Una iniciativa gestada desde 2005, de gran importancia humanitaria de aplicación mundial, fue retomada en febrero 2007, en Oslo, Noruega. Desde ese día, 111 naciones se comprometieron a convocarse el próximo 2 y 3 de diciembre en Oslo, (cuna del proceso) para prohibir la fabricación, almacenamiento y empleo de bombas de racimo. Se trata del arma mortífera usada sin compasión en conflictos armados con afectación a civiles inocentes. Las empleó Rusia en Chechenia, Gran Bretaña en Kosovo, Estados Unidos en Irak e Israel en el Líbano.
Alcanzar ese histórico acuerdo, logrado por el empeño incansable del Ministro de Relaciones Exteriores de Noruega, Jonas Gahr Store, quien viene luchando incansablemente, provocando reuniones, visitando jefes de Estado y organizaciones civiles fue tarea de titanes. Al final consiguió la aprobación de un pronunciamiento vigoroso y amplio. Al principio sólo 40 Estados firmaron, hoy pasan de cien. Ha sido una batalla ganada a la barbarie humana eliminar este armamento, que es una vergüenza para la civilización. Quizás sea necesario regresar al pasado de Nicaragua y preguntarnos ¿qué es una bomba de racimo? Las de tierra son conocidas como granadas y las de aire como bomblets o clusters. La capacidad de destrucción de ese tipo de bombas es una crueldad, pues son usadas prácticamente para el exterminio de la raza humana.
Las bombas de racimo fueron creadas durante la Guerra Fría para utilizarse contra las columnas blindadas del Pacto de Varsovia en las llanuras centroeuropeas. Desde entonces los ejércitos las defienden como “una opción legítima” contra enemigos, infraestructuras y vehículos blindados, etc. Estas armas no son más que armas genocidas pues su objetivo no es sólo matar, sino mutilar y humillar. Cada una de esos artefactos contiene cientos de submuniciones que se expanden en una superficie similar a cuatro campos de futbol. Un 30 por ciento de ellas fallan y quedan sembradas en la tierra y permanecen ocultas en bosques y cultivos, ocasionando miles de muertes y destrucción.
Los nicaragüenses fuimos víctimas de este tipo de armamentos, guiados por el odio y la codicia del poder —sin medir las consecuencias, eran colocadas en el territorio nicaragüense, afectando el norte del país y otros—. Si observa a su alrededor en esos sitios, más de un joven o anciano carece de extremidades. Las huellas están latentes en lo físico y en nuestras mentes y será difícil borrar los horrores vividos. Honrosamente Nicaragua, junto con El Salvador, Honduras y Uruguay firmaron el documento que elimina las bombas en racimo. Algunos países, entre ellos España, que los fabrica habían propuesto durante la negociación establecer excepciones. Al final España se sumó pese a que sus peticiones no fueron recogidas en el texto final. Es digno de reconocer a España su humanitarismo ya que las guerras dejan excelentes ganancias a los fabricantes de armas. Un fenómeno parecido ocurrió con el tratado sobre minas antipersonales, ratificado ya por más de 150 países, aunque no por Rusia, y China, más de 30 naciones producen este tipo de armas, incluida España. Más de 70 disponen de esas armas que utilizan en Líbano, Afganistán e Irak, entre otros no obstante, surgen de vez en cuando voces humanitarias que si bien no logran terminar los conflictos sangrientos, al menos consiguen disminuir su ferocidad. La primera iniciativa en esa dirección fue un suizo, creador de la Cruz Roja que ha sido un oasis en las guerras para aliviar a los afectados, espero que Noruega logre este acuerdo que bien se merece su Canciller un reconocimiento mundial.