera y con seis hermanos, fue el único de la familia que coronó una carrera universitaria. No excusa a sus hermanos, en cambio les reprocha no haber sabido aprovechar las oportunidades que la vida y su mamá les ofrecieron para salir adelante. Cuenta que algunos han llegado a arrepentirse.
POCOS LOGRAN ESTUDIAR
Cursó sus estudios de primaria y secundaria entre el trabajo de recolección de basura, la venta de tortillas y de agua helada como lo hicieron hasta el 2005 el 86.4 por ciento del total de la niñez trabajadora, según la Encuesta de Hogares Urbano-Rural que revela un mayor acceso en la educación primaria, donde se localiza el 60.3 por ciento de la niñez y en secundaria el 26.1 por ciento de los y las adolescentes.
No obstante, sólo el 0.2 por ciento ingresó a la universidad. Daniel García es uno dentro de ese universo. Confiesa que de su grupo de amigos, con quienes se escapaba a la Isla del Amor a bañarse y soñar con un futuro diferente, pocos lograron estudiar y coronar una carrera universitaria. Algunos con el apoyo de Dos Generaciones cursaron carreras técnicas, sector que hasta el 2005 representaba 0.1 por ciento. El 13.3 por ciento estaba en “ningún grado”.
“Ha habido un enorme avance en la escolarización, el problema es mantenerlos, porque no hay medidas especiales de atención a este tipo de niños que son inquietos. Los maestros no están preparados para atenderlos, pero existe un avance que podría llegar a tener un impacto”, reconoce María Ivette Fonseca, coordinadora de programas de Save the Children Noruega.
Aunque, a nivel mundial las cifras no son muy alentadoras, datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) revelan que en el mundo existen 165 millones de niños, niñas y adolescentes trabajadores entre los 5 y 14 años. De ellos 72 millones están en edad de educación primaria y no están escolarizados, siendo el número de niñas menor al de niños.
EL ROL DE LA FAMILIA
En el año de 1996, mientras Daniel García urgaba en la basura de La Chureca, Yelda Meléndez, hoy de 25 años, en su casa en el barrio Acahualinca, lavaba y clasificaba lo que sus hermanos recogían en el basurero de 64 hectáreas, donde también trabajaban sus vecinos. Hoy los llamados “churequeros” provienen desde Ciudad Sandino, Mateare, Tipitapa y hasta de Bluefields.
Tenía 13 años y junto a sus seis hermanos se vieron en la necesidad de buscar nuevos ingresos, debido al bajo salario que devengaba su padre, como chofer, y la venta de cajetas de su mamá. El dinero era insuficientes para costear los gastos de una familia con niños de “pacha y boca” a como ella los recuerda.
Ese mismo año, Yelda Meléndez —quien es madre de familia— ingresó como visitante al centro Dos Generaciones en Acahualinca. Dos años más tarde, en 1998, con la ampliación de financiamiento para el proyecto, logró ser parte del grupo de niños y niñas atendidos. Fue entonces cuando miembros de ese centro comenzaron a monitorear su vida escolar y hasta visitar a su familia.
“El trabajo que hizo Dos Generaciones, de sensibilizar a mi familia, fue fundamental para que los cambios comenzaran a darse, además que mi mamá, siendo analfabeta, siempre fue de la idea que la educación es el elemento que ayuda a superarte, claro si existe una disposición de parte de la persona”, dice Meléndez, quien desde el centro que la albergó, hoy realiza esta labor con los padres de niños, niñas y adolescentes que trabajan en La Chureca.
A partir de esa fecha, Yelda Meléndez y sus hermanos abandonaron el trabajo en La Chureca y comenzaron a vender cajetas en las calles, un trabajo que aunque no lo ejercieran en condiciones insalubres y ante el inminente peligro que representaban los camiones o algunos desechos, como la bomba que mató a su hermano mayor, continuaban en riesgo de accidentes y abuso.
TRABAJAR MENOS HORAS
La familia centró sus esfuerzos para que los niños y las niñas asistieran por igual a la escuela. Su mamá a su manera los instaba a ejercer ese derecho. “Mi mamá siempre luchó porque fuéramos a la escuela y ese es un elemento por el que nosotros luchamos que en la familia aunque sean niños trabajadores, pero que asistan a la escuela, porque la escuela les permite reducir su jornada laboral”, dice.
Un conteo realizado en la comunidad del barrio Acahualinca, por el centro Dos Generaciones, muestra que siete de cada diez niños y niñas, entre los 5 y 13 años, que trabajan en La Chureca, lo hacen durante 10 y hasta 40 horas a la semana. En el caso de los adolescentes, entre 14 y 18 años, son ocho de cada diez los que trabajan hasta 40 horas semanales.
“Hay que hacer mucho trabajo con la familia. Trabajar sólo con los niños tiene resultados, pero no tanto como cuando trabajas con la mamá y el papá en fortalecer el rol de la familia, fortalecer la estima de la familia, que la familia se dé cuenta que ellos son los principales motores del desarrollo de sus hijos y de sus hijas”, afirma Bertha Rosa Guerra, Coordinadora Nacional del programa OIT-FIDEG.
En el caso de Yelda Meléndez, el apoyo de su familia mostró resultados positivos. Sólo uno de sus cinco hermanos abandonó los estudios y aún trabaja en La Chureca, pero comprando el material que otros escogen. Ella y una de sus hermanas ingresaron a la universidad, pronto se convertirá en periodista. Sus hermanos menores aún cursan la educación básica y media, pero ya ninguno vende cajetas.