Mi segundo viaje a Taiwán, República de China, confirmó los efectos felices de la riguroso trilogía: “Planificación, disciplina y trabajo”, que marca la diferencia entre los países pobres y los países desarrollados, independientemente de las evasivas que para consolarse expone la negligencia tropical.
Una de las premisas —la primera— es la consolidación real de un eficiente sistema de salud no limitado al goce de una pequeña parte sino a la mayoría del componente humano de la sociedad. Es hacia ese aspecto que me refiero dentro de lo mucho que podría decir de los avances de esta nación que ha hecho prodigios del pequeño espacio de 36,200 kilómetros cuadrados, casi el tamaño de los países bajos para albergar a 23 millones de habitantes.
Y viene al tapete la salud precisamente porque Taiwán no pudo clasificar por duodécima vez en la modesta posición de ser observador ante la Organización Mundial de la Salud, una solicitud que con sustento ha sido mantenida sin que hasta el momento se haya conseguido la implementación, solamente porque China Continental no reconoce la soberanía de la República que no depende de ella por cuanto es regida por su propia Constitución, razón por la cual la postura se mantiene en la esfera del capricho, en la falsa interpretación de que Taiwán es una provincia cuando en otras áreas como la del comercio la reconoce, más no en el de la salud donde no pide voto ni reclama beligerancia a pesar de seguir demostrando que está capacitada como país desarrollado para cumplir con los requisitos del reglamento sanitario internacional cuyo espíritu sostiene la unidad de las fronteras sin distingo de régimen o color político, la solidaridad de las naciones para impedir el crecimiento de las enfermedades infecciosas como el VIH- Sida seguido con prioridad y controlado, según declaraciones directas con estadísticas fundamentadas de su Viceministro de Salud, Chen Yuan Tung.
Cómo no va a participar en la Organización Mundial de la Salud una nación que tiene asegurada al 99 por ciento de la población con una cobertura médica amplia que no hace distinciones en ninguno de los distintos períodos de la existencia y en el cual se le da prioridad a la prevención de las enfermedades y donde para contar con ese beneficio se toma en cuenta también a la población desempleada que para ellos no pasa del 2.03 por ciento. Los pobres más pobres están eximidos de la obligatoriedad de pagar el porcentaje normal. Más del 70 por ciento de ciudadanos está de acuerdo con que el costo aportado es bajo en comparación con el de otros países.
Ninguna población, ni la pequeña Lukang con sólo 80 mil habitantes pero con una vecindad de medio millón, está exenta de la novedosa combinación de “confort” y de asistencia práctica para el paciente y en ese sentido se han innovado con el de los hoteles de clasificación de las estrellas, hospitales de 5 y de 7 estrellas. El Shaw Chwan de Lukang es apenas uno de los ejemplos de los tantos que podrían mostrarse. Con éstos y otros atributos la meta es llegar a la pista en donde todas las naciones del mundo pongan su contribución a favor de que con la base de la adhesión internacional se logre la disminución y si es posible la erradicación de las enfermedades con énfasis en aquéllas con la falta categoría de pandémica. Con un nuevo Presidente el empeño se mantiene por las vías del diálogo y la flexibilización…