La aprobación por el Parlamento Europeo, de la Directiva de Retorno que habilitará medidas más severas contra los indocumentados, refleja tres cosas: Europa no ha sabido lidiar efectivamente con el problema de la migración ilegal; no ha podido lograr la integración de extranjeros no europeos en sus sociedades; y, tres, denota un fuerte ánimo social antiinmigrante, dado lo abrumador de la votación a favor.
Hasta ahora, cada país tiene sus propias leyes, las normas varían. Con esta directiva, votada por el europarlamento sin enmiendas —es decir, como la propusieron los gobiernos— se da un primer paso hacia el objetivo de unificar una política comunitaria hacia el año 2010.
Las nuevas normativas, según las informaciones de la prensa, endurecen los recursos a que podrán echar mano los Estados: detención por hasta 18 meses antes de la expulsión de los sin papeles, para lo cual bastará una orden administrativa para ser ejecutada (ya no será necesaria la orden de un juez de inmediato, aunque habrá que conseguirla en unos días); la prohibición de entrar al territorio comunitario por 5 años, y hasta la expulsión de menores de edad no acompañados o con sus familias.
La reclusión de los ilegales tendrá lugar en centros especiales, no en cárceles comunes, según la prensa europea. Según denunciaron nicaragüenses que han sido impedidos de entrar a España, pese a la inexistencia de una visa obligatoria, los agentes migratorios dan a veces un trato rudo e irrespetuoso, insultos y coerción física incluidos.
Como era de esperarse, los gobiernos latinoamericanos —quizás con penosas excepciones como nuestro somnoliento Gobierno secretista— repudiaron abrumadoramente y denunciaron que la nueva directiva de la UE viola convenciones internacionales de derechos humanos. El más duro crítico fue el Presidente ecuatoriano, Rafael Correa, quien dijo que “es una vergüenza lo que hecho Europa”. El senado uruguayo llevará su protesta a la ONU. Evo Morales, de Bolivia, ofrece liderar una campaña internacional.
Amnistía Internacional cree que “el nuevo texto aprobado por el Parlamento Europeo no garantiza el retorno de los inmigrantes en condiciones de seguridad y dignidad. La directiva establece un ejemplo extremadamente malo”.
Incluso, proeuropeístas notables tienen sus dudas sobre el equilibrio entre restricciones y respeto a los derechos de los detenidos. “No nos parece que tal sea el caso”, escribieron en el diario Le Monde, el mismo día del voto (miércoles), nada menos que “Monsieur Europe”, Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea, y Michel Rocard, ex premier de Francia y eurodiputado.
Tres modelos de integración demostraron su fracaso en años recientes: el de Holanda, el de Gran Bretaña y el de Francia. El primero sucumbió con el salvaje asesinato del cineasta Theo van Gogh por un fanático islamista holandés de origen marroquí; el segundo evidenció sus fallas con los atentados de Londres de julio de 2005, cometidos por jóvenes británicos de origen pakistaní nacidos en el Reino Unido; y el réquiem para el tercero lo supusieron los disturbios de los suburbios en 2005.
Europa enfrenta siempre el reto de integrar a los inmigrantes de otros continentes, y el de la creciente influencia del islam. Desafíos sin respuestas.
Las medidas contra los ilegales varían. En Francia son 32 días de detención; unos 60 en España; en Latvia, 20 meses. Silvio Berlusconi, en Italia, promete hacer de la migración un delito y promete hasta 4 años de cárcel. Ahora, se fija un límite de 18 meses. Para 2010 se espera haber elaborado normas comunes y la Directiva de Retorno es un paso en ese sentido.
Europa envejece y necesita mano de obra. Los inmigrantes hacen los trabajos que los bien educados nativos ya no quieren hacer, aportan al PIB de la Unión Europea, abaratan costos y enriquecen la diversidad étnica y cultural.
¿Serían Berlín, París o Londres tan cosmopolitas y diversas sin esos miles de inmigrantes, sin esos restaurantes tailandeses, indios, mexicanos y turcos, sin las discotecas latinas y africanas, sin esos centros culturales heterogéneos? No, en absoluto.
La directiva tensará las relaciones con Sudamérica. El grueso de los inmigrantes latinos en el viejo continente son sudamericanos. Un botón de muestra: medio millón de bolivianos, por ejemplo. Pero también oleadas de ecuatorianos, peruanos, argentinos, colombianos, etc. El efecto económico por las remesas puede ser considerable.
Centroamérica no es muy afectada: varios miles. Nuestra migración sobre todo es hacia Estados Unidos. En el caso de Nicaragua, a Costa Rica.
Lo más triste de todo es constatar un persistente ánimo xenófobo que aparentemente criminaliza el ser ilegal y no apunta a la raíz del problema (la pobreza y la desesperación en el Tercer Mundo). Esta ambigua Europa necesita a los inmigrantes, pero no los ama y les da un portazo en las narices.
Analista de temas internacionales.