En el discurso inaugural de la Conferencia en Aparecida, Brasil, el Santo Padre Benedicto XVI expresó: “El discípulo, fundamentado así en la roca de la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4,12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”.
Estas palabras nos dan buena pista para la meditación del Evangelio que hoy propone la liturgia (Mateo 7, 21-27). Nos habla de dos opciones que tenemos: la primera es Escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica y la segunda es escucharla y hacer lo contrario.
Jesús expone con un ejemplo estas circunstancias: El que escucha y pone en práctica, es sabio, pues construye sobre roca: viene la lluvia, suben las aguas, azota la tormenta y la casa permanece firme. El que escucha y no pone en práctica, es tonto, al exponerse la morada a los rigores, se cae, porque está levantada sobre arena.
El que está cimentado en la roca que es Jesús, es fraterno, desprendido, compasivo, lucha contra corriente en una sociedad consumista y aún en medio de la persecución, solapada pero no menos cruel de los “cañonazos económicos o prebendas de cualquier tipo, es inteligente para creer que el amor está por encima que el odio, que la solidaridad aventaja a la mezquindad, que el despotismo por abusador que se levante, siempre se desmorona vencido por los ideales solidarios”.
El que edifica sobre arena, sucumbe ante la vileza, la argucia, la hipocresía, las astucias mañosas que se confabulan contra la libertad y la dignidad. Quienes construyen sobre arena, aunque se llamen cristianos, comulguen, invoquen el nombre de Jesús, pero en realidad son tiranos, negociadores del hambre del pobre, Jesús les recuerda: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”.
La muerte llega porque llega, por lejana que parezca o no se piense en ella, ya que los aduladores aturden los oídos del tonto con sus farsas y él oye lo que quiere oír. Allí se cumple lo dicho por Jesús: “Aléjense de mí malvados. Nunca les he conocido”.
Los cristianos no podemos vivir una religión intimista. Debemos ser, amar, protegernos y organizarnos en comunidad, analizar la realidad, pero esto apremia que seamos de una sola pieza, no doble cara, ni comediantes que se vende al mejor postor. Ésa es la verdadera religión: el Amor. Ése el verdadero culto: la solidaridad.
Seremos juzgados por Dios y también por nuestra conciencia, por el compromiso que hacemos por la justicia, la honestidad, el decoro, la decencia, el que nos quede vergüenza cuando cometemos una acción que va en contra de los valores.
Es más cómodo hacerse el tonto, el decir yo no me meto en eso porque al final nadie lo agradece, a mí qué me importan los demás que se los coman los perros. Eso no es ser cristiano.
El verdadero cristiano lucha y muere si es necesario, para vivir libre de toda opresión, demagogia, cobardía, del qué dirán, de las ambiciones, honores, riquezas, poder, que irremediablemente acabarán con la muerte, sumidas en el polvo del olvido y del desprecio cuando se ha actuado al margen de Dios.