¿Que pasará en Nicaragua? ¿Se implantará una nueva dictadura? ¿Estaremos peor que hoy, dentro de cuatro años? La realidad es que las respuestas a estas interrogantes las tenemos los nicaragüenses. Pasará, o dejará de pasar, lo que decidamos. Si no lo vemos así es porque nos afecta el fatalismo: sentir que lo que nos puede pasar no depende de nosotros, sino de factores externos ajenos a nuestro control. Enfermedad del espíritu, que se nutre de una gran mentira; “yo no puedo hacer nada,” que lleva a la pasividad y deja el campo libre a individuos o fuerzas con agendas dañinas. Por eso decía Martin Luther King que no le daba tanto temor la maldad de los malos como la pasividad de los buenos.
Aun cuando en la vida aparecen circunstancias externas, independientes de nuestra voluntad: un terremoto, un cáncer, o un accidente, no somos marionetas del destino. Tanto los individuos, como las naciones pueden responder de formas muy diversas a la adversidad. Unos se crecen en ella, y capitalizan a su favor los problemas, otros se dejan aplastar. La cantidad de individuos y colectividades que han triunfado, a pesar de circunstancias contrarias, son el testimonio más contundente del poder del espíritu humano; un Demóstenes, tartamudo, que se convirtió en el mejor orador de Grecia, un Bethoven, sordo, que compuso la novena sinfonía, países sin recursos naturales, que son un emporio, pueblos sin armas, que han derrotado a tiranos poderosos.
Las posibilidades de que Daniel Ortega entronice otra dictadura dependen totalmente de la forma en que reaccione, al menos un sector de los nicaragüenses. Dado que la clase política asalariada —diputados incluidos— está minada por el pacto y la corrupción, el reto recae en los ciudadanos comunes y corrientes y en las organizaciones civilistas.
El poder en una democracia no sólo reside en los votos, sino en la capacidad de movilización de sus ciudadanos. Quienes acabaron la discriminación racial en los Estados Unidos fueron las marchas y plantones organizados por King y los activistas del Movimiento de los Derechos Civiles. Y todo comenzó con el desplante de Rosa Park, una negra que se negó a sentarse en los asientos del autobús que era reservado para los de su raza —como hoy Dora María Téllez se niega aceptar las arbitrariedades del CSE—. Ambas encendieron chispas capaces de generar incendios.
Otro ejemplo semejante es el de Gandhi, un hombre físicamente frágil, en plena tercera edad, quien con sus huelgas de hambre, marchas, prisiones, y llamadas a la desobediencia civil, doblegó al imperio británico y conquistó la independencia de la India.
Aquéllos que anhelamos un futuro mejor, aquéllos que sufren el desgobierno de Ortega y su desprecio flagrante por la legalidad y las instituciones, aquéllos golpeados por el desempleo, agravado por la retórica estúpida de un Presidente a quien no preocupa ahuyentar inversiones y ofender donantes, debemos salir de nuestras casas y tomar las calles. Quien no esté dispuesto a hacerlo no tiene derecho a quejarse.
Las calles son como una gran urna. Allí se demuestra la fuerza y hondura de los sentimientos ciudadanos. Es cierto que las desilusiones políticas han producido desánimo y letargo. Pero es preciso combatirlos como si fuesen el enemigo, porque lo son. A veces recuerdo con nostalgia, el brío que teníamos los jóvenes de ayer ante la dictadura de Somoza. Un incidente, como el juicio por injurias contra Jaime Chamorro y Eduardo Enríquez, hubiese atraído entonces a centenares de jóvenes airados, haciéndole barra a LA PRENSA. Esta vez los únicos que gritaron fueron algunos activistas de los CPC. Igual recuerdo cuando salíamos a tirar pelotas de Navidad llenas de pintura, contra los rótulos de Somoza. Hoy quizás somos más cívicos, lo cual es un avance, pero se nos pasa la mano con el silencio. Traidores, como Arnoldo Alemán, circulan de restaurante en restaurante sin que nadie les diga nada.
Es importante, es bueno, es noble, sentir indignación —como la que mostró Jesús ante los fariseos— ante los que atropellan al pueblo y las leyes. Es bueno protestar y hacer plantones ante las instituciones que representan los ejes de la corrupción y el pacto, y mejor, todavía, hacerlo ante las casas particulares de sus protagonistas. Que sientan el ácido del rechazo ciudadano. Que no deje dormir a Roberto Rivas el ruido de las pailas. Que sienta, Nicaragua entera, que hay un puñado de hombres y mujeres que la quieren y están dispuestos a los sacrificios que sean necesarios, para defender la democracia y la justicia. Ese día seremos nosotros quienes escribirán la agenda.