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Noticias >> Opinión
Una vida al servicio del amor crucificado
Luis Vega Miranda
El autor es abogado y presbítero anglicano
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A la memoria de Mario Benito Darce

Jacques Maritain (1882-1973) el filósofo cristiano más importante desde Santo Tomás de Aquino (1225-1274), y el de mayor influencia en la vida de la Iglesia católica del siglo XX, cumple 35 años de haberse separado de nosotros, dejando un enorme legado todavía no estudiado (ni comprendido) completamente. Autor de una inmensa obra que abarca unos sesenta libros y decenas de artículos, que se mueven desde el metafísico, el teólogo, el moralista, el contemplativo, hasta el filósofo político, cuando en su época se daban las grandes contradicciones doctrinales y éticas (dos guerras mundiales y el surgimiento de los totalitarismos). “Cuando un filósofo —escribe Maritain— se adelanta en virtud de su función filosófica hasta el borde de la acción, es para dar testimonio de la verdad”.

Maritain no encuentra contradicción en un hombre de fe con la acción política, “cuya renovación es primeramente moral”. Al contrario, critica la pasividad del cristiano y rechaza que se reduzca a los púlpitos a donde eran lanzados por la cobardía individual, el liberalismo burgués (del que se declara rebelde) y el marxismo y socialismo de su tiempo. Anima a una juventud católica francesa y europea desorientada frente a los devaneos de la izquierda, donde parecen encontrar campo para realizar sus frustraciones. Maritain sale a enfrentar tales errores. Invoca la libertad como derecho natural de la sociedad y de los individuos ante las tentaciones de los estados que pretenden controlar las formas de vida de la comunidad. Escribe: “El Estado es parte del cuerpo político cuyo objeto especial es mantener la ley y promover la prosperidad común, y así el hombre no es —bajo ningún título— para el Estado, el Estado es para el hombre. Por tanto, el Estado está investido de autoridad no por derecho propio ni en su interés propio, sino en virtud del bien común y en proporción a sus exigencias”.

Maritain escribió varias obras de filosofía política, entre las básicas: El Hombre y el Estado, Humanismo Integral, La Persona y el Bien Común. En esta establece: “El fin de la sociedad no es el bien individual, ni el conjunto de bienes individuales de cada una de las personas que la constituyen. El fin de la sociedad es el bien de la comunidad, es la buena vida de la multitud, es la comunión del vivir bien, implica el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona, es una existencia justa y moralmente buena de la comunidad la que debe ser asegurada”. En Humanismo Integral hará un examen de la civilización cristiana, desde la “edad de oro” de la Edad Media, y desde Descartes, dirá: “La tragedia del hombre es, saberse de origen divino, con Darwin y Freud, y otros, se convierte en una figura antinatural de su propia naturaleza”. Sobre la tragedia de Dios: “En el primer momento de la dialéctica humanista Dios garantizaba la dominación del hombre sobre la materia, éste es el Dios cartesiano; en el segundo momento, con Hegel (y los idealistas) Dios se convierte en Idea; en el tercer momento, Nietzsche sentirá la terrible misión de anunciar la muerte de Dios”. Y propone el remedio, su utopía: Un nuevo humanismo y el ideal histórico de una nueva cristiandad.

Invitado por la Universidad de Princeton, Maritain vivió en América 17 años. La Universidad Católica de Chile lo tuvo como conferencista, educando a una generación de la que surgieron humanistas como Eduardo Frei y el nicaragüense Orlando Robleto Gallo.

Nacido en una familia protestante liberal, recibe el bautismo en la Iglesia católica con su esposa Raisa Oumoncoff, de origen ruso-judía y poeta, (relación que merece capítulo aparte), conducido por sus amigos Charles Péguy y León Bloy, por quienes conoce a Bergson (1859-1941) y su sentido de lo absoluto, y la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Tomás de Aquino será la respuesta a sus angustias, decepcionado del racionalismo de la Sorbona. Entonces dirá: “Desdichado de mí si no tomistizara”. No construyó un sistema filosófico propio porque el “Doctor Angélico” los abarca a todos de todos los tiempos.

A la muerte de su esposa Raisa en 1960, se retira al convento de los Hermanitos de Jesús, en Toulouse, donde se dedica a la oración, escribe cartas y obras como el Campesino de Gerona, en la que retoma temas de la libertad, la independencia y la democracia “a la que habría que buscar otro nombre por lo abusada que está en el mundo actual”.

Pero la obra de Maritain le hace ver a la persona humana que, sobre su misión temporal, está subordinada y ordenada, como fin último, a bienes supranaturales, adquiridos mediante el sufrimiento redentor y el gratuito amor de Dios. Uno de sus discípulos lo caracteriza magistralmente: Una vida al servicio del amor crucificado.

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