Está comprobado plenamente, en Nicaragua y a nivel internacional, que la corrupción gubernamental no tiene carácter ideológico, color político ni bandera partidista: ocurre tanto en gobiernos de izquierda como de derecha, en todos los matices en que se manifiestan ambas corrientes ideológicas cuando están en el poder.
Cuando la izquierda está luchando por alcanzar el poder, una de las principales banderas que enarbola es la ética política. La izquierda funda su discurso en una implacable crítica a la corrupción real o supuesta de la derecha, y promete que con su victoria no sólo establecerá el paraíso de la igualdad social y la felicidad material, sino también el reino de la moralidad política. Sin embargo, salvo raras y honrosas excepciones, la izquierda cuando ya está en el poder se revela como un sistema de gobierno tan corrupto —y hasta peor— como el régimen derechista al que sustituyó. Para precisarlo en el caso de Nicaragua, basta recordar la piñata sandinista del primer gobierno de Daniel Ortega y el FSLN y ver lo que está ocurriendo ahora en el país.
En realidad, si la corrupción no fuese también propia de los regímenes izquierdistas, ¿de dónde salieron entonces los multimillonarios de la nueva Rusia y antigua Unión Soviética, si en ese país oficialmente había una sociedad igualitaria en la que nadie tenía nada más que lo indispensable para vivir decorosamente y todos los medios de producción y riquezas materiales eran propiedad “de todos”, o sea del Estado? ¿Y de dónde aparecieron los multimillonarios de China comunista, que teóricamente sigue siendo una sociedad igualitaria de obreros, campesinos e intelectuales? ¿Y cómo hizo Fidel Castro para ocupar un lugar cimero en la lista Forbes de los personajes más ricos del mundo? ¿Y de qué cielo cayeron los nuevos ricos sandinistas de Nicaragua, que en 1979 llegaron al poder en harapos pero ahora son banqueros, inversionistas, hoteleros, arroceros, terratenientes, grandes comerciantes, etc.?
Posiblemente hay políticos de izquierda y de derecha honestos, que bajan del poder con el mismo patrimonio con el que subieron e incluso con menos. Sin embargo, para encontrarlos hay que buscarlos con lupa. En realidad, es cierto que la corrupción es un problema político y en algunos casos institucional, cuando se convierte en política de Estado, como ocurre actualmente en Nicaragua y ocurrió con casi todos los gobiernos que hubo en el país en los últimos cincuenta años. Pero en lo fundamental la corrupción es un problema de la naturaleza humana. Precisamente por eso es que la corrupción ocurre igual en los gobiernos de izquierda que en los de derecha. Y también por eso mismo es que tanto en la derecha como en la izquierda se puede encontrar, aunque no sin dificultad, políticos gobernantes que no obstante son honestos e incorruptibles.
En todo caso, lo importante es que haya leyes y mecanismos de control del ejercicio del poder, pero sobre todo voluntad de aplicarlas y decisión para castigar los actos de corrupción y a las personas corruptas. Esto es lo que explica que países como los escandinavos, que cuentan con mecanismos y leyes de control eficaces, tienen asimismo elevados y envidiables índices de transparencia. Y al revés, en los Estados donde no hay verdaderos mecanismos de control ni tienen o no aplican las leyes contra la corrupción, los gobernantes hacen lo que quieren con los recursos del Estado y se sitúan en los peldaños más bajos del índice de corrupción universal.
Se sabe que uno de los significados de derecha es el de diestra, o sea habilidad e inteligencia para hacer las cosas. Y se conoce también que una de las acepciones de izquierda es la de siniestra, que significa malintencionada, maligna y funesta. De manera que aplicando estos conceptos a la realidad social y política, se puede asegurar que lo peor que le ocurre a una nación es ser gobernada por una derecha que al mismo tiempo es siniestra; o por una fuerza o partido de izquierda que sea diestro en el “arte” del secretismo y la discrecionalidad gubernamental, del derroche presidencial, de los conflictos de intereses y del tráfico de influencias
Y no hay que quebrarse la cabeza para saber que esto último es lo que está ocurriendo ahora en Nicaragua con el gobierno de izquierda de Daniel Ortega, que es muy diestro para la corrupción pero cínicamente habla contra los corruptos de derecha y dice gobernar para los pobres del mundo.