La suerte le sonrió a la señora Aura Bordas, compradora de chatarra, sin conocer que estaba adquiriendo de unos comunitarios, tres morteros de 82 milímetros en buen estado. Bordas se disponía a revender la chatarra que había comprado a quienes llegan en camiones desde el Pacífico, cuando al vaciar un saco encontró en el fondo del mismo las tres bombas.
Los chatarreros, al ver que eran morteros y que podían explotar, se marcharon del lugar sin llevarse lo que iban a comprar. Bordas al darse cuenta que lo que había comprado le podía costar la vida si lo manipulaba, llamó a la Policía y al Ejército para que se llevaran los morteros. “A pesar de que los llamé desde las siete de la mañana, dieron la doce y ellos nunca llegaron”, se quejó la comerciante.
Justiniano Espinosa, un ex militar quien a comienzos de la década de los noventa se retiró del Ejército, al ser abordado explicó que este tipo de morteros tienen un área de radiación de 50 a 100 metros cuadrados y que de haber explotado, habrían causado la muerte inmediatamente de las personas que los estaban manipulando.
La señora que adquirió los morteros dijo que ella los compró a unos chavalos que llegaron de la comunidad de Kamla, lugar donde estuvo ubicada una base militar del Ejército.