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Discutir con elegancia
Hablemos del Idioma
Muchas personas para cubrir su impotencia recurren a los vulgarismos y obscenidades
Inés Izquierdo Miller
revista@laprensa.com.ni

Hace unos días mi hija participó en un Torneo Debate. Fue maravilloso observar cómo adolescentes y jóvenes discutían puntos de vista diferentes con elegancia, respeto y muy apasionadamente. Sin embargo, ayer cuando esperaba un taxi, vi el otro lado de la moneda, y que desgraciadamente es lo más usual: una discusión llena de obscenidades.

Era un señor, dueño de un camión, peleando a un trabajador porque estaba haciendo mal su labor. A ninguno de los dos les importaba estar en la vía pública, que hubiera alrededor hombres, mujeres y niños. Cada dos palabras aparecía un vulgarismo de esos bien ofensivos.

Las madres de ellos dos andaban volando ejerciendo el oficio más antiguo de la humanidad: la prostitución. Pobres mujeres que nada tenían que ver con el asunto.

Y miren que hasta ahí llega el machismo de nuestra sociedad, pues cuando te quieren ofender no te dicen “Hijo de prostituto” sino hijo de p…, aludiendo a la progenitora de sus días.

No es una ofensa que el padre sea algo fuera de los cánones morales del patriarcado, es aceptable que así sea.

Entre tantas groserías, tan de mañana me sentí mal, y pensé que debería hablar de este tema. Hay que aprender a discutir con elegancia, respeto y sutileza.

No tenemos que decir malas palabras, no debemos ofender a la madre del prójimo ni decirle que tiene picazón en sus genitales. Así no se resuelve nada.

No seamos vulgares, aunque como dice una amiga mía, “así somos y hemos sido siempre”, yo creo que se debe meditar sobre el asunto.

La cortesía, el respeto a la opinión ajena, la democracia, la libertad de expresión deben ser aspectos a retomar siempre, cotidianamente, para ser mejores hombres y mujeres, para que inspiremos admiración y nos hagamos respetar.

La próxima vez que usted discuta, piense detenidamente lo que va a decir, cuente hasta 10 y calme sus ánimos antes de responder, así tal vez de su boca fluyan palabras admirables, impresionantes y cuando pase por su lado una señora que va para su trabajo, ella quede admirada por sus cualidades de hombre superior.

Aprendamos a discutir con armonía y aprendamos de nuestros hijos que ya andan debatiendo con suma elegancia y precisión sin necesidad de vulgarismos, ofensas personales o irrespetos.

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