Querida Nicaragua: Hay dos maneras de gobernar una nación, me decía don Sebastián Colindres, un finquero que vivía en las montañas de Dipilto en Nueva Segovia y a quien conocí en los años cincuenta. Hombre de campo pero muy leído, tenía una pequeña biblioteca y leía los periódicos aunque con una semana de retraso.
Él decía que había dos maneras de gobernar y quedarse en el poder. Una, gobernando con verdadera dedicación y amor por el pueblo. Cumpliendo con las leyes, desarrollando proyectos vitales para la población, manteniendo buenas relaciones con todos los sectores para lograr un permanente clima de paz y de confianza. El gobernante debe ser accesible, que la población pueda verlo, tocarlo, hablarle. Debe visitar los centros de enseñanza regularmente, hablar con profesores y alumnos. Debe tomar muy en cuenta a las mujeres dándoles su justo lugar en la administración pública. Igualmente debe visitar ministerios, hospitales, escuchar a los enfermos. Respetar la independencia de los otros poderes del Estado.
Un presidente que se comporte de la forma señalada tendría que ser no sólo querido, sino que amado por su pueblo, y no lo dejarían irse de la Presidencia. El pueblo haría lo posible por hacer que el Congreso Nacional permitiera la reelección, en lugar de suprimirla como todos queremos ahora. Un presidente como ése, me decía don Sebastián Colindres, gobernaría quién sabe cuántos años con el beneplácito y el apoyo del pueblo.
Y agregaba. Hay otra manera de gobernar y quedarse en el poder. Ésta es creando una dictadura, el Presidente se vuelve inabordable, no se deja ver, pasa veloz en una caravana de autos sonando sirenas, nombra un gabinete de funcionarios incondicionales y dóciles, obedientes y deshonestos.
El Presidente tuerce las leyes para hacer negocios turbios o simplemente las desprecia. Se rodea de militares y civiles incondicionales usufructuarios de corruptelas, coimas y megasalarios de modo que les convenga la permanencia de su jefe en el poder.
En el primer caso, decía don Sebastián, el Presidente gobierna con amor y cuenta con el apoyo de su pueblo. En el segundo gobierna reprimiendo a sus adversarios, irrespetando las leyes, suprimiendo partidos políticos, ocultando información importante, promoviendo corrupciones, cerrando oportunidades a los ciudadanos.
Pienso yo que esta conversación con un hombre humilde es toda una lección de buen gobierno, expresada con una admirable sencillez.
Simplemente quien quiera ser buen gobernante lo será y quien quiera ser mal gobernante, igualmente lo será. Quien quiera pasar a la historia llenando sus páginas con letras de oro que serán recordadas con amor por las futuras generaciones, puede lograrlo. Y quien quiera pasar a la historia como un dictador autoritario, dueño de vidas y haciendas, malversador de fondos públicos, represivo e irrespetuoso, que será un mal recuerdo para todos, que llenará páginas negras en la historia y que será un ejemplo de cómo no se debe gobernar, también puede lograrlo. Ambas son dos formas de apegarse al poder. Una por las buenas, haciendo el bien, por amor al pueblo. La otra por las malas, violando leyes, haciendo maldades, despreciando al pueblo, imponiendo una dictadura totalitaria.
Es bueno que nuestros dirigentes escuchen de vez en cuando las voces de hombres simples y sencillos como mi amigo don Sebastián Colindres, vecino de las montañas de Dipilto, que vivía cercano a las nubes, entre neblinas y pinares, soñando con que Nicaragua tuviera algún día un Presidente que gobernara con amor a su pueblo.