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01.06.08
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Noticias >> Religión y Fe
Juicios y prejuicios contra la iglesia
J. Dávila y Castellón
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“La Iglesia es la que no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y ahora”.

(Benedicto XVI)

Un testigo de Jehová, visitó mi casa “seguramente usted antes era católico”, le sostuve… Y, más rápido que ligero, me respondió: “Sí, pero me aparté de esa religión de borrachos, ladrones, adúlteros, violadores, asesinos y criminales”. Entonces le pregunté: “Ah… ¿Así es que usted dejó la Iglesia fundada por Cristo para convertirse en fariseo?”

Sin duda alguna, no existe madre, familia ni institución sobre la tierra que sea juzgada con tanta severidad como lo es la Iglesia católica. Cuando por malquerencia, antipatía o prejuicio, juzgamos implacablemente a una persona, nos volvemos incapaces de conocerla interiormente, pues resulta muy difícil llegar a descubrir la bondad de su corazón, virtudes y cualidades. Tal cosa sucede con nuestros hermanos separados o resentidos respecto a la Iglesia católica.

La Iglesia se asemeja a un antiguo árbol, en cuyo tronco, a lo largo del tiempo, muchachos vagos han escrito palabras soeces y figuras grotescas o moralmente de mal gusto. Pero desde la raíz, al absorber ciertos elementos de la tierra el árbol recibe la savia o jugo que lo nutre.

Las malas palabras y sucias figuras del árbol simbolizan nuestros pecados; la savia o jugo que lo nutre o da vida a Jesucristo, quien, con la energía y el poder de su Espíritu, da vida a su Iglesia.

Muchos se van de la Iglesia católica porque en ella, según dicen, “abunda el pecado”; fácilmente olvidan que detrás de la realidad visible de ésta se esconde su realidad invisible: Cristo mismo con su Palabra y sus Sacramentos, la Vid que da Vida a los sarmientos. ¡Por Él en la Iglesia sobreabunda la gracia!

El pecado no se justifica, pero al alejarnos de la Iglesia por no encontrar en ella sólo justos, nos exponemos, como el fariseo de la parábola evangélica, a no regresar a casa justificados o en gracia de Dios… ¡Y todo por no ser humildes como el publicano!

Siendo jueces implacables, podemos desvincularnos de la Vid de Cristo, morirnos como hojas secas al no nutrirnos del árbol de la vida. ¡Aprovechemos, pues, la sobreabundancia de la gracia, busquemos a Jesús en su Iglesia!

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