En una de sus preciosas Pinceladas Nicaragüenses que se transmiten todos los días por Radio Corporación, don Fabio Gadea Mantilla narró la historia de un anciano campesino de Susucayán, en Las Segovias, quien fuera fulminado por un rayo cuando se encontraba en la puerta de su rancho, sosteniendo en las manos el machete que usaba como instrumento de trabajo y arma defensiva, mientras una terrible tormenta eléctrica se abatía sobre la tierra, desde lo alto del cielo.
En su narración don Fabio dice que este hermoso, poderoso, a veces mortal y siempre intimidante fenómeno natural que es el rayo, “fue siempre la gran interrogante de la humanidad. El trueno y el rayo han sido como la voz de Dios diciendo presente, diciendo aquí estoy dirigiéndolo todo, tengan cuidado”, observa el conocido empresario radial y autor de Pinceladas Nicaragüenses, Cartas de Amor a Nicaragua y Pancho Madrigal.
Tiene razón don Fabio. En realidad, ahora, en los tiempos actuales saturados de información e inundados de conocimientos de toda clase, es fácil saber qué es el rayo. Esto se aprende en el cuarto grado de primaria y en cualquier diccionario común se puede leer una explicación sencilla. Por ejemplo, en el Larousse Ilustrado de 2006 (Duodécima Edición), se dice que el rayo es “una descarga eléctrica acompañada de explosión (trueno) y de luz (relámpago) entre dos nubes o entre una nube y la tierra”. Y en un viejo libro titulado 1,001 cosas que todo el mundo debería saber sobre ciencia, del escritor norteamericano James Trefil, se informa que fue el científico estadounidense Benjamín Franklin (1706-1790), el que descubrió la naturaleza eléctrica del relámpago. El mismo Franklin, quien fuera además uno de los próceres de la independencia de Estados Unidos, inventó también el pararrayos, que es una punta metálica que se coloca en lo alto de un edificio o construcción de cualquier tipo, conectada al suelo por medio de un cable conductor. De manera que cuando el rayo impacta en el edificio o en la estructura que sea, la gran cantidad de energía eléctrica descargada de manera natural desde las nubes, a través del rayo, se traslada a la tierra por medio del cable o sendero conductor, evitando que haga daño a la estructura que ha impactado y a las personas y otros seres vivos que estén en su interior o a su alrededor.
Pero no siempre se ha podido tener esos conocimientos sobre el rayo y el pararrayo. Hasta el descubrimiento de Benjamín Franklin, en el siglo 18, la gente creía que el rayo era la manifestación de una voluntad divina, el castigo de un dios o de los dioses si el fenómeno eléctrico causaba daños humanos y materiales, o la simple demostración del poder y la presencia divina. Todavía hoy mucha gente sencilla sigue atribuyendo al rayo causas sobrenaturales.
La narración de don Fabio Gadea Mantilla, en su Pincelada Nicaragüense sobre el anciano campesino segoviano que fue fulminado por un rayo; y su comentario acerca de que en tiempos pasados la gente creía que el rayo y el trueno eran “la voz de Dios diciendo presente”, es tan precisa que en el mito de Zeus, el principal de los dioses olímpicos de los antiguos griegos, se pone énfasis en que su atributo y arma principal era precisamente el rayo.
Pero será en la siguiente columna que me ocuparé del origen y el porqué los antiguos griegos asociaron a su dios más poderoso con el rayo.