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Magdalena González junto a su hija en la choza de adobe y ladrillos que les sirve de casa en la zona de La Mando de Dios, San José de Cusmapa, Madriz. (LA PRENSA/O. VALENZUELA)
En el estómago de la pobreza
No tienen luz ni agua, ni teléfono, ni trabajo, ni comida. Éstos son los más pobres de Nicaragua y viven en la llamada “zona seca”, donde hasta Dios parece haberse olvidado de ellos
Por Carlos Salinas Maldonado
domingo@laprensa.com.ni
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La zona es rocosa, con tierras poco cultivables, los árboles son escasos, el polvo abundante, el sol muerde la piel y el calor asfixia. No hay agua cerca. Ni electricidad. Sólo ese peñasco que se abre a un infinito de montañas grisáceas, la mayoría de ellas peladas. Irónicamente, el lugar se llama La Mano de Dios.

En La Mano de Dios queda la casa de Magdalena González, sobre una pequeña colina, al lado de un camino polvoso, al filo del peñasco. Aquí está esta mañana la mujer, moliendo maicillo en un molino de mesa, oxidado, para hacer tortillas y alimentar a sus diez hijos y cuatro nietos, cuando oye la voz de unos extraños que piden pasar a su casa.

Magdalena los recibe con una sonrisa huraña, el seño fruncido, pero sin hacer preguntas. Los invita a pasar a su casa, una choza mitad ladrillos de barro rojizo, mitad varas de caña y plásticos negros que sirven de techo, y conversa abiertamente, dejando la manecilla del molino donde muele el maicillo.

“¿Con qué va a compañar las tortillas?”, le preguntan los extraños. “Con nada”, dice la mujer. Ésta es la única comida de la mañana. “¿Cultivan ustedes el maicillo?” Otra negativa. Lo compran, porque este grano, pequeño, grisáceo, es más barato que el maíz. Se utiliza para alimentar chanchos y gallinas.

La Mano de Dios está a quince minutos de camino del casco urbano de San José de Cusmapa, un municipio de poco más de siete mil habitantes, ubicado en Madriz, a 248 kilómetros de Managua.

Cusmapa es considerado uno de los municipios más pobres de Nicaragua. Según el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide), el 64 por ciento de su población sufre de pobreza severa, que la institución gubernamental mide tomando en cuenta factores como el hacinamiento, vivienda inadecuada, dependencia económica y baja educación.

La familia de Magdalena González cumple con los requisitos. Magdalena no sabe leer ni escribir. Ella no sabe ni siquiera con exactitud su edad. Saca las cuentas al recordar que su primer hijo nació cuando tenía 14 años. Pero esta mujer no puede tener 38 años, piensan los extraños. Es imposible. Su cara es la de una anciana: piel quemada por la vida y el trabajo del campo. Su rostro muestra profundas grietas y una boca rodeada de comisuras.

Es una mujer menuda, de brazos muy delgados e hinchada en el vientre. Lleva una vieja camisa rota, una falda roja desteñida, raída en los bordes, y va descalza, los pies sucios y agrietados. El pelo es negro, pero tiene tintes grises no por canas, sino por el polvo y la ceniza del grano de maicillo que ha comenzado de nuevo a moler para convertirlo en masa para las tortillas.

“¿De qué vive la gente de Cusmapa?” Magdalena González dice que de la agricultura, por lo que esperan las lluvias del invierno para cultivar la tierra, labor a la que se dedican su hijo mayor y su esposo. Pero la zona es muy seca y el suelo rocoso. Las autoridades de Cusmapa dicen que el 75 por ciento del suelo del municipio no es apto para el cultivo.

Tampoco hay asistencia técnica para los más de 900 productores de frijoles y maíz que cultivan un promedio de media manzana por familia en las 26 comunidades del municipio, logrando rendimientos mínimos.

Para lograr dinero extra, Magdalena trabaja lavando y planchando en San José de Cusmapa, labores por las que reúne unos 200 córdobas quincenales, que debe multiplicar por las necesidades de su vasta familia.

Cusmapa es el resumen de una realidad de pobreza que golpea principalmente a la zona rural del país. En un informe publicado en 2004, el Banco Mundial analizaba los avances que el país había hecho en el combate contra la pobreza en la década anterior. Ese informe concluía que más de dos tercios de la población rural del país seguía viviendo en condiciones de pobreza. Según el estudio, lejos de retroceder, la pobreza extrema aumentó en 5.7 por ciento en la región rural central del país. Y una de las mejores maneras para medir ese aumento es la educación rural, que en la década analizada no experimentó mejoras importantes, y por el contrario registró un estancamiento en los índices de analfabetismo de jóvenes y adultos.

La carta de presentación de Cusmapa son los números rojos: sus 7,800 habitantes viven con un presupuesto de ocho millones de córdobas al año. Treinta y ocho por ciento de ellos son analfabetos y el 45 por ciento de sus 1,400 niños, de entre 0 y 5 años, sufre desnutrición crónica, es decir que al cumplir los cuatro años no logran pesar ni cuarenta libras, tienen los vientres hinchados de comer plátanos cocidos o tortillas de maicillo, y logran pocos rendimientos escolares, si es que asisten a una de las escuelas primarias del municipio, que sólo llegan a cuarto grado.

“Aquí estamos muertos. Nadie viene a vernos”, expresa Magdalena al preguntársele si reciben ayuda del Gobierno. Magdalena dice que no conoce programas gubernamentales como Hambre Cero, que según los planes del Gobierno aliviará el hambre de 75 mil familias de las zonas más pobres de Nicaragua, al entregárseles un Bono Productivo Alimentario con un costo de 2 mil dólares. La ayuda consiste en una vaca, un cerdo, cuatro aves de corral y materiales para la construcción de corrales, porquerizas y potreros.

Pero el Hambre Cero sí ha llegado a Cusmapa, afirma Luis Enrique Zapata, técnico de planificación municipal. Zapata es un hombre moreno, alto, de pelo largo y desaliñado, viste de jeans y camiseta. Su aspecto es el de un miembro de una banda de rock. El hombre explica que el programa benefició a 200 familias en 2007 y que para este año esperan ayudar a otras 160, entregándoles una vaca, una cerda preñada y cinco gallinas y un gallo, además de alimentos para los animales y materiales para construir un corral.

Los beneficiarios tienen que devolver al programa 400 dólares a pagar en un período de tres años. Dinero que según Zapata se utilizará para comprar más animales y extender la ayuda a otras familias de Cusmapa.

La distribución de la ayuda en Cusmapa está en las manos de los miembros de los CPC locales, compuestos por 16 personas por comunidad y otras 16 que conforman el gabinete municipal. Ellos se encargan de organizar el programa y visitar las comunidades para seleccionar a los favorecidos. También manejan programas de salud, vacunación, deportes y educación. “Es un trabajo político y de consulta”, en palabras del funcionario municipal.

Además de la agricultura, muchos habitantes de Cusmapa son empleados en proyectos desarrollados por algunas organizaciones humanitarias que se apiadan de la miseria del municipio, dice Eusebio Cruz, secretario del Concejo Municipal. Pero los hombres de Cusmapa emigran parte del año –cuando no es tiempo de cultivo de granos por la escasez de lluvia– por falta de trabajo a otras partes del país, o a Honduras, a Costa Rica, a El Salvador, a Estados Unidos y hay quienes se aventuran hasta España, dice Zapata. Cusmapa se queda con las mujeres rodeadas de niños esperando el regreso de los hombres o las remesas para llenarles el estómago, afirma Érica Mendoza, coordinadora local de un proyecto de desarrollo financiado por la Unión Europea.

Magdalena González pone un comal ahumado, con los bordes quebrados, encima de un fogón encendido en el piso, en un rincón de la choza, sin importar que los niños correteen descalzos. La pequeña Dinia, de tres años, se acurruca entre las piernas de la madre. Magdalena dice que está enferma, con gripe. “¿Cuando se enferman, cómo hacen con las medicinas?” La mujer se encoge de hombros al escuchar la pregunta. Mira a su hija menor y cuenta que hace unos días la llevó hasta el centro de salud de Cusmapa para que la vieran los médicos. De ahí salió sólo con una receta. “Dicen que no hay medicinas, las tenemos que comprar”.

Se puede decir que los hijos de Magdalena González vinieron al mundo por milagro. La mujer deja de nuevo el molino y se detiene a contar, la mirada clavada en el suelo, que cada uno de sus doce partos los sufrió aquí, tirada en el piso de tierra. Esa forma de dar a luz se convirtió en algo normal. Así fue un parto tras otro, por años. Cada vez que un niño dejaba el vientre, su padre lo tomaba y cortaba el cordón umbilical con una gillette desinfectada a fuerza de fuego. Nunca hubo atención prenatal ni cuidados lactantes.

Dos de los hijos de Magdalena murieron: uno después del parto y otro por una enfermedad que la madre dice “no le halló”.

Una de las principales recomendaciones del estudio del Banco Mundial es precisamente mejorar la atención prenatal, principalmente en las zonas rurales del país. “En Nicaragua, los hogares pobres tienden a exhibir una alta fertilidad, familias numerosas y una alta mortalidad materna... Los servicios de salud deben priorizar el cuidado de las madres y los niños”, establece el estudio.

El carro avanza sorteando las piedras y baches de las empinadas cuestas que forman los caminos que llevan a Cusmapa. Caminos polvosos, que serpentean al borde de peñascos que muestran un mar de montañas marrones y pelonas. Es un panorama triste.

Los habitantes del municipio dicen que Cusmapa no era más que un puñado de casitas de adobe y varas de caña cuando el padre italiano Fabreto Michelli la descubrió en la década de 1950 y se quedó ahí, enamorado de esos cuadros naturales que presentaban montañas de pinos y robles. Ese amor que lo enganchó a este municipio, hizo que Fabreto formara una pequeña comunidad urbana, con cooperativas, con un comisariato y la construcción de once kilómetros de caminos con la ayuda de los pobladores de la zona, que para semejante labor usaron palas y piochas, según contó en una crónica el fotógrafo Orlando Valenzuela.

Valenzuela ha recorrido estos sitios desde su infancia y esta mañana toma fotos que compara con las imágenes que tiene en su recuerdo. Aquí hubo bosques de pino.

“¡Qué barbaridad! ¡Cómo han arrasado con todo! ¡Esto no era así!”, le dice el fotógrafo al chofer, Erick Garay, mientras echa una mirada melancólica al paisaje de tierra desnuda, llena de cicatrices, abrasada por un sol inclemente. El carro avanza, dejando atrás La Mano de Dios, la choza de Magdalena González y Cusmapa.

El carro baja hasta San Lucas, un municipio de Madriz de productores de maíz y frijoles, que al mediodía luce desolado, con su iglesia, casas y hasta ventas cerradas y las calles sólo con algunas yeguas amarradas en las esquinas. El vehículo dobla hacia un camino de tierra, polvoso y lleno de piedras enormes, que a veces se atraviesan a un lado del camino, poniendo a prueba la habilidad del chofer para sortearlas. Ese camino lleva hasta la comunidad de Zapotillo, un conjunto de casas de adobe, separadas por patios demarcados por cercos con alambres de púas, y donde se pasean con toda libertad chanchos y gallinas.

En una de esas casas está Romelia Miranda, una mujer de 56 años, de rostro redondo, ojos negros y achinados, pelo negro, largo. Ha venido a visitar a sus vecinos, una pareja de jóvenes, ambos de 27 años, que conversan con ella en la entrada de su casa. En una hamaca colgada del techo, una niña duerme la siesta.

El hombre joven, de nombre Eddy Antonio Méndez, se queja de que no tiene trabajo y que el invierno tarda en llegar a la zona. Espera las primeras lluvias para sembrar con granos su manzana de tierra. Eddy dice que no tiene apoyo para producir y que tampoco hay suficientes semillas para cultivar.

Romelia lo escucha atenta y ante la pregunta de si conocen el Programa Hambre Cero, la mujer afirma con un movimiento de cabeza. Sus vecinos la voltean a ver.

—¿Usted es beneficiaria? –le pregunto

—Sí. Estoy alegre, hasta ahora empiezan a venir proyectos a esta zona –dice la mujer.

—¿Y qué le dieron?

—Una vaca y una chancha. La vaca ya parió. Los técnicos vinieron y nos dieron láminas de zinc para que construyéramos un corral, y nos capacitaron para cuidar a los animales.

—¿Y qué tiene que dar a cambio?

—Pagamos cinco mil córdobas por la ayuda, que doy en abonos pequeños.

Romelia dice que los Consejos del Poder Ciudadano, el proyecto político del presidente Daniel Ortega, coordinaron la entrega de los animales. Sus vecinos escuchan atentos la explicación de la mujer, y cuando termina, se apresuran a afirmar que ellos no han sido beneficiados con el programa.

“A nosotros no nos han ayudado con nada”, afirma Maribel Pérez, la esposa de Eddy. “Nos da aflicción estar aquí esperando el invierno para poder sembrar, que es el trabajo de uno cuando llueve”, agrega.

Maribel dice que mientras esperan las lluvias, ella gana dinero extra horneando tortillas de maicillo.

Su esposo también está descontento con la entrega de la ayuda de Hambre Cero, que fue distribuida de forma selectiva, aunque tampoco acusa a los CPC de favorecer a la gente por cuestiones políticas.

Eddy se gana la vida cultivando granos, pero en los meses secos opta por dejar el país e irse a El Salvador a trabajar en construcción, actividad en la que gana 10 dólares por día. El viaje hasta aquel país le cuesta 400 córdobas.

“Es lo que hay”, dice el hombre, de pocas palabras, esquivo, mientras su mujer explica que algunos de los habitantes de la comarca han dejado sus casas vacías, porque se han ido a probar suerte a otras regiones del país, o al extranjero. Eddy regresó por las lluvias, para cultivar su manzana de tierra y estar con su familia, pero si el invierno no es bueno dice que se regresará a El Salvador, donde unos amigos le consiguen fácil trabajo.

Algunas cifras no oficiales calculan en 100 mil los nicaragüenses que han emigrado a El Salvador en busca de trabajo y que se han quedado trabajando en aquel país. Oficialmente se calcula un aproximado de 1.5 millones de nicas que viven en el extranjero.

Eddy Méndez es joven y fuerte. Puede trabajar la tierra o en la construcción y garantizar la comida de su familia. Pero Eugenio Irías es un hombre de cincuenta años, delgado, sordo, padece asma y sufre hernia testicular. Sus enfermedades no le permiten trabajar y tiene que vivir de la ayuda que le dan el sacerdote y alcalde del municipio de Ciudad Antigua, en Nueva Segovia, fundado en 1543.

Eugenio vive con su mujer, Evangelista Aguilar, que es su intérprete. Ambos toman el fresco bajo las ramas de un árbol de mangos sin frutos, viendo las finas capas de polvo que levantan las yuntas de huelles al recorrer las polvosas calles del barrio Efraín Salcedo, de Ciudad Antigua.

En la puerta de la choza de esta familia está pegada una calcomanía con la imagen de José Rizo, ex candidato presidencial del PLC, vestido de rojo, sonriente, en aquellos tiempos (2006) cuando quería convertirse en el tercer Presidente liberal que gobierna el país desde la transición de 1990. Rizo sonríe con su risa de político en campaña. Evangelista y Eugenio miran con desdén la foto del político.

“Estamos abandonados, aquí no hay nada”, dice Evangelista, 45 años, morena, cabello negro, liso y largo; madre de cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Ella sale del fogón que les sirve de cocina en esta choza de adobe, varas de caña y plásticos y saluda sonriente. Nos invita a sentarnos en una banca desvencijada, debajo del palo de mango, mientras ella se acomoda de pie, apoya en la pared de adobe de su casa.

“Es sordo, no les escucha”, dice la mujer cuando le hablamos a su marido. Es así que nos cuenta sobre la hernia de Eugenio. Dice que le vino con un dolor fuerte, que lo tumbó y por lo que tuvo que ser atendido en el hospital de Ocotal, donde sólo le recetaban pastillas para el dolor y spray para el asma. “Nunca lo operaron”, afirma resignada su mujer. “No puede caminar, el dolor siempre lo tiene”.

Pero Eugenio tampoco se quiere operar. Le da miedo quedar peor que como está, si se puede estar peor. El hombre, de andar pausado, se arriesga por los solares que rodean su casa en busca de alguien que le permita limpiar sus terrenos, ahora que es mayo y vienen las lluvias y los terrenos tienen que estar limpios para sembrar los granos.

“Le pagan 30 pesos, por cuenta lo miran débil, porque está enfermo”, dice su mujer. “Lo hace porque tenemos que comer”, agrega.

“¿Y sus hijos, Evangelista?” La mujer se encoje de hombros y apunta su dedo huesudo a la casa de adobe. Ahí encerrado, convaleciente, está Eveling Manuel Irías Aguilar, un chavalo de 24 años que como su padre trabajaba labrando tierras ajenas, hasta que se lastimó el ojo derecho. Casi lo pierde.

Eveling Manuel deja la casa y sale al patio a reunirse con sus padres. Camina lento, el ojo enfermo parchado. Lleva una gorra, camiseta y pantalones cortos. Un pañuelo le sirve para limpiarse la cara y apartarse las moscas. No quiere hablar de cómo se lastimó. Fuerza los labios cuando escucha la pregunta, como si le causara rabia recordar. Dice que en el hospital de Ocotal le dijeron que el ojo se salvó, pero estará cuatro meses más en cama, sin hacer fuerza, sin trabajar.

Ciudad Antigua es un municipio de 6,811 habitantes, compuesto de 15 comunidades y que vive con un presupuesto de cinco millones de córdobas. Su joya es la vieja iglesia barroca de enormes puertas de madera que custodian la imagen del Señor de los Milagros, tan venerada por los vecinos del pueblo. La imagen en sí resume la historia del municipio. Llegó al Nuevo Mundo como regalo de la reina Isabel La Católica, la misma que auspició los sueños de descubrimiento del genovés Cristóbal Colón. Estuvo en Honduras, desde donde fue trasladada a hombros por sacerdotes hasta Ciudad Antigua, su casa desde hace 341 años, según cuentan sus pobladores. Vino a bendecir este valle regado por un río y rodeado de árboles donde se asentaron los colonizadores españoles en busca de oro.

Hoy el río es un charco lodoso, donde a falta de agua potable los vecinos de las comunidades que rodean el municipio llegan a lavar la ropa o acarrear el líquido en baldes. Agua sucia, pero agua al fin

De aquella grandeza de oro y conquista sólo quedan los recuerdos. La historia ahora es de pobreza. Como la de la familia Irías Aguilar y otras que se repiten una a una en el municipio y llegan cargadas de peticiones hasta las oficinas del alcalde Aldo Rolando Arosteguí, que tiene que destinar parte del dinero de la Alcaldía para lo que él llama “presupuesto social”, que no es más que la entrega de comida, medicinas y hasta ataúdes a los vecinos de su localidad.

El alcalde dice que Ciudad Antigua vive “una pobreza extrema”, coincidiendo con el mapa preparado por el Inide, que dice que la pobreza afecta al 62 por ciento de la población del municipio.

Arosteguí culpa en parte al mal manejo de los recursos, al despale de los bosques.

“No estamos de acuerdo que se siga explotando el bosque, pero está fuera de nuestras manos”, reconoce el edil. “Este año los incendios han aumentado, porque la gente va extendiendo la frontera agrícola cuando los suelos ya no les dan”, explica.

Para aliviar el desempleo del municipio y emplear las manos que queman el suelo para la siembra, el alcalde, con apoyo de organismos de cooperación, ha desarrollado un proyecto de construcción de cunetas en los barrios del municipio. Una de esas cunetas pasa por la casa de Evangelista Aguilar, que se lamenta que su esposo y su hijo no puedan trabajar en el proyecto y ganarse un dinero extra. Un gran esfuerzo físico puede ser fatal para su esposo y muy riesgoso para su hijo.

Polvo. En el camino que va hacia Telpaneca es insoportable. Las nubes cafés se meten en el carro a pesar de que los vidrios van cerrados y lo cubren todo: los asientos, el timón, el pelo –cuyas hebras se sienten ásperas al contacto–, la nariz –dando ganas de estornudar– y hasta en la boca, resecándola. Pero en la comunidad de San Luis de los Ranchos el polvo no es preocupación. Ni la sequía que afecta a la región. Ni la deforestación que la presenta como un desierto. A la gente le quita el sueño un pozo recién construido en la comarca.

El pozo fue la alegría de San Luis de los Ranchos. Cuando lo inauguraron hubo fiesta, vino el alcalde de Telpaneca, gente del extranjero que cortaron la cinta, movieron la manivela, sacaron el agua. Hubo música. Hubo comida. Fue un día alegre.

La pesadilla vino después, como una dura goma tras la juerga. Técnicos del Ministerio de Salud hicieron estudios al agua del pozo y determinaron que contiene 35.5 por ciento de arsénico, un elemento químico extremadamente tóxico. La causa de la contaminación del agua, dicen en el poblado, es por el tipo de suelo en el que fue construido el pozo.

La enciclopedia en Internet Wikipedia, da pistas de este tipo de contaminación y las consecuencias que puede tener el consumo de arsénico a través del agua.

“La presencia de arsénico en el agua potable puede ser el resultado de la disolución del mineral presente en el suelo por donde fluye el agua antes de su captación para uso humano, por contaminación industrial o por pesticidas. La ingestión de pequeñas cantidades de arsénico puede causar efectos crónicos por su acumulación en el organismo. Envenenamientos graves pueden ocurrir cuando la cantidad tomada es de 100 miligramos. Se ha atribuido al arsénico propiedades cancerígenas”.

Pero a los pobladores de San Luis de los Ranchos les importan poco las enfermedades producidas por el agua contaminada, dice Manuel Sobalvarro, quien donó el pequeño terreno donde fue construido el pozo con dinero español. Dice que la población de la comarca está decidida a defender hasta la muerte el pozo. “Dijeron que si vienen a cerrarlo, ellos los reciben con machetes”, explica el hombre en el fresco corredor de su casa de madera, de piso de ladrillos, láminas de zinc, pintada de celeste y con depósito para los granos. Una mansión si compara con las casas de adobe y plástico, desvencijadas, que se ubican en este paisaje de montañas secas.

Sobalvarro es protagonista de la controversia. Dice que por haber donado el terreno los vecinos lo acusan de apoyar la teoría del agua envenenada, para quedarse con el pozo. Pero este hombre moreno, fornido, agricultor de frijoles, afirma que no quiere el pozo, que él ya tiene uno, de agua limpia, en el patio de su casa.

Los pobladores de San Luis de los Ranchos forman parte de ese 55 por ciento que según la Empresa Nicaragüense de Acueductos y Alcantarillados (Enacal), no tienen acceso al servicio de agua potable a nivel nacional. Según la empresa, sólo 29 ciudades del país tienen el servicio de alcantarillado.

¿Cuál es la posición de las autoridades de Telpaneca sobre el caso del pozo? En su despacho de la Alcaldía, con aire acondicionado que no logra calmar el calor de esta tarde de mayo, el alcalde Freddy Ramón Vásquez dice que el pozo tiene que ser cerrado. No hay otra alternativa, a pesar de la sed que afecta al municipio.

Según Vásquez, la escasez es producto de la destrucción de los bosques: el 60 por ciento del territorio de Telpaneca ha sido arrasado. El Río Coco, que da la vuelta al pueblo —un oasis en medio de estas montañas peladas, que al mediodía parecen dunas— aquí se convierte en un charco donde las mujeres lavan la ropa y los niño pescan pequeños pececillos que luego comerán con su familia.

Y en San Luis de los Ranchos la manivela sube y baja, sube y baja, sacando agua para calmar la sed de los habitantes de la polvosa comarca. Mujeres, adolescentes y niños rodean el pozo, sacando agua y llenando viejos baldes y pinchingas de plástico que luego suben en mulas o cargan en sus propias cabezas para llevarlos hasta sus casas. Dicen que no tienen miedo de que el agua esté contaminada. El pozo, irónicamente, es su garantía de vida en el desierto y el olvido en el que viven.

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